Publicidad

Hagamos cantera educando para la vida

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio| Sábado 30 abril 2016 | 11:40

Sabemos que a través del deporte podemos mejorar nuestras sociedades al transmitir valores de manera directa o indirecta, consciente y premeditada, o bien de manera implícita. Nadie se aventurará a negar este poder ni su potencial para impulsar un cambio, aunque sí podremos debatir si se está empleando o efectuando de la mejor manera o si está jugando a favor de quien no debería de hacerlo, pero ese es otro debate.

Lo que nos viene llamando la atención en estas últimas semanas es la poca importancia que damos en nuestros entornos a las aportaciones que el deporte puede traernos, más allá del cambio físico o del deporte espectáculo.

Si buscamos algo de información sobre intervenciones basadas en el deporte en otras partes del mundo, muchas de ellas asoladas por grandes conflictos y desigualdades, nos damos cuenta que a través del ejercicio físico, y sobre todo de los deportes más reconocidos, se vienen desarrollando proyectos con los que se rescatan a grupos de población apartados, como pueden ser los niños soldados o los huérfanos de la guerra.

Grupos en emergencia sanitaria como los jóvenes en riesgo por VIH o sida en algunos países africanos; iniciativas para mejorar la forma de afrontar distintas enfermedades como el cáncer, las cardiopatías o la diabetes, para mejorar sus expectativas y animando a buscar las mayores cuotas de calidad de vida.

Sin embargo, cuando nos alejamos de estas situaciones marcadas por lo excepcional, por las características específicas, y volvemos al entorno del deporte educativo o de la iniciación deportiva, cuando miramos con un poco de atención hacia el mundo de las escuelas deportivas o incluso en las clases de educación física, seguimos escuchando la discusión entre tendencias del deporte que educa o el deporte que busca el rendimiento.

Seguimos sin entender por qué no se trabaja de manera meticulosa en obtener ambas cuestiones y hablamos de iniciación deportiva en equipos deportivos que busquen el mayor rendimiento en competición, no de equipos que compitan en niveles menos exigentes en los que resulte más sencillo decantarnos por la vertiente educativa alejada del resultado competitivo.

Solemos leer noticias en las que algunos entrenadores de equipos infantiles premian las actitudes y las conductas de respeto y de juego limpio de sus jugadores ante los rivales y ante los árbitros por encima del resultado deportivo realizando incluso estadísticas alternativas cuantificando el número de cada una de ellas; sin embargo, este tipo de intervenciones son bastante poco frecuentes cuando nos vamos acercando a las categorías más cercanas a los primeros equipos, a las categorías en las que se vislumbra la búsqueda del resultado y del rendimiento máximo.

La pregunta es por qué no educar a través de la competición. Sabemos que hay muchos valores que se pueden transmitir en estas situaciones que serían muy aprovechables para nuestro día a día como adultos y de los que solemos carecer, como por ejemplo, la capacidad de mantenernos firmes tras una derrota, asumir la responsabilidad frente a un resultado negativo, valorar en su justa medida una victoria, la lucha por lo que deseamos, la confrontación no violenta con los que buscan lo mismo que nosotros pero empleando otros caminos, etc.

Nos encontramos en nuestra vida cotidiana con muchas personas adultas que no son capaces de asumir una crítica, que alguien les lleve la contraria en una opinión. La discusión sosegada sobre temas de importancia, la asunción de responsabilidad tras un error comprobado, el afrontamiento al rechazo, etc; o ante cuestiones tan básicas que todos sabemos pero que a muchos cuesta realmente respetar cuando las circunstancias duelen como que no podemos gustarle a todas las personas, que hay quienes rinden mejor que nosotros en algunos temas y que eso no nos invalida para otros en los que podemos destacar o que no podemos cambiar a las personas, por poner algunos ejemplos.

A través de la práctica deportiva bien dirigida podemos interiorizar algunas de ellas haciéndonos adultos más sanos que sepan aceptar las victorias y las derrotas de la vida, los altos y bajos que inevitablemente caminaremos sin vivir en un desequilibrio emocional constante. Hay muchos divulgadores científicos que vienen insistiendo en la importancia de la educación emocional de nuestros hijos llegando incluso a señalar que tendrían que incluirse este tipo de contenidos en los curriculum educativos; pues através del deporte y de la educación física bien dirigida podríamos contibuir en tan importante objetivo.

Estamos ahora en ese período en el que casi todos los equipos empiezan a apurar sus proyectos para la temporada próxima. En los últimos años las dificultades y carencias propias de las limitaciones económicas exigen mayores cotas de creatividad por parte de los responsables. En estos casos también es habitual que miremos de reojo a la cantera ya que sería la solución ideal para estas situaciones y que sin duda daría una continuidad más amable de los proyecto a medio o largo plazo.

Crear cantera no es sencillo, e implica un gasto económico más grande de lo que pueda parecer, pero por otro lado facilita en mucho la imagen de cercanía con los entornos locales de los equipos, los hace más familiares, consigue empatizar con los vecinos incluso por encima de la victoria o de la derrota; crear un equipo reconocible, con identidad, que sea querido y apoyado implica necesariamente que el seguidor reconozca a quien anima, a quien le entrega parte de su ocio y su apoyo sin condiciones.

La cantera es la mejor opción en tiempos de crisis, más allá del gasto, y seguramente pocos podrán argumentar en contra; lo que sucede es que normalmente escuchamos en los discursos de los responsables que no encuentran jugadores o jugadoras para los máximos niveles competitivos en ella, y que aunque sí los incluyan en las plantillas y en los entrenamientos, no se espera de estas personas un gran rendimiento en la pista.

En esta situación no se va a lograr esta empatía con la grada, con los fieles seguidores, porque ver a su vecino o vecina sentado en un banquillo y jugando solamente momentos intrascendentes podrá animarlo por muy breve período de tiempo, la ilusión de disipará y no conseguirá empujarlo al estadio o al pabellón.

Nuestro enfoque quiere sostener de manera argumentada que no tenemos porqué negar la obtención de jugadoras y de jugadores que nutran a los primeros equipos apoyando al mismo tiempo la contribución educativa para una mejora a nivel social, aunque lógicamente tendramos que trabajar mucho la idea para que no sea solamente una utopía que termine conviertiéndose en “lo de siempre”.

Sabemos que vivimos en entornos en los que se ha ido creando una idea sobre el éxito y el deporte basado más en la visibilidad de la extravagancia y el lujo, en el “glamour” de la estrella deportiva que en el propio logro y el trabajo; e inevitablemente tendremos que esforzarnos en educar frente a esta imagen que tienen en sus cabezas y en sus expectativas tanto las niñas y los niños como, y sobre todo, sus padres.

Cuando revisamos los motivos de abandono de las actividades deportivas que manifiestan los propios los niños encontramos por un lado que le dan poco valor al beneficio del deporte más allá del propio juego, pero también vemos como alguno de los motivos principales son el aburrimiento, que ya no se lo pasan bien o en disputas entre los entrenadores y los padres, cada vez son más las iniciativas que piden a los padres que tengan un mejor comportamiento respecto al propio juego y respecto a sus hijos cuando hablamos de iniciación deportiva.

Es motivo de abandono la crítica constante de los padres a sus hijos tras los partidos señalándoles únicamente lo que han hecho mal o incluso riñiéndoles por haber fallado en situaciones decisivas. Cuando si buscamos los motivos de práctica de estos niños veremos que lo primero que esgrimen es que quieren divertirse, conocer y jugar con otros niños.

Se pueden crear modelos centrados en la educación tanto de los propios niños como respecto a sus padres en y para la competición. Tendremos que centrarnos en el proceso y no en el resultado, porque el resultado es una consecuencia que en muchos casos no está en nuestra mano controlar; sin embargo el proceso sí lo manejaremos mucho mejor.

Pongamos objetivos intermedios que mantengan la ilusión y la dirección tanto de entrenadores como de niños, valoremos las actitudes y los esfuerzos, la mejora en tareas concretas, reforcemos mucho más los avances y cambiemos el foco de nuestra atención reconociendo los pasos ya caminados y no solamente los que faltan por andar, lo que falla o lo que nos distancia de nuestros rivales.

Son algunos ejemplos de cuestiones que podemos cambiar y que incluiremos en una estructura de intervención mucho más ambiciosa. Busquemos en el interior de cada uno de los deportistas qué es lo que lo mueve, qué es lo que le impulsa y alimentemos ese fuego dándole nuestro apoyo al mismo tiempo que le exigimos un comportamiento acorde a lo esperado. Se trata de educar, de educar para el deporte y de educar para la vida.

José Barcia Tuccelli es licenciado en Educación Física y en Psicología y tiene una amplia experiencia en el campo del ejercicio físico, la salud y el deporte de rendimiento. Para más información podéis visitar su página de Facebook.