RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 5 noviembre 2013 | 16:40
Creo que, definitivamente, he perdido la vergüenza. Me atreví a contar entre líneas cosas que solo tú y yo sabemos realmente de qué van. Tú y yo. Pero hablar de Ferrol Vello supone desnudarme por completo. Y no resulta fácil, conservo pudor. Pensar en el puerto es pensar en el amor de mi vida. Ese que descubrí cuando ya tenía cierta edad, destinado a abrirme los ojos.
Odio decir el muelle. Vivo en Ferrol Vello. El puerto, si me apuras. Pero cualquiera evita que miles lo suelten con naturalidad. Mis primeros recuerdos son de la acera del Cuartel de Instrucción. Cuando conservaba el brillo de antaño, cuando el sol le ayudaba a lucir sus mejores galas. Sin embargo, el lugar en el que nació la ciudad era un perfecto desconocido para mí.
Agua mineral en el Yate. Era muy pequeño, supongo que no era cuestión de dejarme vivir al límite. La lancha de Mugardos, los barcos de otras Marinas que recalaban en la ciudad departamental. Uno de esos niños arreglados, siempre de domingo. Clase y distinción, no hablamos de un hortera cualquiera. Todo era más natural. Ni se había inventado la palabra postureo.
Porque, claro, en Ferrol Vello hay contrastes. Una fachada que reúne a unos y otros, que enseña terrazas acristaladas y toldos con mesas y sillas. Un encantador bus arrastrado desde el Reino Unido. A la sombra en la Ranita. Territorio pequeño, muchos puntos en los que ver y ser visto.
La fachada, porque doblar la esquina sirve para chocar con lo real. No hace falta entrar en la propia calle, desde la esquina verás lo que hay. Llegué hace casi cuatro años. En el mejor momento de mi vida. Personal y profesionalmente hablando. ¿Por qué no te animas? Y me animé. Abandoné el nido de O Inferniño y me emancipé. Pasé de ser uno de fuera de puertas a residir en zona vieja.
A un piso que me vuelve loco. El sofá más cómodo y las vistas más agradables, me dijiste aquel día. El sol entra por las persianas casi a cualquier hora, pese al cielo negro. Las ventanas abiertas a una plaza y una calle que desprenden optimismo en una barriada condenada al olvido.
El timbre más ruidoso. El que me ha dado más alegrías. Sonaba cuando estaba perdido, pero también cuando quería volver a comerme el mundo, paso a paso. Me atreví con la cocina y me desperté con los brillos de la Gran Vía del puerto. Refugio de mis cansancios, madriguera para mis miedos. Las llaves que abren la puerta de la nueva vida, las que me aferran a la gloria.
Donde llueve a cántaros y los pájaros anidan junto a la ventana. La misma que abres por la mañana y te sorprende con un racimo de castañas al alcance de tu mano. Tus charlas, tus cartas y los madrugones. Aquí me estrené en esto de correr, sigo siendo el más lento. No me importa. Hasta la lonja. Carretera Baja o Alta. Pasarela y paseo de A Malata.
Y aquí me enamoré, entre cascotes y chaquetas de lana. Con una entrada de Quique entre los dedos y una sonrisa en una terraza. Condenado a girar a tu alrededor, mi centro de gravedad. Escribiéndonos en horas de trabajo. A escondidas, solo para conocimiento de un par de oídos generosos.
Ferrol Vello, donde todo empieza. Siete palabras, me recordaste. Las que te definen, con las que te defino. El libro de Jabois que te regalé y en el que te las escribí. Todos queremos hacerlo como él. Mad Men, Homeland, Iván Ferreiro, Love of Lesbian y La Habitación Roja. El coche aparcado en el callejón. O encima de la acera, vale.
Los pies manchados de barro, la valla que no me deja salir de la Praza Vella. El sonido de los barcos que dejan el Arsenal. Soportales, pequeñas claraboyas de la laberíntica Sala de Armas con el flexo conectado de madrugada. Azoteas que iluminan una calle a veces entre tinieblas. Las luces de Reganosa en un paseo nocturno al fresco. Las cañas de pescar al pie de La Cortina.
Las vistas del Baluarte. Qué quedó de la Fábrica de Lápices. Colas entre personajes de Berlanga para alcanzar una barra de pan en la tienda de Fe. La casa de Carvalho Calero, mi insigne vecino. En ruinas. La pintada que dice aquello de que Ferrol mola. El callejón de gatos y arbustos hacia la rúa Virxe, el Argüelles paralelo.
Donde las casas arden a fuego lento. La gastronomía de vanguardia del Frank y O Camiño do Inglés. La tortilla y las copas de vino en O Bacoriño. Allí me dijeron que me esperaba algo gordo a la vuelta de la esquina. Ni sabía que acabaría viviendo justo al lado. Casi ni sabía que unos días más tarde abriría la etapa más alucinante de mi trayectoria.
Solo en mi barrio unos bancos sirven para cortar una calle al tráfico en vez de para aposentar el trasero. Le llaman San Antonio. El karaoke que suena de lejos en el Puerto Chico, qué decir de todo lo que se ve y se intuye desde la iglesia de San Francisco. La mejor calle para subir y bajar, despacio o a toda velocidad. Otear desde un plano más bajo la esquina de las Discípulas.
El hotel que no ha llegado a levantarse junto a la iglesia del Socorro. ¿El café del Submarino? Delicioso. ¿La Maña? Alguien me dijo que allí se inspiraba Almodóvar. Callejuelas con sabor marinero de verdad. Una ría sin depurar, un sector por cuidar, pero conservamos el olor tradicional.
Balcones de villa pesquera, señoras que no se sienten observadas y pisan acera con bata y zapatillas. Mesones que sirven lo que llena el buche lejos del tráfico. Un estanco superviviente, la tintorería que puede con el calendario. Y Antón Varela impartiendo justicia con la gaita. Las sonrisas de la gente joven, de sus niños, que nos hemos venido aquí porque creemos en este sitio.
Ya puede marcar el reloj las 3, la hora del Telediario, que en mi barrio el tiempo va a otro ritmo. Algo muy moderno en época de prisas. Me comenta un inquieto a una cámara de fotos pegado que ahora los relojes de Ferrol no funcionan. Los públicos, quizás tampoco los privados. Eso quiere decir algo. No querrán marcar la hora. Nuestra hora.
El de la plaza de España. Los de San Julián y Dolores. Emblemáticos: Zara y el Concello. Din-don-din-don (bis) a las horas en punto, resuena en A Magdalena. La Puerta del Dique y Capitanía al anochecer, tan patriótico todo.
Ya he cambiado de tema otra vez. Después de tanto marearme en la puerta giratoria de Correos, solo diré una cosa. ¿Ferrol Vello? Sí, (te) quiero. Me habrán cortado un brazo el día que me faltes. Me va la marcha. Aunque tú no lo sepas. Miento: sí lo sabes.
Caramba, carambita, carambirurí. Caramba, carambita, carambirurá.
Biquini para la playa estrecho como un cordón. De noche en la discoteca vestida de polizón.
De día sobre la arena me juras loca pasión. De noche a Torremolinos te vas con Paco y Ramón.
Tú juras llamarte Sandra y ser de «Sebastopó». Mentira, tú eres Rosiña, Rosiña la del Ferrol.
(Los Marismeños. Gracias, La 2)
