Los 23 de Cándido Hermida: la historia de lealtad laboral que se pagó con despidos

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MARTA CORRAL | Narón | Miércoles 28 abril 2021 | 9:43

«Los echan por folloneros». «Andaban nos sindicatos e aquí iso non se perdoa». «Son compañeiros de toda a vida, pero non podemos saír con eles porque senón bótannos tamén a nós». El miedo reina entre la plantilla del grupo de empresas de Cándido Hermida desde que el pasado 14 de abril empezaron a despedir a 23 de sus trabajadores más veteranos, con una media de antigüedad de 15 años en una firma que lucían con orgullo en sus faenas por todo el mundo.

Los 23 tienen algo en común más allá de la veteranía: conciencia de clase. Ellos alzaron la voz cuando en el 2019 la empresa intentó convencerles de que lo mejor para todos era implementar la jornada irregular 6-10, una propuesta que en la práctica supondría trabajar seis horas al día cuando el volumen de trabajo fuese menor y 10 cuando hubiese más faena, fulminando el pago de unas horas extraordinarias que ya de por sí se cobran en la compañía por debajo del convenio, como había denunciado otras veces la CIG.

Sin embargo, los que siguen dando el callo en el taller no acaban de ser conscientes de que a sus compañeros parecen haberlos echado por defender los derechos laborales de los que, al menos por el momento, ellos están disfrutando. «La mayoría ni siquiera bajan la ventanilla cuando nos ven aquí fuera, repartiendo octavillas. No nos dan ni un me gusta en el grupo de Facebook que hemos creado para denunciar nuestra situación porque saben que la empresa les mira con lupa también en redes sociales y que pueden ser los siguientes».

En una comarca agonizante como esta, donde se destruyen puestos de trabajo casi a diario, el pánico a quedarse sin empleo a sabiendas de que a la empresa no le tiembla el pulso a la hora de pagar cuantiosas indemnizaciones y de poner a quien sea en la calle, ha conseguido moldear a la plantilla hasta convertir a los operarios en personas «dóciles y sumisas»: «También lo fuimos nosotros, ojo; durante muchos años tragamos con situaciones límite poniendo a Cándido Hermida por encima de todo».

El Amancio ferrolterrano

Cándido Hermida está considerado como una especie de Amancio Ortega de Ferrolterra, un empresario que se hizo a sí mismo hasta lograr la facturación millonaria que tiene actualmente gracias a crecer al abrigo de Inditex y a otras marcas de moda que confían en su profesionalidad a la hora de montar sus tiendas por todo el mundo. La Confederación de Empresarios le premió en 2016, pero incluso un año antes el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, alabó su trabajo.

Reiteraba sus palabras Feijóo cuando Hermida recibía la medalla de oro de IEN por Europa al año siguiente en el Pazo Libunca e incluso la Xunta y la UDC involucraba a la empresa en el proyecto europeo Futurefacing. El empresario, nacido en San Sadurniño, también cuenta con la Insignia de Oro de la ciudad de Ferrol y es Cofrade de Honor de la Cofradía de Dolores. Con todo, es inevitable que sus trabajadores le miren también con admiración: «Ten pasado polo meu posto de traballo para felicitarme por algún choio, iso énchete de orgullo».

Por eso, cuando las cosas empezaron a torcerse en junio de 2020, los trabajadores no dudaron en escribirle una carta pidiéndole que corrigiese los «abusos» de los gestores del grupo: «Din que veñen tempos difíciles, que os traballadores temos que sufrir as consecuencias económicas máis graves da pandemia», escribían, añadiendo que si «esta situación non muda teremos que ser nós quen fagamos o que sexa preciso para defender os nosos postos; pedimos unicamente a túa solidariedade e un chisquiño de recoñecemento».

Más de 200 años de canduchos

No es esta la primera vez que Cándido Hermida prescinde de los veteranos. De hecho, en junio de 2016 tuvo que asumir la improcedencia del despido de un trabajador que llevaba 17 años en la empresa. Sin embargo, ahora alegan causas económicas, un argumento que los 23 despedidos no se creen. La pasada semana empezaron sus acciones de protesta en la puerta de la sede y también completaron una caminata reivindicativa que terminó en el concello de Narón, donde se reunieron con la alcaldesa y los grupos políticos. Este lunes han hecho una caravana con sus coches y el martes han estado en el concello de Valdoviño.

Nos hemos desplazado a Río do Pozo para tomarnos un café con algunos de ellos y escuchar sus historias con la pretensión de ponerle rostro a los números, a los petos amarillos que forman el piquete diario. Algunos prefieren no decir su nombre porque, aunque ya tienen la carta de despido en la mano, explican que «la industria en las comarcas es pequeña y la empresa Cándido Hermida tiene mucha influencia, así que pueden ser determinantes para que tengamos una oportunidad en otra compañía». Es por esto, por respetar su deseo, que no daremos más datos de ellos que sus años de antigüedad que, entre todos, suman más de 200.

Hablan conmigo mientras se enseñan en el móvil las ofertas laborales que la compañía —a través de asociaciones empresariales y empresas de trabajo temporal—, está lanzando para cubrir los huecos que ellos han dejado libres. Unos puestos de trabajo muy especializados que desempeñaban después de más de una década torneándose según la exigencia de Cándido Hermida. Algunos eran jefes de equipo o de sección, lo habían logrado después de entrar siendo unos chavales de veintipocos años, unos «pipiolos» que habían sorteado mil y una pruebas en el extranjero robándole horas al sueño: «Dormíamos 2 horas si hacía falta, pero nunca los dejamos tirados. Siempre acabamos el trabajo».

12 años

«Botáronme dous días despois de ter un accidente laboral»

Se rompió los ligamentos de un pie mientras trabajaba y dos días después, ya de baja, lo despidieron. «Deixámonos o coiro nesta empresa». Ha pasado muchos años viajando a Estados Unidos, muchas de las veces solo, para llevar las tiendas allí. «Teño pasado 43 horas sen durmir, ir á cama tres horas e facer outras 30 e pico. Ás veces non podías ir de viaxe por algo persoal e chegaba a represión. Os ‘atente ás consecuencias’. Sempre meténdonos o medo no corpo para que fóramos submisos. Xogan con que ‘para onde vas ir se non estás aquí?’ Isto case é un premio. Pois non, o premio é para eles por ternos a nós. Somos 23 profesionais formados nun traballo moi específico que botan por levantar a man».

23 años

«Siempre nos rompimos la cara por Cándido Hermida»

Después de nueve años haciendo montajes por todo el mundo, llevaba más de una década en el taller. «Te inculcan el respeto a la empresa, el cuidarla, el no dejarlos tirados, el hacer las cosas bien. Nos rompimos la cara poniendo horas, esfuerzo. Quitándonos horas de sueño. Poniendo dinero de nuestros bolsillos para pagar excesos de equipaje, incluso comidas, para ayudar a la empresa. Y el pago que tenemos es este porque un día reivindicamos nuestros derechos en asamblea. Podemos ocupar cualquier puesto en el taller sin que nos expliquen nada porque somos productos de Cándido Hermida. Llevamos aquí toda la vida y ese es el dolor, que te paguen así».

14 años

«Tiven o fallo de aplaudir nunha asemblea»

«Chega un momento no que un se cansa de traballar facendo horas extra a 5 euros e fun dos primeiros que me neguei a traballar por eses cartos. Ao principio te amenazan, que te van botar e tal, e ao final xa non contan contigo. Sempre cumprín, facía o que me mandaban, nunca protestaba, e o outro día dixéronme que non contaban comigo. Nunha asemblea tiven o fallo de aplaudir. Eu penso que son as causas. Sempre vou defender os dereitos dos traballadores. Non lle vou rir os chistes ao encargado de quenda. Prefiro rir os dos meus compañeiros. Eu son así».

16 años

«Bótannos por non achantar»

«Teño moi claro que nos botan por represalias. Por non achantar, por non estar calados. Temos feito 24 horas dun tirón: soldando, repasando. Tense rido nosa. Estiven estes 16 anos sen subir de categoría. 16 anos sendo oficial de terceira, e así seguimos. Agora, por ir á manifestación, por saír nas fotos, por defender o noso algún iluminado de arriba, deses que ten a plana maior esta, despediunos a dedo. Así é esta empresa».

16 años

«Hay quien tiene que hacer regalos para conseguir un puesto fijo»

Empezó de peón, de chico para todo, hasta que a los dos años lo hicieron indefinido: «Estuve una década montando por el mundo. Más de 40 países a mis espaldas, tiendas sin fin. Llegaba a casa y me iba al día siguiente sin poder disfrutar de mi familia, mis amigos. Sufrí por las tiendas de trabajador y jefe de equipo sin dejar tirado ningún trabajo, haciendo 18 horas al día. Hace cinco años me incorporé al taller y me nombraron responsable de sección por mis buenos resultados. Yo no tuve que hacer regalos como otros —botellas de vino, trabajos privados en casas— para conseguir un puesto fijo. Me han echado por negarme al nuevo convenio que querían implantar, que supone no llevar un duro para casa y deslomarte y esclavizarte».

17 años

«Queren monicreques e cravapuntas»

Siendo peón ya ejerció de jefe de equipo en el extranjero: «Daquela metíanche 6.000 o 7.000 euros no peto, non che daban tarxeta, e tiñas que lidiar polo mundo adiante ser ter idea do idioma. Pero nunca deixamos o choio tirado. Vai pasando o tempo, vas tendo conciencia sindical e de clase, e vaste metendo no sindicato. No meu caso na CIG. Hai sindicatos máis cómodos ca outros e este non é un dos cómodos. Aquí nesta empresa queren monicreques e cravapuntas. Castigáronnos primeiro cos ERTEs, denunciamos á empresa na Inspección de Traballo porque estaban subcontratando traballo. E aquí estamos».

Les pregunto qué quieren conseguir con sus movilizaciones y la mayoría dice que la reincorporación porque «non teño porqué perder o meu posto de traballo». Les digo que quizás el ambiente sea hostil si consiguen volver, y ya están preparados para ello: «Coa cabeza ben alta. Por que imos renunciar a algo que levamos tantos anos traballando? Non fixemos nada malo, os malos son outros». «Eu de onde me botan non volvo», señala otro. Un tercero, duda. Quiere que lo readmitan, pero es consciente de que le esperaría de nuevo «a esclavitude do século XXI».