La tarde del jueves 30 de julio de 2026 pasará a la historia de los ponteses como un día agridulce: el día que As Pontes dijo adiós a sus torres de refrigeración. Para muchos de los que trabajaron en la fábrica supone la pérdida de un símbolo que representó todo su pasado laboral. Para otros que nunca trabajaron dentro de las instalaciones, la pérdida es más la de una presencia física de hormigón que lo invade todo, lo mires por donde lo mires. Un símbolo en la identidad de una gran parte del pueblo.
A las cuatro de la tarde estaba prevista la demolición de las torres, dejando tan solo la torre más alargada, como Bien de Interés Cultural, protegido, por el momento. Horas previas a la demolición la gente se preparaba para un día en el que nadie quería perderse el espectáculo de ver saltar por los aires, unas estructuras de 99 metros de altura, 84 metros de diámetro en la base y 57 metros en la coronación. Cada una pesaba alrededor de 11.245 toneladas. Ni más, ni menos.

Cordones policiales, calles cortadas, gente sentada en los bancos con pipas, y teléfono móvil preparados, cámaras de televisión que llegaban de todas partes de España, y sobre todo vecinos y vecinas, apilados y acondicionados, con sillas, patatas, y refrescos para echar la tarde enganchados a una imagen difícilmente borrable.
Obreros de la planta de Endesa se aglutinaban alrededor de la fábrica y en las rotondas, saludando a los coches que ascendían a la carballeira, desde arriba, la imagen era impresionante, una fábrica de tal dimensiones, que aún desde la altura no perdía presencia.
Sillas de playas, colas de coches que se amontonan en el camino de entrada, bocatas, pipas, y transistores. Medios de comunicación, y cámaras de todo tipo preparadas. A las cuatro tras una sesión de hipótesis y dudas, todo el mundo entramos en el silencio propio de un momento incierto que requiere cierto respeto.

A las 16.03 las primeras torres se desplomaban, la señora que estaba a mi lado suspiraba, y decía «una pena», su marido escuchaba la radio donde se estaba retransmitiendo todo lo que él mismo iba contemplando con sorpresa. Los siguientes minutos fueron de esos que se hacen largos, nadie esperaba otros siete minutos más entre el primer derribo y el segundo.
Comenzaron las especulaciones, suspiros y sensación de que algo extraño pasaba. Y ahí nos salvó la radio, « Endesa tuvo un problema, y por eso se está retrasando el segundo derribo», al poco tiempo nos confirmaron que hubo un retardo en las telecomunicaciones de la segunda línea.

Aún con retraso se desplomaron con la misma fragilidad que las primeras, como si fuesen estructuras ligeras, como si aquellas torres hace unos instantes tan pesadas, se hubiesen convertido en estructuras de mantequilla. Algunas personas volvían a sus casas con las sillas recogidas, los ojos brillantes y cierta pesadumbre, otras seguían mirando sus móviles en bucle, viendo esa voladura una y otra vez, como si todavía no hubiese sucedido.
