ALICIA SEOANE | Miércoles 18 de marzo de 2026 | 19:40
Las calles de Ferrol comienzan a transformarse en la tarde previa a San José. A medida que cae el día, la rutina se diluye entre acordes de guitarras, bandurrias y voces que se alzan desde cada esquina. Las rondallas toman la ciudad y la convierten en un escenario vivo, en el que balcones y ventanas dejan de ser fronteras para convertirse en puntos de encuentro.
Hay algo especial en ese momento en el que el sonido se cuela entre las calles estrechas, rebota en las fachadas y envuelve a vecinos, curiosos y paseantes. Algunos se detienen por primera vez, sorprendidos por una tradición que no esperaban encontrarse; otros regresan año tras año, fieles a una cita que forma parte de la identidad de la ciudad. Todos, de una forma u otra, acaban parados unos minutos a escuchar la ronda.
El ambiente es de celebración compartida. Grupos de amigos siguen a las rondallas, familias enteras se asoman para no perder detalle, y hay quien simplemente se deja llevar por la melodía en una tarde en la que el tiempo, casi por acuerdo tácito, concede una tregua para que Ferrol recupere su alegría.
Y es que no se puede entender esta escena sin mirar atrás. La Fiesta de las Pepitas hunde sus raíces en la propia historia de la ciudad: una urbe creada artificialmente por la Corona que, en apenas unas décadas, pasó de ser un pequeño núcleo de doscientas familias dedicadas a la pesca y la salazón a acoger a más de 40.000 personas llegadas de toda España a finales del siglo XVIII. Aquella mezcla de orígenes y culturas marcó para siempre el carácter ferrolano.
En el siglo XIX, la desproporción entre hombres y mujeres —con un 84% de población masculina frente a un 16% femenina— definía una sociedad singular. Los domingos y el día de San José, patrón de los carpinteros y de los obreros navales, eran jornadas de descanso en una ciudad construida en torno a la madera de los barcos y al esfuerzo de sus trabajadores.
Fue en ese contexto donde la música y el canto surgieron como lenguaje común, como punto de encuentro más allá de procedencias y diferencias. En tascas, tabernas y barberías comenzaron a gestarse las primeras rondas, los primeros cantos compartidos que acabarían dando forma a una tradición única.
Hoy, ese espíritu sigue vivo. En cada acorde que resuena en las calles de Ferrol la víspera de San José, en cada voz que se eleva hacia un balcón, late la historia de una ciudad que encontró en la música una manera de reconocerse a sí misma. Y mientras las rondallas avanzan, la ciudad entera parece recordar —y celebrar— lo que es.













