Luis Landeira Caro | Jueves 31 de octubre de 2024 | 10:00
Ferrol, 1992. Un amigo del colegio me da una noticia bomba: «¡George A. Romero es primo segundo de mi madre!». Por aquel entonces ambos éramos muy aficionados al cine de terror y, dentro del género, George A. Romero era leyenda: nada menos que el director de La noche de los muertos vivientes, piedra fundacional del subgénero zombi.
De pronto, la teoría de los seis grados de separación me explotó en toda la cara: resultaba alucinante, casi irreal, que semejante monstruo del cine fuera pariente no ya de un español o un ferrolano, sino del chaval del pupitre de al lado.
Más de 30 años después, aquel amigo —que atiende por Mario Feal Romero, es diseñador gráfico y reside en Betanzos— me cuenta que no llegó a conocer a su admirado pariente, pero sí a escribirse con él: «Cruzamos dos cartas, en 1995, y aún conservo la suya, mecanografiada, donde además de comentar el enlace común familiar me rellenó un test chorra que le pedí, en plan película favorita, actor, cómic…». Mario me enseña la carta de marras, autentificada por la firma del cineasta; en ella, entre otras cosas, George confiesa su devoción por el caldo gallego, y reconoce que «he intentado cocinarlo yo, pero no me sale».

De Neda al Bronx en dos generaciones
En realidad, George Andrew Romero no nació en Ferrol, sino en Nueva York. Fue su abuelo paterno, Antonio Romero, el que vino al mundo en Ferrolterra, concretamente en Mourela de Enmedio, una aldea de Neda.
Como muchos otros gallegos, Antonio emigró a Cuba, pero antes hizo un juramento: todos sus hijos nacerían en Galicia. Así que, cada vez que su mujer se quedaba embarazada, volvía a su tierra para que diera a luz allí. Los viajes no fueron pocos, pues tuvo ocho hijos; entre ellos, Jorge Marino Romero, que nació en Coruña y allí vivió hasta los dos años, tras los cuales sus padres volvieron con él a Cuba, donde echaron raíces e hicieron fortuna.
Aunque Jorge creció en la isla, en cuanto pudo emigró a Estados Unidos, instalándose en el neoyorquino —y, por aquel entonces, muy peligroso— barrio del Bronx. Fue allí donde, en 1940, nació George y donde, siendo todavía un niño, rodó sus primeras películas en super 8.
Tras acabar el instituto, se fue a Pittsburgh para estudiar Arte y Diseño y fundar una pequeña agencia que hacía anuncios para televisión, cosa que le permitió dominar los rudimentos audiovisuales. El paso siguiente fue montar una productora y buscar financiación para rodar La noche de los muertos vivientes.
Pura y Nena: musas y mecenas
Muchos mitólogos consideran a la santa compaña como la más antigua tradición escatológica del mundo occidental. Y, como bien dijo Fernando Sánchez Dragó, «los celtas fueron quienes con más fe aceptaron la leyenda de la santa compaña, con más garbo la salpimentaron y con más ahínco la transmitieron». No en vano, en Galicia todavía hay ancianos que, si les tiras un poco de la lengua, te dirán que han visto —o que conocen a alguien que ha visto— a la temida procesión de ánimas del purgatorio, encapuchadas y ataviadas con túnicas negras.
Pura y Nena Romero, las tías de George, eran de esas gallegas que creían en la compaña. Casadas con los hermanos Benito y Bernardo Bello Vizoso, hicieron negocios en Cuba, pero se escaparon a Miami en cuanto Fidel Castro llegó al poder.
La morriña hizo que ambos matrimonios regresaran a Galicia, donde se instalaron en una señorial mansión de Redes y visitaron a sus muchos parientes, entre ellos los que residían en la ferrolanísima Casa Romero, deslumbrante edificio modernista creado por Rodolfo Ucha por encargo de la familia.

Guillermo Escrigas Romero, economista ferrolano que dirigió el Centro Galego de Artes da Imaxe, reveló en un reportaje de la Televisión de Galicia que «Pura y Nena me contaron que le transmitieron la leyenda de la santa compaña a George, y a él le alucinó la historia de que los muertos vuelvan a vivir».
Asimismo, el propio George confirmó que «esa leyenda está en mi subconsciente». Por eso, aunque La noche de los muertos vivientes se inspira también en el folclore haitiano y en la novela Soy leyenda de Richard Matheson, George A. Romero decidió contar la historia a la gallega, filmando los primeros encuentros de los vivos con los zombis.
Como apunta Escrigas, «Pura y Nena no tuvieron hijos, así que sus sobrinos eran como sus hijos». Y cuando George hizo una especie de crowfunding familiar para financiar la película, ellas contribuyeron generosamente, aportando buena parte de los 114.000 dólares que costó.
Las ancianas soñaban con que su sobrino triunfara, pero, aunque la película de George —o «Jorgito», como le llamaban ellas— fue un éxito de crítica y público, no lo sacó de pobre: un craso error administrativo lo dejó sin derechos de autor.
Hoy es todo un clásico, que Romero completaría con dos extraordinarias secuelas: Zombi y El día de los muertos, ambientadas en un mundo devastado y repleto de resucitados que persiguen a los vivos para comérselos crudos.
Después, el subgénero zombi invadió las pantallas con cientos de series, tebeos, videojuegos y, sobre todo, películas; la última, recientemente estrenada, es la noruega Descansa en paz, de Thea Hvistendahl, que nos presenta a unos zombis fríos y silenciosos, que dan muy mal rollo pero no se comen a nadie.
Las entrañables críticas de las titas galaicas
Pura y Nena no podían estar más orgullosas de Jorgito. Incluso bajaron a Madrid y se sacaron una foto ante los cines Rex, donde La noche de los muertos vivientes llevaba ya cinco semanas en cartelera. Sin embargo, ellas no disfrutaban con el cine de su sobrino, y de esto nos hemos enterado gracias a unas cartas privadas que la Universidad de Pittsburgh ha hecho públicas.
Por ejemplo, Pura y Nena consideraban La noche de los muertos vivientes una cinta «bestial», a pesar de que «está muy bien hecha». En cuanto a Creepshow, fueron juntas a verla y se quejaron de «tener que cerrar los ojos a cada rato, sobre todo con lo de las cucarachas», en referencia a los insectos que atacan a uno de los personajes. Atracción diabólica les pareció «un título poco apropiado», y El día de los muertos la vieron solo «para ver si salía Jorgito».
En definitiva, que pese a ser muy aficionadas a las historias de fantasmas, las tías de Romero no comulgaban con el terror moderno, a su juicio demasiado pornográfico y violento.
Aun así, no dejaban de comprar periódicos, recortando todo lo que encontraban sobre su sobrino. Y cuando se enteraron de que Martin (película de George sobre un adolescente adicto a la sangre) fue clasificada X, les pareció «un fastidio».
No comentaron nada de otras cintas de su sobrino, quizá porque no llegaron a verlas. Casi mejor. Es poco probable que, de haber visto, por ejemplo, Los Crazies —fantasía biológica sobre un virus que convierte a los infectados en asesinos suicidas— hubieran dejado de pensar que «el género por el que Jorgito es conocido no es nada agradable».

La reencarnación de Jorgito
Tras ocho años sin hacer cine, en el 2000 George A. Romero se instaló en Toronto, Canadá, donde se casó y se puso a filmar películas con un equipo reducido. Allí rodó su último largometraje zombi, La tierra de los muertos vivientes. Solo volvió, muy brevemente, a Los Ángeles en 2009, para asistir a la gala de los Scream Awards, donde recibió un premio especial a toda su trayectoria de manos de Quentin Tarantino, uno de sus mayores fans.
Mario Feal Romero me cuenta que «Guillermo Escrigas empezó a organizar una retrospectiva definitiva de George en Coruña, y quería traerlo de invitado». La idea era que diera una conferencia y llevarlo después a Neda, para que conociera la casa de su abuelo, se reuniera con sus parientes vivos… y hasta se acarició la idea de ponerle su nombre a una plaza.
No pudo ser: en 2017, un cáncer de pulmón fulminó a George, a los 77 años, mientras escuchaba la banda sonora de El hombre tranquilo. Se quedó sin conocer Neda ni peregrinar a San Andrés de Teixido. Porque, como ya sabrán, todo gallego (y, por extensión, todo descendiente de gallego) debe peregrinar en vida al santuario cedeirés, so pena de tener que abandonar más tarde la tumba para cumplir con este precepto, bien como alma en pena o bien reencarnado en reptil.
Así que, si andan por esos lares y ven una lagartija, una culebra o cualquier otra alimaña, procuren no pisarla, no vaya a ser George A. Romero tratando de cumplir la implacable regla de San Andrés de Teixido: «Va de muerto el que no fue de vivo».
