RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 3 junio 2014 | 16:24
Un bar cualquiera en A Magdalena, pero no de los de renombre. Más bien discreto y cañí, lejos de glamur y lujos. De esos momentos escasos que te permites entre tanto trabajo. La coincidencia quiere que la entrada en el local sea minutos antes de ese mensaje que transmiten simultáneamente radios y televisiones, en el que el Rey anuncia que se marcha.
Las dos Españas, los dos Ferroles, como suelo decir. Comienza la alocución con el silencio como acompañante en la estancia. Pasados unos segundos que parecen siglos, alguien se atreve a opinar. En la barra, desde la sinceridad, se pide al monarca que vaya al grano.
Como si se sintiesen dolidos por tal afrenta, unos representantes de la laca optan por el desafío y elevan la voz para decir que «el príncipe está muy preparado». Lo primero que se les ocurre con tal de contrarrestar cualquier atisbo de crítica, que no era tal, en mi humilde opinión. Surgen luego discretísimas referencias a la edad de Don Juan Carlos y a las propias palabras del jefe del Estado sobre la crisis actual.
También encuentran respuesta y se sostiene que el rey ha hecho un gran trabajo. «Cambiar todo para que nada cambie», como en el gatopardismo. La misma fe inquebrantable en una institución que entiende de personas. Recordemos que la adhesión ferrolana a la Corona no es casual con tantas demostraciones de apoyo de la actual Familia Real y de los que estuvieron antes hacia la base naval o los astilleros de la ciudad.
Ahí también hay dos Españas y dos Ferroles. El señorial y el obrero, el recompensado y el esforzado. Sin embargo, pensar a estas alturas que el DNI de cada uno marca sus simpatías políticas no pasa de ser una quimera. Siempre hubo trabajadores de derechas y caballeros de izquierdas. Lo sabemos aquí, cuna de sindicalistas respetados y curas rojos, de militares progresistas y políticos que pecan de conservadores.
Una España en pequeño. Lejos de una pasión ciega por la monarquía, abunda el juancarlismo. El aplauso ante un rey que se ganó el respeto en años difíciles y que hasta hace un par de Telediarios despertaba simpatías allá por donde pasaba. Dicen que ahora renace el pulso republicano. Lo cierto es que este lunes salieron muchos a las calles para pedir, al menos, que se pueda elegir.
Placas que chocan bajo tierra, no necesariamente como anticipo a un posible terremoto. Los contrastes entre los que creen de verdad en la institución, los que dudan desde hace tiempo o a partir de fechas recientes, aquellos que no votaron la Constitución porque ni siquiera estaban y muchos que se dejan llevar por la marea.
Cambio de ciclo, diría el topicazo. ¿También aquí? En un lugar de Galicia de cuyo nombre no se quieren acordar, que el señor de Borbón visitó en más de una docena de ocasiones.
El que se debate entre amarrarse al naval por el que pocos se mojan o una diversificación que nadie encara. Llegó con una Bazán efervescente y abdica con una Navantia que quiere retener el aliento. Inauguró el club del Montón en 1980, acompañó a Suárez hasta Armas en su primer viaje como presidente del Gobierno, acudió a las botaduras del Príncipe de Asturias y de los buques Almirante Juan de Borbón y, claro, Juan Carlos I.
La Familia Real conoce también la urbe naval, con sus estancias para reinaugurar Herrerías o visitar el Jofre. También el futuro Felipe VI, igualmente muy vinculado a las Fuerzas Armadas, y la próxima reina Letizia.
Quizá ese cariño por el pasado de tantos ferrolanos haga pensar que los nuevos reyes puedan acudir pronto a esta esquina y, como antaño, repartir una ración de optimismo ante mucha adversidad.
Que sigan siendo interlocutores válidos, pese a que se le pidiesen al padre del monarca más preparado tantas cosas que no hayan llegado a hacerse efectivas. A lo mejor, por encima de personas, hay que preguntarse qué es lo que queremos.
Qué país buscamos, qué ciudad necesitamos. Armarnos con los motivos que lo justifiquen y seguir adelante. De una vez por todas.