SANDRA REGO | Opinión | Viernes 25 julio 2014 | 12:00
El otro día pasé por Herrera. Me senté a observar. La verdad es que es raro ver hacer eso a alguien hoy en día, si se sienta en un banco es para mirar si le han escrito en el Smartphone. Así que quise probar a ver si dolía, y sí dolió. Dolió un poquito mirar alrededor y ver esas estatuas que algún día fueron blancas. Que debieron ver crecer al menos a cuatro generaciones de pandillas. Que fueron testigo de nuevas parejas y de alguna otra cosa digna de olvidar.
Y siguen ahí resistiendo al paso del tiempo. Como intenta hacer Ferrol a base de no fragmentarse en cachitos, porque roto por dentro ya está. Y allí sentada, recordé la época de ir al cole. Cuando ese compañero de pupitre se sabía la respuesta que estaba preguntando el profe pero no contestaba, por miedo. Por miedo al qué dirán, al no tener razón y tener que reconocerlo en voz alta. Ahora lo entiendo. Ferrol siente esa epidemia desde hace tiempo. No dice nada, se calla. Por favor, no vamos a decir que hemos fracasado.
Algún quejido lastimoso de unos cuantos, Bazán a punto de cerrar sus puertas. Nosotros nos vamos, sabiendo que aquí ya no nos queda nada. Los bancos. Esos donde tomábamos pipas. Esos se quedan esperando nuestra vuelta que, con suerte, puede que sea cuando todo vaya mejor. Es posible que la próxima vez que volvamos a aposentar nuestros traseros aquí, ya cansados de trotar por el mundo, sea para descansar y contar que, lo bien que nos lo hemos pasado en estas plazas no lo hemos hecho en ningún sitio. Pero será tarde, tarde para recuperar nuestras raíces, que seguramente se hayan mezclado por el camino. Cuando la T4 sea más nuestro hogar que esa sensación de «estoy en casa» al cruzar el puente de As Pías desde la otra orilla.
«En Ferrol no hay nada, hay que marcharse», es la frase que más oigo repetirse desde que me di cuenta que empezábamos una nueva vida. «¿Te quieres quedar?¡Estás loca!»
Pues sí, igual estoy loca por soñar que me encantaría que todo siguiera su cauce, que nuestros hijos en un futuro sigan paseando por la calle Real y se den sus primeros besos en estos parques abandonados como ahora es Herrera. Porque todo parece más bonito si lo pintas de otro color, pero… ¡qué difícil es empezar un lienzo en blanco!
No sé lo que nos depara. Lo que sé es que no quiero que Ferrol sea ese pueblo fantasma que tan solo revive en Navidad y Semana Santa por la llegada de los que se fueron. De los que nos vamos. Y también sé que las estatuas de Herrera seguirán aquí a nuestra vuelta, pero estoy segura de que estarán muertas del aburrimiento.
