«Astillero»: El vino de Esmelle que se convirtió en un ‘unicornio’ y sabe a mar 

Marcial Pita, cofundador de las Bodegas 'El Paraguas', en su viñedo de Esmelle. Foto: Alicia Seoane
Marcial Pita, cofundador de las Bodegas 'El Paraguas', en su viñedo de Esmelle. Foto: Alicia Seoane

El pequeño viñedo de Esmelle, de las Bodegas el Paraguas, produce unas pocas centenas de botellas al año. Se agotan antes de salir al mercado, se revenden por cientos de euros y han convertido una finca de Esmelle en uno de los proyectos vitivinícolas más singulares de España. Pero para Marcial Pita, lo importante nunca fue hacer un vino de culto. Fue devolverle a Ferrol una historia que estaba olvidada. La vinícola.

Hablamos con Marcial Pita, quedamos en la Asociación de Vecinos y desde allí le sigo en el coche por los caminos de Esmelle, a escasos metros de una de las costas más salvajes y saladas de nuestra zona: Covas. El atlántico muestra su cara más brava, costa recortada, acantilados, y nordés que entra con furia.

Marcial no empezó plantando cepas. Empezó estudiando el mundo del vino, con su curiosidad periodística que no ha perdido con los años. Se formó como catador cuando todavía esa profesión era casi desconocida en España. Después llegaron las colaboraciones con revistas especializadas, los concursos internacionales, las clases, la consultoría y la elaboración de vinos en Castilla-La Mancha, El Bierzo y Ribeiro. El vino dejó de ser una afición para convertirse en una profesión. El periodismo se acabó convirtiendo en un parte de comunicación más de su propia bodega.

Esmelle es el regalo de Covas, el lugar donde la tierra se protege, y donde nuestro ancestros también decidieron protegerse en su Castro. Allí los árboles muestran una cara más amable, las casas quedan recogidas en un valle que como explica Marcial, «tiene un clima más cercano al mediterráneo extremo», buen punto de partida para poder comenzar con la vid.

Cada año esta cosecha produce apenas unas pocas centenas de botellas que desaparecen antes de llegar al mercado. Hay coleccionistas que las persiguen por medio mundo y otros que las revenden multiplicando por diez su precio inicial. Es, probablemente, el unicornio más improbable de Galicia. Y también el más ferrolano.

«El vino dio muchísimo dinero a Ferrol»

Marcial Pita habla del vino como quien cuenta una historia familiar, no necesita levantar la voz. Los datos hablan por él. «El vino en Ferrol fue una industria que se ha olvidado por completo. Está documentado desde 1300 y durante más de sescientos años generó muchísimo trabajo y muchísimos impuestos».

Mientras paseamos entre las cepas de Esmelle, señala hacia la ría. La Graña. Doniños. Covas. San Cristóbal. Hoy cuesta imaginar que esas laderas fueran uno de los grandes paisajes vitivinícolas del norte gallego. Pero lo fueron. «Todavía puedes ver las terrazas bajo los eucaliptos, no es una exageración», explica entusiasmado.

Tras la Constitución de Cádiz, recuerda, cuando A Graña se independizó administrativamente durante un breve periodo, el 90 % de sus ingresos fiscales procedían del vino. Ferrol no solo producía vino. Vivía de él. Hasta que en un momento dejó de hacerlo. «La historia del vino ferrolano no terminó porque la tierra dejara de ser fértil. Terminó por una serie de circunstancias. Con la llegada de vinos procedentes de otras zonas y el cambio de los mercados, aquella cultura vitivinícola fue desapareciendo lentamente».

Marcial Pita, tiene arraigo en Esmelle y un pazo de sus tatarabuelos a pocos metros del viñedo, independientemente de que este proyecto fuese de entrada una idea Kamikaze, lo cierto es que la tierra cumplía las condiciones idóneas, y el sueño de Pita, era hacer un vino que supiese a la misma tierra que lo vió nacer, «para mí es importante que cuando bebas un vino de un lugar, imagines la tierra de donde procede, para mí conseguir eso era mi objetivo, devolverle a esta tierra un vino propio». Y lo consiguió: Astillero, huele al aire salado de Ponzos en los días de nordés, es como probar una bocanada de aire de Covas en estado líquido.

Seiscientas cepas, siete meses y cientos de horas

Lo fácil sería pensar que cultivar un cuarto de hectárea requiere poco trabajo. Marcial sonríe cuando escucha esa idea. En Esmelle hay algo más de seiscientas cepas. Y probablemente exijan más horas de trabajo que muchas hectáreas de otras zonas vitivinícolas. «Aquí se poda para que una hilera no robe el sol a la siguiente». Se eliminan brotes para favorecer la ventilación. Se controla el mildiu, el oídio y la botritis.

Se protege cada racimo de la avispa velutina con bolsas ecológicas. Se vigilan los temporales atlánticos. Y todo ello intentando intervenir lo mínimo posible. «Si tratáramos mucho más la viña dejarías de ver pasar las mariposas. A mí me interesa que esto siga siendo un ecosistema propio».

Cuando llega septiembre no aparecen grandes máquinas. Aparecen familias, niños, amigos. Las uvas se recogen en cajas pequeñas. Después comienza un proceso casi artesanal. Grano a grano, cada racimo se revisa manualmente para eliminar cualquier fruto dañado. Y luego llega la parte favorita de Marcial, «los niños pisan la uva, como hace siglos, es la colchoneta elástica de la bodega», bromea.

Ese prensado tradicional permite elaborar un vino de mínima intervención que permanece siete meses en contacto con sus pieles, siguiendo la filosofía de los llamados orange wines, sin prisas.

Un unicornio vinícola

La primera cosecha comercial apenas alcanzó 90 botellas. La mejor añada produjo alrededor de 280, no hablamos de grandes cantidades. Ni siquiera quinientas. Solo unas pocas centenas. Hoy prácticamente toda la producción se vende por cupos antes de embotellarse.

Las botellas viajan ya a 17 países y es casi imposible encontrarlas en el mercado. Ahí empezó el fenómeno. «Este vino se ha convertido en un unicornio. Hay coleccionistas que están pagando cifras muy superiores al precio original simplemente porque no existe otra manera de conseguir una botella», explica ojiplático.  Marcial lo cuenta sin presumir, como quien observa un fenómeno que se le escapa a su control.

El proyecto trabaja desde hace ocho años con un empleado procedente de la Asociación Nuestra Señora de Chamorro, favoreciendo la integración laboral de personas con diversidad funcional. «Lo que más me llena es recuperar una industria tradicional y hacer algo útil para la sociedad», El vino aparece casi como una consecuencia, como un regalo.

Terreno granítico

Cuando habla del terreno, Marcial vuelve a emocionarse. Debajo de la finca hay una antigua falla geológica de granito secundario, cuarcitas, «son arcillas poco profundas, para cualquier visitante parecen simples piedras, pero para un viticultor constituyen un tesoro».

Los grandes vinos del mundo se diferencian por el suelo, las raíces atraviesan apenas unos centímetros antes de alcanzar la roca madre, y es ahí, asegura, donde empieza realmente el vino. No en la bodega, ni en la botella. Sino bajo tierra.

Mientras muchas bodegas buscan producir más, ampliar instalaciones o abrir nuevos mercados, Marcial parece haber elegido el camino contrario. Mantener la escala, cuidar el paisaje. Recuperar la memoria. Quizá por eso El Astillero nunca será un vino masivo. «Ni falta que hace, porque su mayor valor no reside en las botellas que consigo vender».  El verdadero valor es demostrar que tras los eucaliptos que durante décadas ocultaron las viejas terrazas de cultivo, Ferrol seguía teniendo memoria de vino. Solo hacía falta volver a la tierra y ella se encarga del resto.