MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Miércoles 20 julio 2016 | 9:56
No existe una rutina más felizmente impuesta que la de aquellos que viven junto a un perro. Incluso cuando llueve, a pesar de saber a ciencia cierta que a la vuelta la casa se pondrá perdida, sus jadeos y el movimiento agradecido de su rabo cuando coges la correa para salir por la puerta son suficientes para que te calces con mejor humor las katiuskas, el paraguas y la gabardina.
Allí estábamos nosotras un día más cruzando la calle a primera hora. Sin la pereza de la lluvia y con el presagio del calor que nos iba a abochornar el resto del día. Poe fichaba de lejos a sus colegas y se empezaba a emocionar. Yo la seguía, a trompicones, cuando la vi.
Una mujer tumbada al sol en el medio del césped. El mismo césped minado gracias a quienes se creen que los que desenfundamos la bolsa somos unos tarados. Pues allí estaba esa mujer. Tomando el sol. En bañador. Rompiendo la rutina del parque. Desentonando.
A medida que nos íbamos acercando, la miopía permitía distinguir que tendría unos 60 años y mis prejuicios me decían que se trataba seguramente de una colgada. ¿Quién estaría tirada ahí, rodeada de cagadas, tomando el sol tranquilamente en el entorno urbano, sin importarle nada, más que una mujer fuera de sus cabales?
Bromeé sobre ello con los demás dueños de perros que cumplían un día más con el ritual de paseo mañanero e incluso le saqué la foto que ilustra esta columna, para compartirla puntualmente en un grupo de WhatsApp y colgarle la medalla de «cuadro» del día. De nuevo capítulo de surrealismo ferrolano.
Seguí paseando con Poe sin dejar de mirarla de reojo. «¿Le digo que tenga cuidado para no mancharse?», pensaba. Pero no dije nada. Me quedé ahí, buscando la sombra bajo los árboles, contemplando la escena. Al poco, un par de perros se le acercaron. Seguro que la mujer ponía el grito en el cielo. Pero no lo hizo. Se incorporó para acariciarlos, sonriendo, feliz por aquello. Por estar ahí, tomando el sol, probablemente al lado de su casa, y recibir una visita perruna mientras los humanos mirábamos idiotizados la rareza.
De pronto, en vez de mirarla a ella, me miré a mí. Llevaba unas tres horas despierta, trabajando delante de un ordenador, entre cuatro paredes. Después del paseo volvería a estar delante de la pantalla para salir más tarde a la carrera hacia el mercado y regresar a casa corriendo también para hacer la comida, a toda prisa. Todo ello, además, con un ojo puesto en el móvil continuamente. Con suerte, podría descansar un rato en el sofá viendo Saber y Ganar. Y ya, con muchísima potra, no tendría nada pendiente para la tarde y entonces sí podría salir a que me dé el aire.
Pero yo, una tipa de treinta y un años que convive con el estrés a diario, ahí estaba, mofándome de una mujer que había decido tomar el sol esa mañana en el parque. Me sentí patética. Me estaba convirtiendo en esa clase de persona que nunca me había gustado. Del tipo de las que no pueden evitar mirarte de arriba a abajo cuando se paran contigo por la calle. Esas que lo critican todo, como en la fábula del hombre, el niño y el burro.
De repente me había convertido en la víbora del entresuelo que sorprendió en trance a su consorte, formó un revuelo y telefoneó al 092 por ver a Eva tomando el sol, que contaría Sabina. Cuando el tema es que yo, en esta otra fábula, siempre había querido ser Eva.
Sentí entonces envidia de aquella mujer, con toda probabilidad la más cuerda del parque. A veces confundimos la felicidad con la locura. A veces son la misma cosa. Mientras nosotros nos movíamos como replicantes por allí, ella se había montado el paraíso terrenal en el parque de Pablo Iglesias.
Y ahí estaba, feliz, secando los huesiños al sol a un paso del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Yo, volvía ya a casa, y la saludé con la mano. Ella me devolvió una sonrisa y se tumbó. No creo que llegue a saber que esa mañana de sol, viéndola, recordé de nuevo que para vivir basta con besos, cebolla y pan. Y lo demás, es la mierda que nos rodea.