Lara de la Iglesia Varela | Viernes 22 de agosto de 2025 | 8:18
Crecí rodeada de niños que hablaban de que querían dejar Ferrol, marcharse a otros países. Con los años, los niños se hicieron adolescentes que, en muchos casos, cambiaron en sus deseos el extranjero por Madrid. Quizás es por eso que me resulta gratificante conocer a alguien que ha vivido todo eso: ha nacido en un lugar, pero ha vivido en diferentes países, pasando también por Madrid, y ha decidido que Ferrol es el lugar donde quiere quedarse.
Anastasia llega sonriente desde el mercado con su perra Pepa, ambas vienen de pasar por una joyería de la zona, a la que ya se han habituado. Lleva un collar con varias reproducciones de conchas, aunque lo que más destaca ella misma de él es el pequeño percebe que cuelga de uno de los lados. «Me parece muy gallego», dice refiriéndose al collar, mientas analiza los tipos de conchas de la joya que, explica, adquirió en una feria de antigüedades.
Su historia comenzó a kilómetros de aquí, a muchos kilómetros. Anastasia Bondarchuk nació en Rusia hace 32 años, pero dejó su país natal con apenas 20 para aventurarse a una vida internacional. Alemania, Grecia y Chequia fueron países en los que vivió antes de llegar a Madrid, donde vivía su abuela. Allí decidió asentarse durante dos años antes de poner rumbo a Inglaterra.
En Gran Bretaña abrió una pequeña tienda de joyería, pero no era el sitio en el que debía quedarse, o al menos así lo sintió ella. En 2024, esta ciudadana del mundo decidió comprar una furgoneta camperizada, deshacerse de muchos de sus bienes materiales para viajar con lo justo y emprender un viaje por Europa, lo cual le permitió trabajar en línea.
Un viaje por Francia, San Sebastián, una visita a la abuela en Madrid y directa a los Picos de Europa. Una vez allí, y ya encantada con el norte de España, se dispuso a visitar un pueblo que contaba, según la leyenda, con un bosque mágico. Allí se le vino algo a la cabeza: A Coruña. Sin conocer allí a nadie y sin haber pisado nunca Galicia, Anastasia se subió a su furgoneta y llegó a la ciudad herculina. En un primer momento, admite, no le gustó. «Quería ir a la playa más salvaje, no quería estar en la ciudad», explica, aunque matiza «ahora me encanta».
El siguiente paso fue mirar el mapa. ¿La playa mas grande y más cercana? San Jorge. «Pues vamos a San Jorge». Pero con el camino casi terminado llegó el cambio de planes. Al acercarse al desvío hacia Doniños y ver las señales de escuelas de surf decidió girar el volante. «Y ahí me enamoré de la playa, de todo. Y después de Ferrol» cuenta, ahora sentada en la terraza de un local del puerto, uno de los tantos que ya controla. Tras esto, se quedó un mes en la ciudad antes de tener que volver a Inglaterra.
Su viaje prosiguió por Portugal y el sur de España, pero la semillita que Ferrol dejó en ella la hizo volver. Aunque le encanta viajar, admite que llega a ser muy duro, sobre todo al hacerlo sola. «Algunos días no tienes esta fuerza y quieres estar en tu casa, en un lugar donde te sientas protegida y cómoda. Y para mí es Ferrol, porque yo nunca me sentí así en una ciudad».
Así, Anastasia hizo de Ferrol su casa. Compró un piso viejo que rehabilita poco a poco sin dejar que pierda su esencia original, algo que admite que le encanta. Se trajo a su abuela, creó amistades y se siente ya una local más que disfruta del comercio local, te recomienda sitios donde comer y hace voluntariado en una protectora. De allí salió su pequeña perrita, Pepa, con la que recorre los paisajes de la comarca, algo que ambas disfrutan: «hay muchas cosas aquí que de verdad me gustan».
Entre risas y pidiendo una tapa de tortilla, admite que si Ferrol fuera una persona se habría enamorado de ella. «Tiene mucho carácter, muchas cosas que me gustan». Algo que destaca es la arquitectura modernista de las calles del centro, pero también otras edificaciones. «Me gusta que todo está un poco, ¿sabes? ¿Cómo se dice? Viejo, viejo. No me gustan las cosas nuevas. Me gusta que tiene su historia».
Con algo de sorpresa en su voz, asegura que la gente de aquí es «muy amable». Comienza a enumerar interacciones: tiendas, cafeterías, mercados… incluso las oficinas del Concello.
A Anastasia se la ve feliz. «Yo siempre digo que Galicia provides», rellenando en inglés los huecos de palabras castellanas que aún le resultan difíciles, «han pasado muchas cosas que son casi mágicas, ¿sabes?». Y así, de una punta de Europa a la otra, con paradas técnicas por el camino, Anastasia encontró su hogar en un sitio en el que los que pudieron escapar «juaraon no volver jamás».