ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Martes 19 mayo 2015 | 12:07
Recuerdo el día que conocí a S. Estaba esperando su llegada apoyado en la ventana mientras veía a la gente pasar. A lo lejos vi un chico de unos diecisiete años completamente vestido de negro que caminaba bastante encogido. Solo las pistolas y las rosas del rock destacaban en su indumentaria. Me llamó la atención que las adolescentes se giraban para mirarlo cuando pasaba junto a ellas. Era él.
Moreno, ojos grandes, miraba a su alrededor con el interés y el espanto de una cría de topo que observa por primera vez el exterior de su madriguera.
S. y sus padres estaban preocupados por él. Temían que S. tuviese algún tipo de déficit de atención, se distraía con cualquier cosa. S. me contó su historia:
En el colegio siempre sacó buenas notas. De hecho, era de los que mejores notas sacaban. No era extraño que los profesores alabaran su agudeza, especialmente en matemáticas (paradógicamente ahora las matemáticas eran su gran cruz). Cuando tenía 8 años quería ser biólogo. A los 11 quería estudiar Historia. Los deportes nunca se le dieron bien, así que no pasó por la época de querer ser futbolista. De S. todo el mundo esperaba grandes cosas. Sobre todo él.
En el momento en el que nos conocimos, S. estaba repitiendo y acababa de dejar cuatro. Sus planes para el futuro eran rehabilitar, con sus amigos, una aldea abandonada y vivir allí de trabajar el campo. Los profesores del instituto decían de él que era inteligente pero “no le daba la gana”. Vamos que creían que era un vago. Los padres de S. también creían que su hijo era un vago.
“A lo peor está deprimido” pensaban. La madre se culpaba por no saber qué hacer con su hijo. El padre se enfadaba por no saber qué hacer con su hijo. Los amigos de S. también creían que era un vago porque siempre se escaqueaba de todo. Cuando hay que organizar un botellón, ya saben que él no lo hará.
S. también creía que S. era un vago, porque siempre lo dejaba todo para el final. Estudiar para los exámenes, los trabajos de clase, las tareas de casa. Todo lo hacía “mal y arrastras” como decía su madre. A él lo que le gusta es ver la tele y estar con el ordenador. Así estaba tranquilo.
Pero es raro, porque cada vez que comenzaba un nuevo trimestre, en S. siempre había la firme determinación de dar un cambio. Cada nuevo trimestre se decía a si mismo que en esa ocasión sacaría buenas notas como hacía antes. Estudiaría tres horas a diario. Tomaría buenos apuntes. Subrayaría el libro con varios colores como hacen los estudiantes más esforzados. Llevaría siempre los ejercicios hechos. Recogería su cuarto y lo tendría impoluto. Y de paso se apuntaría al gimnasio. Igual también empezaba a hacer algún deporte de equipo.
Sí, cada tres meses el corazón de S. se llena de buenas intenciones que solo duraban un par de semanas. Es posible que S. sea realmente un vago. También es posible que esté deprimido. Pero desde luego hay algo más en S. Él había leído sobre el déficit de atención y se aferraba a esa posibilidad para explicar su conducta.
En realidad, S. es víctima de un problemilla que padece mucha gente y del que últimamente se habla mucho: la procrastinación. No es una enfermedad, que nadie se alarme. Procrastinar significa dejarlo todo para después. Procrastinar no es más que entrar en un círculo de pensamientos que nos impiden llevar a cabo nuestros planes debido a la ansiedad que nos generan y que nos provoca que evitemos enfrentarnos a ellos, escondiéndonos en tareas más placenteras como la avestruz que esconde la cabeza ante la presencia de un león.
Trabajar con S. tenía una gran ventaja: era una persona que con relativa facilidad accedía a sus propios procesos mentales. Aprovechamos un examen que le pusieron sobre Kant para ir viendo qué se le pasaba por la cabeza y como solucionarlo.
Lo primero que pensaba S. era en hacer las cosas bien, con tiempo, y que los resultados fueran buenos, excelentes incluso. S. está deseando destacar, tiene la autoestima por los suelos y quiere que los demás reconozcan su valía. El ponerse objetivos muy altos hace que la dificultad sea mayor con lo cual acaba por no tener muchas ganas de empezar. Lo deja para un futuro en el que tendrá más ganas. Mientras tanto el tiempo va pasando.
Cuando S. se quiere dar cuenta, han pasado los días. Ha pasado el tiempo de hacerlo con tiempo. Empieza a sentir ansiedad, quiere hacer muchas cosas y no queda mucho tiempo. Ante esta ansiedad se refugia de nuevo en actividades más placenteras como ver la tele o jugar a videojuegos, actividades que le ofrecen un refuerzo inmediato. Aunque no logra disfrutar de esas actividades porque cada vez piensa con más intensidad en que debería ponerse a trabajar.
Un par de días antes del examen echa un vistazo superficial a los apuntes y considera que tampoco es para tanto, simplemente no sacará tan buena nota pero le dará tiempo a estudiarlo. Él trabaja mejor bajo presión (la frase típica de los procrastinadores). Con estas ideas alivia un poco la ansiedad. Ya puede volver a los juegos.
Ya solo queda un día para tener el examen. El tiempo sigue pasando y S. comienza a pensar que no será capaz de hacer la tarea. Es más: nunca será capaz de hacer nada con su vida. Siempre será un fracasado. Su autoestima es frágil y cuando comienza a pensar así su agobio aumenta. Su cabeza se dispara con pensamientos derrotistas de los que de nuevo desea huir.
El día antes del examen, mira el reloj a las seis de la tarde y concluye: “Bueno, si me pongo ahora a estudiar, aún tengo unas seis horas si me quedo hasta tarde”. Entonces hace un cálculo, con cuatro horas estudiando en serio sería suficiente. Subestima la dificultad de la tarea y sobreestima su propia capacidad, mecanismo automático de su cabeza para aliviar su ansiedad. Lo suficiente como para ver la tele un rato.
Un amigo que no tenía el examen al día siguiente lo llamó para quedar. Él le dijo que no podía, que tenía mucho que estudiar. Cuando le dijo eso aún estaría viendo la tele y jugando a videojuegos durante horas. Sin embargo para S. en ese momento ver la tele era una cosa que solo iba a hacer un momentito, mientras que bajar con su amigo era una tarea muy larga y él tenía que estudiar.
Después de ver la tele S. se activa. Coge los apuntes de Kant y lee un par de párrafos. Sin embargo, su nivel de ansiedad en ese momento es tan grande que su cabeza está fuera de control. Se le vienen mil cosas que debería estar haciendo. Se le vienen a la cabeza todos sus proyectos pendientes. Se le viene a la cabeza su propio futuro desorganizado en el que no alcanza nunca los objetivos que se propone. S. comienza a pensar que en realidad lo que pasa es que tiene un déficit de atención porque es imposible que alguien normal se le pasen tantas cosas por la cabeza cuando menos le conviene.
Bien, S. no está dispuesto a esperar más. Es hora de empezar a resolver su vida. Deja sobre la mesa los apuntes de Kant y se prepara un café para poder estudiar durante la noche. Después de tomar el café vuelve a la habitación y esta vez sí, esta vez hace lo que tenía que hacer: se pone a recoger la habitación. Una nueva forma de evitar enfrentarse a la tarea: hacer otra tarea pendiente para tener la sensación de que se está siendo productivo.
Son las diez de la noche. S. acaba de cenar. Coge los apuntes de Kant de nuevo. Le entra el sueño. Decide que lo mejor es dormir, despertarse temprano y preparar el examen un par de horas por la mañana. Él es inteligente, con un repaso le dará tiempo. O eso necesita creer en ese momento para evitar la tarea.
El despertador suena a las 5 de la mañana, S. lo mira y piensa que ya no le da tiempo, que es una tontería levantarse para nada. Decide seguir durmiendo pero con una idea clara: la próxima vez lo hará bien, la próxima vez no procrastinará. La próxima vez, la próxima vez.
Aunque todos procrastinamos en cierta medida, solemos acabar afrontando nuestras tareas tarde o temprano. Algunas personas están como S. atrapadas en el ciclo de la procrastinación, y este afecta de una forma intensa a sus vidas, acaban haciendo la cosas pero por desesperación y en el último momento. Salir de este círculo vicioso es posible con un poco de conocimiento y esfuerzo.
Se me acaba el espacio. En futuras entregas iremos conociendo más sobre la vida de S. y los problemas que suelen acompañar la procrastinación y algunas formas de evitarla. Para los que queráis ir adelantando cosas, aquí os dejo el enlace a una página web dedicada en exclusiva al tema procrastinación.org.
Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web pinchando aquí.

