Cosas que echaré de menos cuando esto acabe

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La calle Magdalena, vacía durante el estado de alarma (foto: Concello de Ferrol)

CAROLINA PERNAS | Ferrol | Viernes 1 mayo 2020 | 18:30

Hay cosas que yo voy a echar de menos cuando nos suelten. Como una cabra, ya, pero es la verdad.

Voy a echar de menos el silencio, porque volverán los coches acelerando como si les fuera la vida en llegar un segundo antes al siguiente cruce o parejas adolescentes ventilando los trapos sucios delante de toda la manzana en lugar de hacerlo en sus casas, a ser posible en un tono de personas normales.

Voy a echar de menos el respeto que se han ganado, a base de mascarilla y resistencia, aquellos a los que antes algunos trataban como si fueran sus esclavos, porque la gente tiene muy mala memoria y se les olvidará lo que han hecho por nosotros.

Voy a echar de menos a los vecinos que veo en las ventanas todos los días a la misma hora porque es lo que pueden hacer para dar las gracias a todo el personal que está involucrado, de una forma u otra, en tareas del ámbito sanitario, de cuidado o social y no les quieren fallar.

Voy a echar de menos los gestos de solidaridad pura, de imaginación, cooperación y tiempo puesto al servicio de todos solo porque sí, porque era lo que hacía falta.

Voy a echar de menos la capacidad para rehacerse y reinventarse de pequeños negocios y sus clientes, que están deseando volver para verse las caras en lugar de saludarse tras el cristal o por internet.

Voy a echar de menos ese momento de alegría suprema de ver a los niños riendo y jugando, acompañados por unos padres responsables que solo quieren recompensar lo bien que se han portado durante semanas de encierro.

Voy a echar de menos que la gente, no toda pero sí la mayoría, escuche para variar a los que saben algo más que ellos sobre un tema en concreto y sigan sus indicaciones. Voy a echar de menos el consenso en lo básico, del que ha habido pocos pero extraordinarios ejemplos, como el que nuestros abuelos y abuelas no se sacrifican por dinero, no importa para quien sea.

Y las llamadas en grupo porque ahora tenemos tiempo y los memes graciosos de amigos que quieren animarte y los vídeos de bailes absurdos porque hay que mantener las conexiones perdidas.

Luego hay cosas que no voy a echar de menos, pero que no tienen nada que ver con el virus, ni siquiera con no poder echarme al monte si me nace o quedar con amigos para un café o darme un abrazo con mis padres.

Todo llegará, eso lo tengo claro, pero lo que dure dependerá únicamente y exclusivamente de cómo aprovechemos nuestra oportunidad para que esto no se repita. Aquí, «xentiña», es donde tengo todos los dedos, manos y pies, cruzados.

No echaré de menos a los estraperlistas del miedo, ni a los oportunistas de la ignorancia, ni a los multimillonarios en soluciones «a posteriori», ni a los timadores que ni siquiera ahora se han dado un descanso para robarle a la gente su dinero y su tranquilidad.

No echaré de menos a los falsos patriotas, a los balconazis, ni a los «cuñados» expertos en epidemias y que no tienen ni la EGB.

No echaré de menos a los que no quisieron colaborar porque piensan sacar rendimiento político de la tragedia mundial del siglo y a aquellos que aparecían al minuto para sacarle la puntilla o iniciar una protesta sobre cada pequeño detalle sin siquiera entender su significado.

Y, sobre todo, no echaré de menos a los «listos», los que abren los bares por la puerta de atrás o viajan con la familia sin importarles la posibilidad de infectar a todo un pueblo solo para ir trabajando en el moreno que nadie va a ver. Los que no quieren esperar la cola o ponerse los guantes y se van a pasar dos años sin comprar papel higiénico.

Los que creen que siguen teniendo derecho a no cambiar nada, aunque ya nada es como era. Básicamente, a aquellos que creen que hacer lo correcto cuando es necesario por el bien de la mayoría es de tontos. Pues llámame tonta.