MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Viernes 26 agosto 2016 | 9:40
Los niños no deberían morir nunca. Si acaso, cuando a pesar de nuestros esfuerzos por burlar a la muerte tengamos que rendirnos a ella, que nos vayamos viejos, exhaustos, llenos de vida y con arrugas en las comisuras de los labios como huella imborrable de nuestra colección de carcajadas. Pero nunca antes de empezar a vivir, con tantas risas que inventariar todavía.
No tendré la desfachatez de imaginarme siquiera el inmenso dolor por el que estarán pasando aquellos que amaban al adolescente que fallecía este miércoles, porque ese dolor es sólo suyo y yo, al igual que el resto, tengo el deber de respetarlo. El tiempo, en ocasiones, se antoja demasiado corto para curar heridas tan profundas.
Lo que sí supongo es que a ninguno de ellos les ayudará asomarse a las redes sociales estos días y ver cómo un buen puñado de voces manosean su desolación. A veces, determinados juicios tendríamos que dejarlos para la vida real y no plasmarlos en la virtual. Mi madre siempre decía que una de las mayores virtudes que puede poseer una persona es la prudencia, porque ahorra disgustos a uno mismo pero, sobre todo, nos exime de herir a los demás.
Leer el torrente de comentarios sobre esta desgracia mezclados con política, demagogia y juicios paralelos me da pena. Con lo fácil que sería escribir «descanse en paz» y apartar las manos del teclado para después, si queremos, comentar en privado con nuestra gente nuestros pareceres, faltaría más.
Obviamos que cuando el fallecimiento de una persona pasa al plano público, al responder sus circunstancias a eso que los periodistas llamamos noticiable, el tormento de sus allegados se acrecenta porque algo tan íntimo como su tristeza, de pronto está a merced de los desconocidos.
Este adolescente -este niño-, era hijo, hermano, nieto, sobrino, ahijado, primo, amigo. ¿Cómo estaríamos nosotros si fuésemos sus padres, sus hermanos, sus abuelos, sus tíos, sus padrinos, sus primos o sus amigos? Como dije antes no seré yo la que me adjudique una pena que no lograría ni calibrar, pero desde luego, lo que sí tengo claro es que si algo así me pasase, lo que menos necesitaría sería leer conachadas.