ÁLVARO ALONSO | @alvaroalonsof | Ferrol | Miércoles 8 junio 2016 | 12:29
El Teatro Campoamor es, probablemente, el único lugar en el mundo en el que los que ya son reyes y reinas son nombrados príncipes y princesas. Personajes que han sido coronados en las ciencias, la comunicación, las artes o el deporte reciben en Oviedo ese diploma tan simple, pero con tanto significado. Ese papel, engalanado con un lazo azul y otro rojigualda, tras el que se esconden protagonistas que han ejercido de punto de inflexión en su especialidad.
El atleta Sebastian Coe abrió la veda, en 1987, del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Después de él vinieron veintiocho más, auténticas leyendas, todas con reconocimientos justificados, pero entre las que se echan en falta otras tantas. Es el inconveniente de poder otorgar solo uno al año.
Entre los integrantes de la lista, no eran pocos los que echaban de menos al rey del triatlón. El pentacampeón del mundo, tetracampeón de Europa y subcampeón olímpico. El de la brazada imponente, la pedalada inteligente y la zancada inalcanzable. Pero, desde este miércoles, Don —el don debería ir siempre unido a su nombre— Francisco Javier Gómez Noya ya es, al fin, un príncipe más. El número treinta.
Asturias encumbrará en octubre a una joya que, curiosamente, empezó a pulirse en Asturias. Castropol, al borde de Galicia y del río Eo, vio nacer al triatleta en 1998. Con un humilde bañador naranja, 15 años, colorado por el esfuerzo y sin experiencia previa, el ferrolano acabó decimosexto, segundo juvenil, la primera vez que encadenó la natación, el ciclismo y la carrera a pie.
Así lo relatan Paulo Alonso y Antón Bruquetas en A Pulso (Córner, 2015). La proeza de Gómez Noya en Asturias, hasta donde viajó en un Renault 19 con su padre, no dejó indiferente a nadie: «Hasta en aquel precario debut afloraba ese gen competitivo que le acompañaría siempre. El papel del crío, sin que fuese consciente de ello, ya despertó comentarios en el mundillo del triatlón», cuentan.
Quince años después, en un sótano del Consejo Superior de Deportes, en Madrid, tuve la oportunidad de entrevistarlo por primera vez. En ese lugar, un entorno que tenía poco de mediático, recibió la medalla de oro de la Real Orden del Mérito Deportivo, justo después de participar en un clínic benéfico. Después de pasarse casi una hora entre autógrafos y fotografías, me atendió.
Para no hacerme esperar, se sentó a mi lado con una crepe en la mano. Me confesó, con esa sonrisa de niño que nunca ha aparcado, que tenía mucha hambre. Aún así, comenzó la conversación y, cuando me tocó intervenir por tercera vez, le hice la pregunta que acaba de caducar: «Solo le queda el Príncipe de Asturias, ¿se lo toma como un reto?».
«No, porque es algo que yo no puedo controlar. En un campeonato del mundo si cruzo la meta el primero, gano. En este tipo de premios hay un jurado que valora una trayectoria, diferentes aspectos de la vida de una persona y decide quién lo recibe. No me quita el sueño. Si algún año me lo dan, estupendo, pero si no, estaré igual de contento», respondió. Justo después, acabó la crepe.
Estoy seguro. El chaval que creció en A Cabana y se formó entre Caranza y Doniños agarrará el diploma en el Teatro Campoamor de la misma manera que agarraba el crepe en Madrid. Porque el galardón le hará solo un poco más feliz. Su felicidad no nace de los reconocimientos, sino del deporte. De hacer lo que siempre le gustó y lo que durante muchos años no le dejaron hacer con libertad. El triatlón, ese deporte que, de su mano, también ha llevado a Ferrol a la cumbre.