Corrían los años 80, cuando un grupo de padres y madres de Ferrol se encontró ante una realidad que hoy puede resultar difícil de imaginar: sus hijos tenían dificultades y necesitaban apoyo, pero los recursos disponibles eran escasos. No había en los centros educativos los equipos de orientación que hoy conocemos y muchas de aquellas familias tenían que buscar fuera del colegio las herramientas que sus hijos necesitaban.
De aquella necesidad nació Aspaneps, la Asociación de Padres y Madres de Niños y Niñas con Problemas Psicosociales. Cuarenta y seis años después, la entidad continúa trabajando con niños, adolescentes, jóvenes y personas con discapacidad a través de diferentes programas y acompañando también a sus familias.
«Lo que vemos es que seguimos siendo necesarios», resume Laura Rodríguez Robleño, logopeda y directora técnica de Aspaneps desde el pasado mes de julio. A su lado está Clara López, psicóloga de atención temprana y responsable de comunicación. Las dos forman parte de una asociación que ha cambiado mucho desde aquel 1980, pero que conserva intacta una idea de sus orígenes: «ayudar a los niños que lo necesitan más allá de las etiquetas y acompañar a sus familias».
Todo empezó con unas familias que buscaban ayuda
Antes de Aspaneps existía en Ferrol un centro psicosocial que atendía a personas y familias con diferentes necesidades. Pero los recursos eran limitados y, en aquel momento, se planteó a los padres y madres que la creación de una asociación podía ser una vía para conseguir más recursos y financiación. Los primeros usuarios fueron principalmente niños con discapacidad y dificultades de aprendizaje.
Los propios padres comenzaron a organizarse y buscaron profesionales que pudieran atender a sus hijos. Llegaron los primeros psicólogos, maestras y pedagogos y comenzaron las conocidas entonces como clases de reeducación. Era una época en la que muchas de las herramientas que hoy forman parte de la atención educativa y sociosanitaria sencillamente no existían.
La asociación fue creciendo a medida que aparecían nuevas necesidades. Y esa ha sido, en buena medida, su historia durante estos 46 años: detectar un problema, escuchar a las familias y buscar una respuesta. «Todos los programas realmente se han ido creando en función de las necesidades que hemos detectado en familias y menores. Es decir, habría que hacer este programa. Vamos a pedir ayuda, a ver si nos la dan para poder hacerlo», explican.

Cinco programas para acompañar diferentes etapas
Hoy Aspaneps cuenta con cuatro grandes programas de atención infantojuvenil y un centro ocupacional. Son programas diferentes para necesidades diferentes, pero con un elemento común: el acompañamiento no se limita al niño o adolescente o a las personas con discapacidad cognitiva, sino que incorpora a su entorno.
Porque, como repiten sus profesionales, el trabajo en red es fundamental. Familias, colegios, servicios sociales, profesionales sanitarios y cualquier persona que forme parte de la vida del usuario pueden convertirse en piezas necesarias para conseguir una intervención adecuada.
El enlace con Salud Mental infanto-juvenil
Uno de los grandes hitos en la trayectoria de Aspaneps llegó en 1990, cuando consiguió poner en marcha el programa de Salud Mental Infanto-Juvenil del área sanitaria de Ferrolterra. Durante casi tres décadas, hasta 2018, la asociación asumió esta atención con un equipo formado por profesionales como psicólogos, psiquiatra, pedagoga y trabajadora social.
La creación posterior de la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil del Hospital Naval modificó aquel modelo. Aspaneps pasó entonces a desempeñar un papel de enlace con el sistema sanitario. Los casos llegan derivados desde el hospital y las profesionales de la asociación realizan las evaluaciones necesarias y, cuando está indicado, desarrollan intervenciones y sesiones de seguimiento.
Actualmente este programa cuenta con psicólogas y terapeutas ocupacionales. La coordinación con el hospital es constante. La asociación aporta un tiempo y una atención especializada que permite realizar determinadas evaluaciones e intervenciones que requieren una dedicación que el sistema sanitario, por sus propias características y recursos, no siempre puede ofrecer.
Después, la información vuelve al ámbito sanitario para que sea el equipo clínico quien determine el diagnóstico y las actuaciones correspondientes. Una relación que funciona, explican, como un trabajo complementario entre recursos.
Atención socioeducativa: de la antigua reeducación al apoyo escolar
La antigua reeducación también evolucionó. En el año 2000 pasó a denominarse programa de atención socioeducativa, y actualmente cuenta con dos logopedas y una psicopedagoga. Aquí llegan niños y adolescentes que necesitan apoyo relacionado con dificultades de aprendizaje, comunicación u otras necesidades educativas.
El programa cuenta con convenios con los concellos de Ferrol y Narón aunque está abierto a otros concellos con cuotas privadas establecidas en función de las necesidades socioeconómicas de las familias, además combina plazas financiadas con otras de carácter privado. Pero la demanda supera los recursos disponibles. Hay lista de espera y las plazas son limitadas porque, además, los usuarios no suelen necesitar una intervención puntual. «Los niños que entran no son niños para dos días. Son niños que continúan durante años porque lo necesitan», explican.
Eso hace que una plaza que se ocupa permanezca ocupada durante mucho tiempo y que la capacidad de respuesta sea necesariamente limitada.
Atención temprana: intervenir cuando todavía hay mucho por construir
En 2019 llegó otro paso importante con la incorporación de Aspaneps a la Red Galega de Atención Temprana, contando con un concierto social con la Mancomunidad de Ferrol a través de política Social. El programa está dirigido a niños pequeños con necesidades relacionadas con el desarrollo y a sus familias.
La atención temprana trabaja en una etapa especialmente sensible: los primeros años de vida, cuando detectar una dificultad e intervenir puede tener una enorme importancia en la evolución posterior. Pero hay una característica que las profesionales consideran imprescindible: la familia forma parte de la intervención.
No se trata únicamente de trabajar con el niño en una sesión y que después todo termine al salir por la puerta. Hay que conocer su entorno, coordinarse con los centros educativos y acompañar a sus padres y madres. «El trabajo en red es importante para Aspanes, cualquiera que sea el programa. Con los colegios, con servicios sociales, con las familias, con toda persona que pueda aparecer en la vida de nuestros usuarios».
Y ahí aparece también uno de los grandes problemas actuales: qué ocurre cuando termina la atención temprana. A partir de los seis años desaparece buena parte de ese recurso específico y las familias tienen que buscar nuevas vías de apoyo. «Los seis años son un punto de inflexión», explican. La necesidad no desaparece porque el niño cumpla años.

Oriéntame: acompañar el neurodesarrollo
El cuarto programa es Oriéntame, financiado a través de Política Social presentado a través de Feafes y dirigido a menores que cuentan con certificado de discapacidad y presentan alteraciones relacionadas con el neurodesarrollo. El equipo está formado por una psicóloga y una terapeuta ocupacional.
Una parte importante de los usuarios presenta diagnóstico o sospecha de trastorno del espectro autista, aunque el programa aborda diferentes necesidades dentro del neurodesarrollo. También aquí la familia tiene un papel fundamental.
Porque acompañar a un menor implica, muchas veces, ayudar a sus padres a entender qué está ocurriendo, qué necesitan y qué pueden hacer en su día a día.
¿Y cuándo llegan los 18 años?
La historia de Aspaneps demuestra que los programas aparecen porque las necesidades cambian. Eso ocurrió en 1992, cuando la asociación creó su centro ocupacional. Los niños que habían comenzado años atrás en los programas de reeducación estaban creciendo. Cumplían 18 años y dejaban de poder utilizar determinados recursos.
Pero sus necesidades no desaparecían. Había que crear un espacio para continuar acompañándolos. El centro ocupacional cuenta actualmente con 23 plazas: 20 públicas y tres privadas, y ofrece una atención especializada a personas con discapacidad cognitiva que cuentan con un determinado grado de autonomía.
En él trabajan profesionales de psicología, terapia ocupacional, educación social y trabajo social, además de monitoras que desarrollan actividades como serigrafía. Y en este ámbito aparece también uno de los proyectos de futuro de Aspaneps: el centro ocupacional de Fene, una iniciativa que permitiría ampliar la capacidad de atención y generar nuevos espacios para las personas que actualmente necesitan estos recursos.

No quedarse en el diagnóstico
Hay una idea que atraviesa toda la conversación: un diagnóstico no explica por sí solo a una persona. Las profesionales de Aspaneps trabajan con niños que llegan con diagnósticos, con sospechas diagnósticas o simplemente con dificultades que necesitan ser estudiadas.
Y consideran fundamental mirar más allá de la etiqueta. «Aquí, desde los inicios, siempre se vio más allá del diagnóstico. No quedarse en el diagnóstico, sino decir: ¿por qué pasa esto?». Porque un comportamiento puede tener detrás muchas historias.
Puede existir una dificultad de aprendizaje. Puede haber un trastorno del neurodesarrollo. Pero también puede haber cambios familiares, situaciones de estrés, problemas emocionales o circunstancias que estén influyendo en el comportamiento de un niño. Y no siempre es necesario convertir cada dificultad en una etiqueta.
El problema es que, en ocasiones, las propias familias necesitan un diagnóstico para acceder a determinados apoyos. En los colegios, por ejemplo, determinados recursos necesitan estar justificados mediante una valoración o un certificado.
Así, algunas familias llegan buscando primero un diagnóstico cuando en realidad lo que quieren es algo mucho más sencillo: que su hijo reciba la ayuda que necesita. «Lo importante es cómo está el niño, las necesidades que tenga en este momento. Y no solo el diagnóstico».

¿Por qué hay cada vez más niños que necesitan este recurso?
La percepción de las profesionales es clara: cada vez llegan más familias y más niños que necesitan apoyo. Pero explicar por qué no resulta tan sencillo. No hay una única causa.
La pandemia marcó un antes y un después y, tras los confinamientos, se produjo un incremento de determinadas consultas y dificultades detectadas por las familias. También están los cambios en los modelos familiares, las dificultades de conciliación, el estrés, las prisas y una sociedad en la que los niños tienen una agenda mucho más llena que generaciones anteriores.
«Antes nos aburríamos», recuerdan. Y aquella frase aparentemente trivial abre un debate importante. Antes había más momentos en los que no ocurría nada. No había que llenar cada tarde con actividades. No había un dispositivo esperando en cada sala de espera. No había un vídeo nuevo cada pocos segundos. Hoy, en cambio, la infancia está rodeada de estímulos constantes. Y las pantallas forman parte de esa realidad.
Las profesionales no plantean una relación automática entre pantallas y diagnóstico. Insisten en que hay que estudiar el contexto de cada niño. Pero sí observan que el uso intensivo de dispositivos y la exposición constante a contenidos rápidos forman parte de los factores que hay que tener en cuenta. «Los vídeos son de veinte segundos. Lo que no dijiste en veinte segundos ya nadie lo escucha». La frase resume un cambio cultural. La infancia y la adolescencia están acostumbrándose a recibir información de manera inmediata, fragmentada y constante.
Y eso puede dificultar espacios fundamentales para el desarrollo: esperar, aburrirse, explorar, concentrarse, reflexionar y tolerar la frustración. También preocupa el acceso a contenidos que no son adecuados para la edad. Un niño puede encontrarse con mensajes, comportamientos o informaciones que todavía no tiene herramientas para interpretar críticamente. Y ahí el papel de las familias vuelve a ser fundamental.
Los padres no tienen que convertirse en terapeutas
En Aspaneps reciben cada vez más familias que llegan después de haber leído o visto en internet todo tipo de recomendaciones.Qué hacer para estimular. Qué ejercicios realizar. Cómo trabajar el lenguaje. Cómo corregir una conducta. Cómo conseguir que el niño haga determinada cosa.
Y las profesionales lanzan un mensaje que puede parecer sencillo, pero que a veces es difícil de seguir: los padres tienen que poder ser padres. «Vosotros sois padres, nosotros somos profesionales. Vosotros dedicaos a jugar, a estar con vuestro hijo». No significa desentenderse. Significa que una familia no debería vivir permanentemente en modo terapia.
Un niño necesita también jugar, aburrirse, salir, conversar y tener tiempo sin objetivos. Y necesita algo que cada vez parece más difícil de conseguir: tiempo compartido sin una pantalla en medio.
Volver a hablar
La conversación aparece varias veces durante la entrevista. Hablar de las emociones. De lo que ha pasado en el colegio.De cómo se ha sentido uno. De cómo puede haberse sentido el otro. Del acoso.De lo que ven en internet. De aquello que preocupa.
Y, sobre todo, crear el hábito de hablar antes de que llegue la adolescencia. Hay un momento especialmente bueno para ello: la noche. Cuando el día ya ha terminado y la cabeza empieza a procesar todo lo ocurrido. «Tenemos que charlar un rato antes de dormir».
Quizá no sea necesario preguntar «¿qué tal en el cole?» justo cuando salen de clase, cansados y saturados. Quizá la conversación llegue después, cuando ya han bajado las revoluciones. Y si ese espacio se construye desde pequeños, puede seguir existiendo cuando llegue la adolescencia. Porque entonces, aunque la conversación pueda ser más complicada, el vínculo ya está construido.

La autonomía también se aprende
En Aspaneps saben que acompañar no significa hacer las cosas por los usuarios. Por eso cuentan también con grupos de autonomía para adolescentes y para los usuarios del centro ocupacional. Aprender a coger un autobús. Ir a una tienda. Comprar algo. Preparar una receta. Sacar unas entradas para el cine. Pedir un documento. O incluso ir a un partido de fútbol.
Son actividades cotidianas para cualquier adolescente, pero que pueden convertirse en grandes aprendizajes para quienes necesitan más apoyo. Y hay otro elemento importante: el grupo. No se trata solo de aprender habilidades. También de crear vínculos.
De encontrar un lugar en el que sentirse seguro. De tener amigos. De poder hablar de lo que les preocupa. De pertenecer. «Uno de los objetivos es que haya una relación, un vínculo social». Ese componente comunitario está presente desde los orígenes de Aspanes.
45 + 1: seguimos aquí
Aspaneps quería celebrar sus 45 años en 2025. Pero aquel fue un año complicado. La financiación de algunos programas estaba en el aire y la asociación necesitaba saber si podría mantener los recursos con los que trabajaba. Así que decidieron esperar. Y este año han convertido el aniversario en un 45 + 1. El nombre tiene algo de simbólico. No se trata simplemente de celebrar una cifra. Es celebrar que, «un año después, seguimos aquí. Otro año más podemos mantenernos, podemos continuar».
Porque buena parte de los programas dependen de subvenciones y convenios que deben renovarse periódicamente. Y eso genera una incertidumbre que acompaña cada año a las entidades sociales. Pero este 45 + 1 también está sirviendo para mirar atrás.
Durante el año han organizado talleres, actividades artísticas, exposiciones y propuestas para usuarios y familias. Han contado con colaboraciones como las de Fer Patiño y Eduardo Mida, han llevado trabajos hasta Odeón y han realizado actividades abiertas a la ciudadanía.
Y el pasado 10 de julio, coincidiendo con el aniversario de la creación de Aspaneps, las grúas de Navantia se iluminaron de verde, un gesto que emocionó especialmente al equipo.

Mirar al futuro sin olvidar por qué nacieron
Las actividades conmemorativas incluyen también una mirada al pasado, presente y futuro de la asociación. Un recorrido por la historia de Aspaneps y por el contexto social en el que nació, pero también por las personas que han contribuido a construirla durante estas décadas.
Porque detrás de Aspaneps hay profesionales, pero antes que ellos hubo familias que decidieron organizarse porque sus hijos necesitaban algo que no encontraban en otro lugar. Y esa historia continúa.
Hoy existen muchos más recursos que en 1980. Hay unidades de salud mental, atención temprana, profesionales especializados, programas de apoyo y una mayor conciencia social. Pero la demanda también ha crecido. Y hay necesidades que siguen sin estar suficientemente cubiertas. Por eso el futuro pasa, según explican, por mantener los programas existentes, ampliar los recursos y crear nuevas respuestas cuando aparezcan nuevas necesidades.
Y también por seguir trabajando en los centros educativos y en la prevención, especialmente entre niños y adolescentes.
45+1 años después
Hoy Aspaneps trabaja con una realidad mucho más compleja que en los años 80, con diagnósticos que entonces apenas se conocían, con nuevas formas de intervención y con familias que llegan buscando respuestas en una sociedad atravesada por las pantallas, la inmediatez y el estrés.
Pero hay algo que no ha cambiado. «Seguimos siendo necesarios», dicen. Quizá incluso más que antes.
Porque acompañar a un niño no consiste únicamente en ponerle una etiqueta, darle una terapia o enseñarle una habilidad. Consiste también en escucharle, entender su contexto, acompañar a su familia, darle herramientas para desenvolverse y ayudarle a encontrar su lugar entre los demás. Y esto, 45+1 año después continúa siendo el corazón de Aspaneps.
