RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 20 mayo 2014 | 22:47
Da igual que este recorrido se presente como nostálgico, habrá quien lo vea retorcido. Y viceversa. Es muy sencillo. De esquina a esquina, abre el mapa de A Magdalena y pisa adoquín. Un simple vistazo a toldos, rótulos y ventanales devuelve a modo de impacto el rostro del cierre, de la reconversión. Pero también del cambio social.
Porque ver que donde había un sex shop anida un centro de estudios, que los 24 horas nacen como setas y que las tiendas de venta de audífonos pululan por doquier significa muchas cosas. Hay bares en la calle del Sol que insinuaron cambios de nombre, pero resisten. Otros mantuvieron nomenclatura y sucumbieron; sin ir más lejos, aquel Alborada al que gustaba ir cuando la noche comenzaba.
Alcohol de consumo veloz que ahora busca vaso en otras barras, mientras solo cadenas y maderas muestran en sus venas el Far West que fue en su momento. Qué fue del Tarot; de aquel quiosco a su lado, en un portal que parecía conducir al metro madrileño. Donde se vendían vinos de nivel, una ludoteca; un comercio de venta de pelucas pasa a librería; a quién se le ocurre abrir una tienda de ropa en la calle del Sol.
No llegan las hojas de un modesto cuaderno para anotar las que acumulan polvo, al tiempo que otras de menor fuste y propuesta low cost emergen de las cenizas de la bestia. Lucha de gigantes que devoró al Tartaruga, a la mercería Criscel que bordeaba Sol con Coruña y al rótulo de El Desván, que por algo se llama ahora Dreams. Sueños con fantasmas de sábanas blancas.
Qué decir de Deportes Roma, cualquier chándal para un colegio como el mío, público de convenio, que huía de uniformes privados. No sé qué se piensa al ver sus grandes escaleras como simple camino al infierno de la verja descendente. El sempiterno cartel de se alquila/vende/traspasa/agárrame si puedes.
Los Goya, escuchando sin esfuerzo la otra sala; Guinda, ese remedo de cíber prehistórico que hoy, ya ves, alberga a Arraigo, una asociación que ayuda a los sin techo que algunos no ven en Ferrol. El triángulo mágico, se lo han llevado: Caché, Balance y La Rue, con su fuente central, sin monedas romanas.
Ninguno de los Rena: ni el cine que no conocí y en el que los de la generación de mis padres se metían mano con El último tango en París ni el pub en el que se blandían bates. Sigo sonriendo y aparece otro 24 horas, la plaga. Máquinas sin alma abren los poros de un edificio tiznado y surten de sueños dulces a los del Tirso.
Muere la calle del Sol y recuerdo aquella óptica de Marina en la que me compraron mis primeras gafas; su supermercado en la misma manzana, pero ya en la inferior calle María. Frente a un Mobygraf y un Goroka ya cerrados; por tanto, se les puede hacer publicidad. La Posada y su suelo pegajoso mutó a un Zoo, el Maltés se traspasa y el Pinsapo resuena.
Puede que hayas olvidado que frente al Marqués hubo una galería de arte, que Spot ya se ha ido tras muchos años -a una peatonal- y que antes de Eva no vinieron ni Adán ni la manzana, sino el Moderno y su eco parisino. Tendencias de una ciudad que no la conoce ni su vecino de toda la vida. Mudarse de la carretera de Castilla a la calle Real ahora parece merecer la pena.
Ya ves, tanto decir que el patio se lo repartían cuatro y resulta que quizá algún día los alquileres tengan precios razonables. Experimentos de Dadá Circus, moda Funcional o con color de Limón. En algunos bajos ya hasta sobra el letrero con número de teléfono. Para qué. Desidia. Barminton se vació ante el Supercor que fue Simago, volaron un estudio de fotografía y otra de aquellas de la oleada surfera que nos barrió.
Bertha buscó ubicaciones en todos los sitios imaginables, pero ahora la mugre se adueña de una de ellas. La otra, en Dolores, parece tener otro fuste, porque también nacieron allí Sargadelos o San Luis en Ferrol. El Irlanda, con su sonido de cristal y frutos secos al fondo, escondidos. Los colores atrevidos de Arminda Serrano, neveras vacías y hormas de Purriños que no hallarán dueño nunca más.
Unos se jubilan, otros se van. Algunos sucumben. Entre todos, la casa sin barrer; la ciudad sin regenerar. Cuesta inaudita. La parte del Quico´s que todos retenemos, el Tribu que fue Quiksilver y las metopas de Romalde. No llames al timbre, nadie abre ya la puerta. No hay fruta en Mahía, tampoco carne en Antonio.
Tan siquiera un edificio completo tras el Concello, lo que se bautizó brevemente como Tertulia, una cafetería. Una inmobiliaria clausurada, síntoma de la temperatura corporal colectiva. Donde Emafesa encontró su primer nido de desamor con los ferrolanos, una mueblería de prestigio se empeña ahora por liquidar su continente y su contenido.
Sostenes de edificios desarmados conducen al supermercado más cercano a la plaza de España, frente al cual una tienda de informática ya no teclea y otra de congelados aparece tapada por la prolongación de una terraza hostelera. Paradojas, unos se comen a otros en plena crisis. Ya no están La Aspirina. Ni Tarsia. Ni la perfumería cercana al Rompeolas, que tampoco. A sus pies, un local tapiado, no vaya a entrar alguien a dormir.
En Galiano hay quien advierte contra el que pretenda tal osadía. Algunos viven en la luna. Tampoco tiene el mismo olor Galiano sin Galerías, una Caixa Galicia que ni se llama así y comercios de ropa infantil que permiten la vida propia de sus antiguos rótulos. Más comida congelada clausurada, no será hasta la siguiente parada. Acabaremos encontrando una abierta.
No hay bolsos en Herrero, ni hotel frente a Casás -cuántos ropajes extravagantes en la infancia-. La Suiza tuvo delegación: muertas las dos, muertos los pasteles. Ni los móviles tienen domicilio en la peatonal señorial rumbo a Armas, pese a que en otros emplazamientos las colas doblan a cualquiera. El Compro Oro acabó cerrando el chiringuito, supónganle miedo.

Los cafés del Rialto tienen aroma de caja de ahorros vasca, Mapfre ha vuelto a la manzana en la que un día tuvo banco propio y las hamburguesas de Pepe son ahora tazas en El Ferrolano.
Tapia a punto de morir -suerte- en la sección infantil de aquel Prince, el Leder que triunfó y se esfumó y las ofertas de Marsans que nadie se atrevió a ocultar. Una quiebra por aquí, aquel comercio de Lacoste por allá.
Publicidad arrancada sobre el rojizo de A Vaca, la gran sucursal de la Caja Madrid a la que no le interesa el norte. El Cervantes que fue punto de reunión, el salón de corte de cabello que un día despachó bocadillos y el Avenida que cerró con llave vivencias de pantalla grande y olores antiguos.
Si el Mel tuvo más vidas que un gato, no entiendo por qué La Papelera no siguió regalando forros con los libros de texto bajo el sol veraniego a su lado -siguen enfrente, claro-. Por fin encuentro una tienda de congelados abierta, hay quien prueba ubicaciones hasta aburrirse.
Otra pastelería colorida acumula pobreza, despachan pantalones de bebé donde compré discos en Montana, tu Súper 8 fue mi Pardiez. Si somos presumidos es por tanta peluquería.
Para eso reservamos unos euros. Las hay de diseño futurista, como esa de Amboage donde Adonay, quiero pensar, echaba las cartas. Junto a otra, no menos moderna y en esa misma plaza, se exhibían fotografías de cámaras locales hace ¿¡tres décadas¡? A ver, que el Bla Bla fue de todo antes que bar, antes de tienda de moda nupcial se llamaba Lanas Maruja la que reposa junto a los helados gigantes de Ramos.
El adiós de Couto es en 2014 unos simples papeles tapando sus grandes cristaleras, prohibiendo que ningún anuncio manche el recuerdo. Extractos de un Springfield quemado, el Blue en el que todos querían pagar y el Loti que vendía daños a la dentadura. Fue Natalia Noguerol referente, el Galatea refugio y la sala del medio germen del vicio. Seguiré quedando en Bershka, todo nace y muere en esa plaza.
En los dos pisos de Zara Hombre, en los bajos de Armas que ya no venden nada y en el edificio de Caballo que ya no lo conoce ni mi madre. Fue banco la zapatería del monosílabo; antes Bit, ahora Top. Cielos. De la calle del Olvido/Manuel de Cal a Real, ganó enteros Yves Rocher -y chicas que reparten folletos si osas acercarte-. Cierra Rufo, abren las que casi regalan sus exiguas costuras.
Prénatal, Don Algodón, el Capitol que enseña su Pórtico. No todas eran ferrolanas, no todas sus crisis eran locales, sino que a veces venían de otras latitudes. Pero duelen, son una más en el rosario. Otra más. La gota definitiva del vaso de la paciencia. Akewuele el Tívoli, quién rodó una del desierto en la primera manzana de la calle Magdalena; faltan locales de cortinas, hilos y agujas que la animaron no hace tanto.
El perro de porcelana de Muebles El Hogar, la panadería de Marina entre Callao y Magdalena, la oficina de Vivenda -para demostrar que no pidas ayuda pública, son los padres-. La Pilarica, edificios enteros completamente desaprovechados para la Pipol. El de Hacienda, de hecho, al calor de un Villaamil que ya no reparte lienzos.
Del primer cíber al Expresso, de bocatería efímera a agencia de seguros y de Rafael y Vicente a Los Telares. Así, sin pausa. Si Carmen Polo levantara cabeza… Del Paraíso a Lanas Pedregal, de alfombras vetustas a Hollywood -se llama una cafetería-. Tintorerías bajo plantas, agazapadas como Soles. Sin un Gon Ber que les retrate, pero con un Travelers que era Bayamesa y Negresco.
Y eso que el verdadero Negresco, cuenta la familia, era otra cosa y en sitio distinto. Bajas a la calle de la Iglesia y, milagro, una valla te invita a bajar al arcén. Misión imposible lo de las aceras. Del primer pub de Ferrol, vestigios de su frontal, Vanellus. Sin un bar frente a San Julián, con cortas experiencias para recuperar lugares olvidados a modo de sedes electorales. Junto al Jofre, ni una de aquellas zapaterías.
Tampoco la tienda de mascotas ante Correos. Las partidas del Rubalcava, las palomitas -soy raro- del Ideal Petit. ¿Faltan más? ¿Cerraron todavía más? Y qué más da, si son cosas de Ferrol.