Montserrat Gutiérrez comenzó a pintar a los diez años, trabajó como profesora de Artes Plásticas en el IES Montojo, y lleva seis años jubilada, pero sin parar de pintar. Desde que comenzó a los diez años, no ha habido un día de su vida que haya dejado de hacerlo, «yo estudié en la Compañía de María, y un día una monja me colocó un caballete delante y me dijo que pintara». Medio siglo después, aquella niña continúa entrando cada día en el estudio con la misma urgencia. No pinta para vender. Tampoco para agradar. Pinta porque, como ella misma dice, «si no pinto, me arden las manos».
Durante décadas convivieron tres vidas al mismo tiempo: la profesora de Plástica del instituto, la madre de dos niñas y la pintora que cada día encontraba unas horas para enfrentarse al lienzo. No recuerda haber dejado de hacerlo ni durante los embarazos ni durante los años más intensos de la docencia. «Aquella monja fue la primera que creyó en mí», recuerda Montserrat, «algo vio, que a mí me enganchó, y nunca he parado», recuerda con cariño.
Valencia como punto de arranque de toda una generación
Cuando llegó el momento de estudiar Bellas Artes no había facultad en Galicia. Como tantos artistas de su generación hizo las maletas hacia Valencia. Allí coincidió con la artista ferrolana Pamen Pereira, compañera suya del mismo año de promoción.

Pero Montserrat Gutiérrez siempre quiso volver, había dejado aquí a su pareja que sigue siendo su compañero de vida. Regresó a Ferrol, aprobó las oposiciones y encontró una estabilidad que muchos artistas nunca llegan a conocer. Quizá por eso habla sin dramatismos de algo que otros consideran un fracaso. «Quedarme en Ferrol fue probablemente el error de mi vida como artista, pero viéndolo en líneas generales quizá es un éxito». La artista no ha dejado de pintar ni un sólo día, ha expuesto en casi todas las ciudades gallegas, pero también ha expuesto fuera de Galicia, y en otros países, recientemente en Brasil y Portugal.
Ha recibido premios y reconocimientos de distintos trabajos. Su pintura evoluciona como los buenos vinos, a base de tiempo, desde su faceta inicial más expresionista, hasta un momento donde recupera el arte pop americano, para darle una perspectiva crítica y feminista a muchos eslóganes que nos han marcado como el «Yes, you can».
En su serie de ´Mulleres na cociña e outros dores de cabeza’, la pintora explora con un toque pop y reivindicativo, el papel de la mujer, tomando muchas de las reivindicaciones escritas en las pancartas de las manifestaciones del 8M.
«Tengo la suerte de que no necesito crear para vender, siempre he tenido mi sueldo, y eso me ha garantizado el poder seguir creando sin necesidad, ni precariedad». Bajo el aplomo de sus palabras, Montserrat sigue manteniendo el espíritu de una persona joven, tanto en la forma que coge su obra, como en los temas. «Es curioso, muchas personas al conocerme les sorprende mi edad, porque les parece la obra de una artista joven. Yo creo que es porque al ser docente nunca he perdido el contacto con adolescentes, y esto te mantiene en el presente».

Pintar: «un orgasmo intelectual»
Gutiérrez a penas explica su trabajo, deja que sea el espectador quien encuentre lo que quiera encontrar. Si una persona permanece una hora delante de un cuadro, como le ocurrió una vez en Portugal con un marinero que no sabía decir exactamente qué estaba viendo, para ella ya merece la pena todo el esfuerzo. Portugal aparece varias veces durante la conversación. Allí siente que el público observa de otra manera. Con menos prisa.
Para la pintora comunicar su obra y exponerla para que la gente la vea, es algo en sí mismo gratificante, «a veces no quiero ni vender algunas obras, porque tampoco soy capaz de deshacerme de ellas», comenta.
Pintar es algo que para ella es tan natural como respirar, ella misma lo define como un «orgasmo intelectual», y mientras lo dice, se ríe como si su propio deseo fuese un acto puramente placentero. Parece fácil.

Del pincel a la tableta digital
Durante años transitó un expresionismo muy influido por Miquel Barceló, hasta que un día decidió destruir parte de aquellos lienzos. «Ya había un Barceló y non podían existir dos, pero en Valencia se respiraba su influencia». Necesitaba encontrar su propia forma. Echando la vista atrás, Montserrat siempre ha estado experimentando, dejó esa primera vertiente más expresionista, para tocar otras formas de expresarse…«el expresionismo se me hacía muy duro, era dejar salir algo de mí, que me dejaba muy cansada», explica.
Terminó mezclando el pop americano de los años cincuenta, el arte clásico, el feminismo, la publicidad y la cultura visual contemporánea. Hoy en sus cuadros conviven referencias al Renacimiento revisitado con bolsas de plástico, latas inspiradas en Warhol, mujeres que desafían los estereotipos y una serie donde la mujer no se sabe exactamente si es un hombre, jugando con el tema de la identidad.

Ella explica todo como parte de su propia vida, «nada de esto estaba previsto, fue apareciendo». Como apareció también el dibujo digital cuando sus hijas le regalaron una tableta gráfica. Al principio la odió. Ahora alterna semanas de óleo con otras dedicadas a trabajar en Photoshop. Porque crear sigue siendo crear.
Sus hijas también terminaron heredando esa pasión artística. Una es arquitecta. La otra es médica. Pero ambas forman parte de un grupo musical que acaba de recibir un premio nacional y prepara un nuevo disco. « Es divertido porque ahora me piden que les diseñe las carátulas de los discos. Han sacado una vena artística con la música, pero tienen como yo esa faceta de tener su vida profesional a parte».
Ninguna vive del arte. Las tres, sobreviven gracias a él. Cuando se le pregunta qué espera todavía de la pintura después de cincuenta años, responde que solo espera que algún día aparezca ese cuadro que lleva décadas persiguiendo. Ese que todavía no sabe pintar. Segundos después, rectifica. «Quizá si algún día lo encontrara, probablemente dejaría de buscar», y se ríe con sus ojos que se achinan centelleantes.

