«La droga acaba convirtiénsose en el centro de tu vida, y acabas perdiendo todo»

Recorremos ASFEDRO de la mano de la Asociación Redeiras Solidarias y entramos en la realidad de las personas que sufren un proceso de adicción
Redeiras & Asfedro-10

ALICIA SEOANE | Viernes 31 de octubre de 2025 | 10:53

La comunidad terapeútica de ASFEDRO acaba de cumplir 40 años desde que en los 90 comenzaba su andadura, una historia con altos y bajos que ha sobrevivido a lo largo de estas cuatro décadas.

Sari Alabau, presidenta de ASFEDRO, recuerda la rápida expansión de la epidemia de heroína que generó problemas de adicción que afectaban no solo a las personas usuarias, también a sus familias y a la sociedad en general.

En aquel momento, explica Alabau, «El sistema sanitario no tenía respuestas para el tratamiento del fenómeno por su novedad». Ante las dificultades para encontrar en el sistema sanitario una respuesta eficaz, sectores concienciados de la población civil y familiares afectados directamente, fueron organizándose en asociaciones a lo largo de la geografía española. En Ferrol, la respuesta se organizó a través de la asociación ASFEDRO.

La Asociación Redeiras Soliadarias, creada por Laura Adela Fernández, lleva un mes impartiendo un taller en la comunidad, para ayudar a las personas a recuperar sus habilidades cognitivas, y tareas ejecutivas de la vida diaria. Los viernes a primera hora de la mañana, comienza el taller y nos acercamos con Laura, a conocer la vida cotidina de ASFEDRO, y la experiencia de quienes a causa de la adicción acaban internadas allí.

La misión que lleva a cabo la Asociación Redeiras Solidarias busca «generar cambios en la sociedad a través del trabajo en red, conectando a personas, asociaciones, instituciones y empresas para fomentar un impacto social positivo y duradero», así nos lo explica Laura minutos antes de comenzar la sesión.

Entorno rural y tranquilo

Zaira Vázquez trabaja como auxiliar en la comunidad desde hace tres años. Con ella recorremos el espacio, habitaciones, gimnasio, el salón. Un espacio alejado del ritmo cotidiano, con pocos estímulos, y muchos libros. O Confurco, es un lugar que invita al recogimiento, sin a penas casas alrededor, te invita a volverte hacia dentro.

La comunidad acoge normalmente entre 16 y 21 personas, aunque ahora las cifras varían por las obras en el centro. El objetivo del entorno rural y tranquilo no es casual: «Es un proceso terapéutico para distanciarse física y psicológicamente de la realidad en la que están inmersas estas personas —explica—. Se trata de alejarse de los estímulos que dificultan dejar de consumir».

El día a día de las personas combina terapias psicológicas y educativas con tareas cotidianas que refuerzan la responsabilidad y la autoestima. «Aquí tienen un gallinero, un huerto… deben hacerse cargo de alimentar, limpiar y cuidar los animales. Eso les da una sensación de utilidad, de ver que lo que hacen tiene un propósito», comenta Zaira.

Las personas que sufren un proceso de adicción experimentan cambios en su cerebro, lo que hace que la droga, se convierte en lo central de sus vidas, muchas personas han visto arruinarse, sus relaciones sociales, parejas, familia, amistades, como explica uno de los hombres que están en proceso de desintoxicación, «la droga se convierte en la parte central de tu vida, por la droga llegas a hacer cualquier cosa, porque sin ella no eres nadie. Y eso te hace perderlo todo».

La propia adicción causa desordenes y alteraciones en las rutinas de la vida cotidiana, en la capacidad de autocuidado, «educamos en espacios informales del día a día, en cosas básicas, y eso es lo más reseñable. Aprenden a levantarse a la misma hora, a tomar la medicación correcta, a cocinar, a cuidarse… Y muchas veces, en ese proceso, una también aprende con ellos», subraya Zaira.

La nueva adicción a la tecnología : la dopamina digital

Entre los temas emergentes, Yaiza menciona un fenómeno cada vez más frecuente: las adicciones sin sustancia, como las tecnológicas o las conductuales. «Solo conocí un caso aquí, pero creo que cada vez tendremos más. Son adicciones comportamentales, como la ludopatía o la adicción al móvil. Al final, responden a estímulos muy similares a los de otras drogas», explica.

Yaiza reflexiona sobre cómo la tecnología modifica nuestro cerebro y nuestros hábitos, «Necesitamos todo para ayer. Antes estimulábamos más la mente; ahora preguntamos a ChatGPT qué cocinar hoy. Nos facilita la vida, sí, pero hasta qué punto es saludable… Quizás estamos en ese momento inicial en el que no vemos aún el riesgo, igual que pasó con las drogas en los años noventa».

Además, de crear un espacio libre de sobrestimulación, en ASFEDRO, se trabaja en terapias grupales e individuales, que ayudan a las personas que viven el proceso de desintoxicación, puedan afrontarlo con el apoyo emocional que requiere su situación, sus testimonios reflejan un viaje profundo de autoconocimiento, culpa, esperanza y reconstrucción personal.

Uno de los usuarios reconocen que gestionar las emociones —la frustración, la tristeza o la soledad— fue siempre su mayor dificultad, y que la droga actuaba como una vía rápida para evitar sentir. Ahora, aprenden a reconectar con lo que son, a expresar lo que antes reprimían: algunos escriben, otros pintan o reflexionan sobre su pasado desde una mirada más compasiva, «En los meses que llevo aquí he leído más que en toda mi vida, hasta he empezado a escribir. Escribo sobre cualquier cosa que me viene a la cabeza, dejo un lugar para que salga todo lo que siento».

Antes de terminar la sesión con Laura Adela, el grupo que participa del taller, comparte su experiencia en el centro, la mayoría insiste en que tomaron decisiones equivocadas, «intentando anestesiar algo del sufrimiento, acabamos aumentándolo y creándonos una enfermedad mental muy dolorosa».

Tras la sesión Laura Adela confiesa que la evolución de las personas que participaron en el taller ha sido muy emocionante, «El cambio en ellos, ha sido significativo y he sentido mejoría desde la primera sesión hasta hoy», pero además, destaca «lo más importante es generar un círculo de confianza donde ellos puedan abrirse y poner palabras a lo que están viviendo. Su franqueza es un acto de generosidad, al final en siento que he aprendido mucho de ellos, sobre todo, de su valentía como personas».

Las voces de las personas que viven en ASFEDRO transmiten una mezcla de lucidez, vulnerabilidad y esperanza, pero sobre todo el deseo de salir adelante y reconstruir una vida más consciente y libre de la adicción.

 

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