RAFAEL SAURA | Non serviam | Viernes 14 Febrero 2014 | 12:28
Con la denominación genérica de «distopías» se conoce a esas novelas o películas que describen o se ambientan en sociedades humanas cuya organización está basada en la opresión y el atropello a los derechos de sus ciudadanos. Al referirnos a ellas hablamos de ficciones, y suelen parecernos tan imposibles en el mundo real como lo descrito en esas otras obras literarias o cinematográficas a las que llamamos utopías, que nos muestran paraísos terrenales, donde los ciudadanos sólo disfrutan de placeres y se encuentran completamente libres de cualquier clase de sufrimiento.
A menudo, tanto las utopías como las distopías están emparentadas con el género de la ciencia ficción, toda vez que suelen ambientarse en un futuro más o menos lejano y, casi siempre, supertecnificado.
Como argumento para mi propia distopía he imaginado un viejo continente, con nombre de diosa helénica, en el que el desarrollo tecnológico -patrimonio o herencia de anteriores generaciones de sus propios habitantes-, en vez de ser usado en beneficio de las personas que lo habitan, se emplea en enriquecer, hasta el escándalo, a unos pocos y en tratar como sobrante a un porcentaje enorme de personas a quienes se les niega la posibilidad de ganarse la vida, privándoles con ello del derecho a disfrutar de un lugar al sol -en cuanto a autoestima, dignidad e independencia económica se refiere- entre sus conciudadanos.
En mi película, ese gran conjunto de individuos excluidos, que se cuentan por millones, debe mendigar el sustento entre amigos, familiares e instituciones de caridad, mientras los oligarcas corruptos que detentan el poder se esfuerzan en que impere el miedo a cualquier tipo de rebeldía, so pena de duros castigos, que incluyen la privación de libertad y el pago de unas multas cuya cuantía conduce a la ruina de por vida a quien, aun contando con desenvoltura económica, ose protestar frente a las altas instituciones que, habiendo sido creadas para velar por el derecho de todos a una vida digna, invierten su tiempo y el dinero de todos en dedicarse a otras cosas.
En esta distopía que me he inventado, los miles de poderosos que acumulan riquezas hasta el escándalo han decidido que el papel en el mundo de los ciudadanos comunes debe limitarse a fabricar los automóviles de lujo, los barcos o los aviones que tales ricos utilizan para su exclusivo disfrute, así como a ejercer como sus cocineros, chóferes y mecánicos, sus médicos, sus camareros y hasta sus gigolós, chaperos y prostitutas. También de entre los comunes han salido los agentes de seguridad y policías que los protegen, los abogados que los defienden y los políticos corruptos que siempre velan por sus espurios intereses, a cambio, en estos dos últimos casos, de unas propinas espléndidas.
En la película, esos poderosos, que no conocen patria, empatía ni compromiso ético con sus congéneres humanos, obtienen e incrementan sus fortunas prestando dinero a los países más empobrecidos, a cambio de fuertes intereses que todavía los arruinan más, así como dedicándose a alterar, de forma artificial y deliberada, el verdadero valor de las cosas, para robar a los ciudadanos honrados la diferencia entre el coste real de los bienes y el precio inflado por ellos a su conveniencia.
Esos vagos e inmorales, que no contribuyen en absoluto a la riqueza común con la realización de alguna clase de trabajo honesto, se han hecho, en esta distopía que me he inventado, los verdaderos amos del mundo y han aprendido a ocultar su identidad y sus actividades, tras sociedades opacas nominalmente asentadas en minúsculas islas remotas y haciendo uso de cuentas bancarias secretas abiertas en bancos cómplices, aunque supuestamente tan respetables como el país, de nombre Suzia, donde muchas de esas entidades tienen su sede.
Dónde están y quiénes son esas personas de egoísmo y poder infinito con fortunas de vértigo y nombres y apellidos concretos es, en la mayoría de casos, algo virtualmente imposible de saber para los comunes mortales en ese mundo distópico. En ese planeta fantástico, la responsabilidad de las personas de carne y hueso que dominan el mundo a través del dinero se diluye a través de unos entes, con estructura de casas de apuestas, que reciben el nombre de mercados.
A diferencia de en tiempos pasados, casi todos los ricos en esta película, para sentirse personalmente a salvo del reproche directo y de la ira de aquellos a quienes mantienen oprimidos, se han convertido en seres inidentificables -diríase que prácticamente invisibles-, si bien puede adivinarse su presencia -por centenas de millares- en las carísimas mansiones, hoteles, urbanizaciones y puertos deportivos que los humanos de segunda han levantado para ellos en las zonas más exclusivas del planeta.
En esta ficción, además, casi todo aquello que le parece normal a la ciudadanía resulta ser simplemente un conjunto de ideas, diseñadas desde ese poder para mantenerla narcotizada y a su servicio: «Debéis ser competitivos» -se les dice continuamente- para evitar que, como sería deseable, los ciudadanos se comporten de forma cooperativa o colaborativa en el trabajo. Se les hace obviar el hecho de que competir no es sino una forma de luchar contra el otro, de invertir recursos y energía en quitarle de en medio, lo que no es más que una forma de guerra depredativa entre personas. A esos pobres ciegos que componen la sociedad distópica se les oculta que colaborar o cooperar en el bien de los otros siempre ha sido lo correcto para la prosperidad común y no lo contrario.
Se les insiste en que la solución a los problemas en el continente pasa por trabajar más y más horas -a pesar del enorme porcentaje de desempleo que reina y de que la tecnología y las máquinas realizan la mayor parte de las tareas- y en consumir productos industriales como locos, a pesar de que los limitados recursos del planeta están siendo esquilmados de forma acelerada e irreversible comprometiendo su vida futura y la de sus hijos.
Para aumentar todavía más la cantidad de sus vampíricos beneficios, los poderosos y sus dirigentes políticos lacayos, en ese continente imaginario, se empeñan cada día en revisar a la baja los derechos laborales, la cuantía de las pensiones, la cobertura sanitaria, el presupuesto de la educación pública, como si en tal continente, en vez de un espectacular desarrollo tecnológico, hubiese habido una catástrofe natural, o una guerra, cuando la principal desgracia que sus ciudadanos padecen es la acción de unos terroristas financieros, casi siempre nativos de ese mismo territorio, que con sus deslocalizaciones industriales, precarización económica y préstamos envenenados a intereses abusivos a los países y las personas, tienen a los ciudadanos de rodillas. El enemigo del pueblo, en suma, no es el gasto en protección social sino la depredación financiera, a cuyos desmanes no se pone la menor traba desde las altas instituciones pretendidamente democráticas. En este mundo distópico, sólo los pobres contribuyen a la financiación del gasto en protección social, mientras que a los ricos, que hacen sus fortunas a costa del trabajo honrado de otros, se les permite ocultar su dinero en países de economía parásita, donde no existen los impuestos ni se comprueba la procedencia legítima de los ingresos.
El nuevo hombre promedio occidental, frecuentemente con formación universitaria, que disfrutaba, hasta hace poco, de un estado con leyes protectoras de su dignidad, debe ahora competir, por la mísera taza de arroz o el bocadillo, con el explotado tercermundista, a veces incluso menor de edad, a quien se revienta con el trabajo en condiciones de semiesclavitud, en aras de un mayor beneficio para los explotadores. Estos invisibles y obscenamente ricos financieros, a menudo nativos del viejo continente, son quienes controlan la inhumana y depredadora multinacional que ha relocalizado la fábrica que ahora opera en el tercer mundo, con salarios de hambre, y antes lo hacía en el continente pagando sueldos medianamente dignos.
«Dame más y más beneficios, aunque ello suponga la devastación del planeta, el trabajo hasta la extenuación de los hombres, el hambre de las familias o la quiebra de los países. Arruina al competidor arrebatándole el mercado, ofrece a los proveedores lo mínimo posible aunque con ello los condenes a la ruina. A cambio de convertirte en un lobo para los demás humanos y blindar tu futuro personal y te hará rico». Esto es más o menos lo que, en esta distopía, escuchan los despiadados directivos de esas empresas, de boca de quienes tienen su dinero invertido en ellas; algo que recuerda mucho al mito fáustico, en cuanto a lo que supone de venta del alma a un nuevo diablo llamado dinero.
Los organismos políticos encargados de regular las actividades de esos malhechores financieros parecen haber hecho dejación total de sus funciones, llevando al mundo entero a un escenario de profunda oscuridad histórica, donde las personas han pasado a ser un elemento secundario del sistema y sus derechos se subordinan a los intereses del capital y el beneficio a corto plazo y sin medida.
El final que, como escritor de ficción, yo he imaginado para esta distopía pasa por un cambio total de paradigma, por un vuelco político en el que los buenos, siguiendo los ejemplos de Luther King, Gandhi o Mandela-?esto ocurre casi siempre en las películas-, toman el poder de forma democrática y pacífica, restauran la cordura social y económica, expulsan a los corruptos colaboracionistas del poder y devuelven a los humanos su dignidad y los derechos que les fueron arrebatados. En el guión de mi película resulta que el dinero acumulado por esos ricos de escándalo no es otra cosa que una entidad numérica casi etérea, un conjunto de cifras conservadas en apuntes sobre papel o en discos informáticos, cuyo valor de cambio puede ser alterado -o incluso suprimido total o parcialmente- a conveniencia, no sólo por esos ricos, sino también por aquellos que, tras ganar la revolución pacífica en las urnas, deciden imponer la ética social y hacer justicia desde las más altas instituciones del continente.
Lamentablemente, en el mundo real estos finales felices -así como los grandes hombres y las organizaciones que los ponen en marcha- son poco corrientes, y parecen exclusivos de las películas de Hollywood. Lo más común, tal como nos muestra la Historia, es que estas cosas terminen de forma trágica y violenta, lo que implica cargarse, a menudo, a una generación entera que suele resultar inmolada en algún tipo de guerra, para que las cosas -si no empeoran todavía más tras el conflicto- mejoren por un tiempo para los psicológicamente destrozados y económicamente empobrecidos supervivientes. Y esto no es ficción en absoluto, sino un peligro real que el pasado nos demuestra que corremos.
Sea como fuere, parece que actualmente nos hallamos sentados sobre una olla a presión distópica cuya temperatura interna ha provocado que empiece a salir vapor hirviente a chorros por la válvula. Eso, y no otra cosa, son las protestas callejeras que últimamente vemos nacer por todas partes.
Si lo que se desea es que la temperatura baje y que el vapor se disipe del ambiente, lo que toca es apagar el fuego y abrir de una vez la olla para retirar toda la podredumbre que contiene.
Espero, por el bien de todos, que nadie desde el poder -como a veces me parece que ocurre- se vea tentado a eliminar del aire ese vapor hirviente, cerrando por la fuerza la válvula de escape sin retirar antes la olla del fuego. La explosión social, en ese caso, estaría garantizada y no sólo borraría del mapa a los políticos actualmente al uso, sino que podría provocar, además, la voladura completa del sistema de forma violenta, cuando lo sensato hubiese sido acometer, desde dentro, los necesarios y radicales cambios en la política exterior e interior europea, de una forma pacífica, democrática y, por una vez, honesta. Aunque mi esperanza disminuye cada día que pasa, quiero pensar que todavía estamos a tiempo.