
RAÚL SALGADO | Pontedeume | Lunes 19 septiembre 2016 | 19:18
Más de una hora ha permanecido este lunes Mariano Rajoy en Pontedeume, a donde llegaba antes de la fijada (17:00). Restaban unos minutos para las cinco de la tarde y el presidente del Gobierno en funciones se bajaba del vehículo al pie de la parada de taxis de la villa eumesa.
Iniciaba allí un periplo por buena parte del casco histórico, que le llevaría a posar ante el Torreón de los Andrade o caminar por el paseo marítimo. El despliegue de seguridad era evidente un rato antes de su desembarco, con personal dispuesto para identificar a los periodistas con una pegatina. Esperaba en un bar cercano el exalcalde Gabriel Torrente.
La representación popular no fue muy abundante. En plena recta final de campaña, fueron Diego Calvo, Miguel Tellado y Juan Juncal las principales caras en la comitiva del inquilino de La Moncloa. Una veintena de personas esperaban en la plazoleta, pero la locura se desataría conforme se aproximaba a la casa consistorial.

La palpable presencia policial recurría a la discreción ante una amplia representación de medios de comunicación. Gritos de «presidente» y aplausos, aunque los agentes y guardaespaldas no sudaron más de lo esperado. Concesiones a la gente, quién sabe para cuántas fotografías habrá posado el mandatario.
Diego Calvo dirige la orquesta, con el personal de Madrid en la sombra. «¡Si es Rajoy!», exclama una vecina. Será la tónica dominante: la juventud se lleva la mano a la boca como muestra de sorpresa y una mujer llega a acercarle el teléfono para que intercambie impresiones con la persona que está al otro lado. Increíble, pero cierto. Él accede.
Una cesta con dulces es uno de los primeros obsequios que se le brindan a Rajoy, que causa revuelo allá por donde pasa. «¡Jesús!», dice otra eumesa. Completa el grupo el alcalde de Cabanas o la concejala fenesa Rocío Bértoa, pero el grueso lo componen civiles, por así definirlos. Todo milimetrado y con buen trato.

Mariano Rajoy se concede una pequeñísima improvisación y se detiene ante el Concello para, cómo no, volver a posar. Los fotógrafos pugnan entre sí por la mejor imagen y, como suele ocurrir, algunos de entre los foráneos quieren ir por libre. Parada en una zapatería próxima al Ayuntamiento, aparece el exregidor Celestino Sardiña.
Será el único negocio en el que entre. Lo hará entre aplausos, como a la salida. Todos en fila para recibir al presidente en funciones. Tras divisar la ría desde la zona baja del torreón, baja las escaleras y al acariciar el muelle una mujer le pregunta: «Don Mariano, ¿para cuándo las elecciones?». Y él responde: «Cuando digan los otros».
Elogios en abundancia y ningún folleto, un paseo para dejarse ver. Concesión al descanso en el café Guillermo, ante el puente de entrada a la localidad. Allí estuvo varios minutos y fue el único en tomar café; el resto, aguas. Más y más fotos, bebés inclusive. Y muchos curiosos que se limitan a mirar, ni siquiera sacan la cámara.

Da la mano a todo el que se cruza en su camino y es entonces cuando los flashes despuntan. Como un profeta, mayores y no tanto parecen venerar a un santo de lejos. Un compañero le inquiere sobre la villa y él dice que ve al pueblo «fantástico; hacía tiempo que no venía». Unos lo contemplan de pie, otros desde las ventanas contiguas al bar.
A punto de marcharse, se obra el milagro: Rajoy charla unos segundos con la prensa. ¿Van a ganar el domingo? «Vamos a intentarlo, veo buen ambiente; creo que las cosas se han hecho bien, hay un proyecto y un candidato de primera», replica. Añade que están «animados» y que «a base de gestionar y dedicarle muchas horas las cosas se han hecho bien».
Para Rajoy, «Galicia está mucho mejor; Feijoo y el Partido Popular van a recibir la confianza de muchos de nuestros paisanos». Al día siguiente, lo estatal: «España viene luego; hemos ganado las últimas tres elecciones, hay quien parece que no lo ha entendido». «Vamos a defender lo que ha votado una gran mayoría, eso es la democracia», concluye. Fin de la cita, fin de la visita.