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Ferrol y sus patatas

PABLO FERNÁNDEZ | De quen vés sendo? | Miércoles 15 abril 2015 | 13:15

Me gustaría compartir mis primeras experiencias en el norte de Galicia como residente y es que como nuevo inquilino de las tierras caracterizadas por los fuertes vientos y el tiempo cambiante debo decir que no es mejor ni peor, simplemente diferente, supongo que por las idiosincrasias locales que cada territorio posee.

Esta zona tiene un atractivo peculiar, y aunque en concreto el centro ferrrolano se ve en un estado de sensible decadencia, su hostelería parece no saber adaptarse a los nuevos contextos. Lejos quedaron esos momentos de opulencia y de marcadas clases sociales para ceder el turno al paso del tiempo y a la falta de mantenimiento de muchos de sus espacios, pero retomemos el hilo de mi reflexión sin irnos en demasía por las ramas.

Me centraré en los establecimientos y en las políticas utilizadas por aquellos que los regentan. Lo que más me sorprendió la primera vez que nos decidimos a probar su gastronomía es la costumbre tan extendida de llenar las raciones, cuales quiera, con cantidades ingentes de patatas cuando lo que uno pide no es eso, sino una simple tapa de calamares a la romana, de chipirones, de pulpo o carne, entre otras.

Las sirven de todas las formas y maneras posibles pero las fritas son las que más abundan, aunque también estofadas o cocidas, como en el caso del aquí erróneamente denominado “pulpo á feira”. Cuando me encontré con un plato del cefalópodo invadido por tubérculos que emergían entre ríos de aceite y pimentón me pregunté si me habrían entendido mal cuando me dirigí al camarero, pero mis dudas se desvanecieron en el momento que nos sirvieron calamares a la romana.

En este momento entendí que los eufemismos se pueden aplicar a la gastronomía ya que a lo que realmente nos estábamos enfrentando era a una gran cama de patata frita acompañada de diez anillas de calamar congelado. -¿Anillas de calamar “troquelado” a quinientos metros de la costa?- , esto fue lo primero que se me pasó por la cabeza y lo segundo lo fueron las matemáticas para calcular, como buen aficionado a la cocina, los márgenes de beneficio que obtienen por ración y que aumentan exponencialmente con la fórmula “patatesca” aplicada.

Desde mi humilde opinión como “novato” en la ciudad, tanto mi paladar, como mi inteligencia y mi bolsillo se sintieron insultados, quizás por la falta de costumbre ya que mis vecinos de comedor parecían disfrutar a lo que a mí me pareció una vil tomadura de pelo. Con todo, tras mi primer batacazo, no desisto y sigo buscando el local, ya sea restaurante o tasca, en el que llamen a las cosas por su nombre y en el que pueda disfrutar una ración como dios manda agarrándome al «Eu non creo nas meigas, máis habelas, hainas«. Hailas o debería de haberlas.

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