M. CORRAL | Ferrol | Lunes 27 diciembre 2021 | 13:45
Después de más de un lustro enfrentándose con entereza al tumor que le cambió la vida, este domingo fallecía Ángel Hernández-Sonseca del Cerro, exjugador del Racing de Ferrol y expolicía Local en la ciudad naval. Se fue arropado por su mujer Lisa y sus dos hijas, Adriana y Nerea, sus grandes apoyos junto a sus nietas y sus amigos en estos años de enfermedad.
Nacido en Yepes el 24 de septiembre de 1956, el apodo de Toledo de acompañó a lo largo de toda su vida futbolística. Empezó su carrera en las categorías de base del Club Deportivo Getxo en la temporada 70-71, jugando de interior o de extremo izquierdo. Finalizada su etapa juvenil, logró subir al primer equipo en la temporada 75-76, militando en Tercera División.
En la 77-78 puso rumbo a Galicia y recaló en el Club Deportivo Lugo, que también competía en Tercera, pero pronto llamó la atención del Celta de Vigo, donde se incorporó en la temporada 78-79 jugando en Primera División con 22 años. Continuaría en el Pontevedra de Segunda División cedido ese mismo año.
Fue la temporada siguiente, 1979-1980 cuando se integró en las filas de un Racing de Ferrol que acaba de descender a Segunda B y pretendía el ascenso de la mano de Biosca, que después sería relevado en el banquillo por Gerardo Molina. Compartió vestuario con Pereira, Lucho, Silvano, Juanín y los hermanos José y Manolo Collazo, entre otros.
Tras dos temporadas en las filas racinguistas, Toledo decidió dejar el fútbol profesional aunque continuó jugando en equipos aficionados hasta que su salud se lo permitió. Gran amigo de sus amigos, compañero entregado de su mujer, padre apasionado y abuelo orgulloso, los suyos podrán despedirse de él este lunes 27 de diciembre a las 18:00 horas en Catabois con funeral a las 19:00 horas en San Julián.
Lo más justo que se puede decir para describir a Ángel es que era un hombre bueno, de sonrisa amplia y luz en los ojos, siempre dispuesto a disfrutar. Una persona que se desvivía por los suyos hasta que tuvo que resignarse a que fuesen los otros los que se desviviesen por él para cuidarlo, con un amor y una entrega excepcional.
Me decía ayer su hija Nerea —a la que le queda por delante un duelo que, estoy segura, va a llevarla a crecer todavía más como persona, pensando en cómo hacer que su padre siga sintiéndose orgulloso de ella—, que el consuelo ahora está en todos esos momentos que han disfrutado junto a él: los viajes, la boda de Adriana, el nacimiento de sus nietas, la licenciatura de ella.
Porque la felicidad en la vida de los buenos como Ángel reside siempre en ver felices a los que quiere. Buen viaje, Toledo.
