LUIS LANDEIRA | Miércoles 16 de abril de 2025 | 11:25
Vacaciones, viajes, excursiones, francachelas… Para unos, la Semana Santa ya es solo fiesta, pero para otros sigue siendo una experiencia religiosa. Cabe recordar que la base de estos días es la conmemoración anual de la muerte y resurrección de Cristo, y que muchos católicos practicantes se entregan a la oración y al recogimiento. Además, en España y parte del extranjero salen a la calle las procesiones, obras de arte andante que nacieron en la Edad Media como medio de acercar lo sagrado al pueblo.
En Ferrol, estas fechas son muy especiales porque las calles acogen más de veinte procesiones que escenifican la pasión de Cristo. Multitudinarias, emotivas y solemnes, con marchas militares y bellos tronos, nuestras procesiones son sin duda un gran espectáculo. Pero la verdadera procesión va por dentro, y no es posible comprender la Semana Santa sin conocer el significado de sus símbolos: a continuación, explicamos los más reveladores.
Las palmas y los ramos
Cuando Jesús llegó a Jerusalén a lomos de un burro, fue recibido por una multitud de personas que entonaban cantos y empuñaban palmas para honrarlo y celebrarlo como Rey del Universo. La palma simboliza fidelidad, devoción y victoria desde los albores del mundo mediterráneo. En cuanto a la rama de olivo, ya representaba la paz en tiempos de los romanos, que la consagraban a Júpiter y Minerva.
El Domingo de Ramos, cada católico busca y bendice en misa una hoja de palma o un ramo de olivo. Después, según la tradición, cada uno puede colocar la planta en su casa a modo de protección religiosa y energética.
La cruz
La cruz donde Jesús encontró la muerte es el símbolo más importante de la cristiandad. Pero para el metafísico René Guénon, es todavía más: un símbolo primordial de la Ciencia Sagrada, presente en todas las tradiciones desde los tiempos más remotos. Este autor sostiene que si Cristo no hubiera muerto en la cruz, lo hubiera hecho atravesado por una espada o de cualquier otra forma relacionada con esta figura geométrica.
Según la iconografía medieval, la imagen de Jesús en la cruz es un símbolo binario que se sitúa entre el sol y la luna, la Virgen y san Juan, el buen y el mal ladrón, la lanza y la copa, la tierra y el cielo. No en vano, está formada por un madero horizontal (principio pasivo, mundo de la manifestación, de la individualidad) y un madero vertical (principio activo, reino de la trascendencia, de la evolución espiritual).
El Viernes Santo se presenta la cruz para recordar y agradecer el sacrificio de Cristo por el mundo. Hay penitentes que llevan una cruz a cuestas, para purgar sus pecados y reencarnar el divino martirio.

El pan y el vino
El pan sacramental se elabora con harina de trigo y es símbolo de perpetuación: comulgar es entrar en la vida eterna. Asimismo, supone una auténtica apoteosis de la fe creer que Cristo está materialmente presente en esa oblea llamada «hostia» por obra y gracia de la transustanciación, que se produce cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la Última Cena. Ingerir ese pan es fundirse con Dios.
En cuanto al vino tinto, es símbolo del sacrificio de Cristo en la cruz. Ya no es común que los feligreses beban vino en la misa, y su consumo suele estar reservado al sacerdote, que lo ingiere tras transmutarlo en sangre crística. Pero que no se alarmen los abstemios: el vino litúrgico tiene muy poca gradación, así que es difícil que provoque algún tipo de ebriedad.

El lavatorio de pies
Durante la Última Cena, Cristo echó agua en una jofaina, lavó los pies de sus discípulos y los secó con una toalla. Los apóstoles se mostraron sorprendidos y Pedro incluso se resistió a ser lavado por su maestro. Cristo tuvo entonces que explicar significado de su acto: «Si yo, el Señor, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros».
El lavatorio de pies es, pues, símbolo de la humildad y entrega a los demás. Por eso, cada Jueves Santo, el papa, los obispos y los párrocos repiten este acto en el transcurso de la eucaristía.

El agua bautismal
En la noche del Sábado Santo, se bendice el agua de la pila bautismal mediante una oración de epíclesis —en la que se invoca al Espíritu Santo— y se asperge con ella a los feligreses, que rememoran así el bautismo por el que recibieron el don de la fe. Además, se realizan bautismos especiales. El agua bautismal es instrumento de purificación y simboliza el paso de la muerte a la vida, del egoísmo al amor, del yo al nosotros.
Estrechamente relacionado con el de las aguas, el simbolismo del bautismo fue expuesto así por san Juan Crisóstomo: «Representa la muerte y la sepultura, la vida y la resurrección… Cuando hundimos nuestra cabeza en el agua, como en un sepulcro, el hombre viejo resulta inmerso y enterrado enteramente. Cuando salimos del agua, el hombre nuevo aparece súbitamente».

El huevo de Pascua
En Semana Santa, los escaparates de las confiterías se llenan de huevos de chocolate, que suelen llevar una sorpresa o relleno en su interior. Es una costumbre que tiene su raíz en la Edad Media, cuando los huevos se consideraban carne y estaba prohibido comerlos en Cuaresma; pero como las gallinas seguían poniéndolos, se cocían, se guardaban y se consumían en la Pascua. No fue hasta el siglo XIX, cuando se empezaron a hacer huevos de pascua de chocolate.
Cuenta la leyenda que un conejo que quedó atrapado en la tumba de Cristo, fue testigo de su resurrección y, por ello, se le encargó anunciar la buena nueva a los niños en la mañana del Domingo de Resurrección, regalándoles huevos de Pascua, símbolos de una nueva vida. Y no solo por la resurrección de Cristo sino también por la proclamación de la primavera: fenicios, asirios, babilonios y cananeos ya ofrecían huevos decorados a Ishtar, diosa mesopotámica de la fertilidad.

Las campanas
En su Diccionario de símbolos tradicionales, Juan Eduardo Cirlot nos dice que el sonido de las campanas «es símbolo del poder creador. Por su posición suspendida, la campana participa del sentido místico de todos los objetos colgados entre el cielo y la tierra».
Sin embargo, las campanas de Semana Santa no siempre significan lo mismo, ya que su silencio es tan revelador como su sonido. Cuando se tocan, anuncian celebración; cuando se silencian, son señal de luto. Así, suenan durante el Gloria de la santa misa crismal, durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo y durante la gozosa misa del Domingo de Pascua. Y se silencian durante el Triduo Pascual —desde el Jueves Santo hasta el Sábado Santo— en señal de duelo por la muerte de Cristo.
Durante estos días de luto, en lugar las campanas se tocan matracas, un instrumento de origen árabe que produce un sonido grave, seco y austero. La matraca se toca para llamar a la misa, durante la consagración de la eucaristía, en el traslado del Santísimo Sacramento y en las procesiones del Vía Crucis y el Santo Entierro.

El cirio pascual
Una gran vela se enciende en los templos católicos durante la noche del Sábado Santo. Representa a Cristo resucitado, luz del mundo. Tradicionalmente, el cirio pascual debe tener, como mínimo, 60 centímetros de altura por 8 de diámetro, y estar fabricado con cera pura de abejas, sustancia que simboliza la divinidad ya desde la Grecia órfica.
En la liturgia de la vigilia, cada feligrés enciende una pequeña vela con el fuego del cirio pascual, acto que simboliza la renovación de la fe. El cirio pascual es el cosmos divino y cada velita es un alma. La importancia del cirio se subraya en el Exultet, el pregón pascual, himno litúrgico que se remonta al siglo IV y dice cosas como estas:
«Queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia del Dios Omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de los Diáconos,
complete mi alabanza a este cirio,
infundiendo el resplandor de su luz».