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Las abuelas también vuelven al cole

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 18 septiembre 2014 | 12:00

Si al leer el titular de este reportaje crees que lo que te vas a encontrar es la típica historia de abuelas sacrificadas que le sacan del fuego las castañas a sus hijos y les echan una mano para poder conjugar su vida laboral y la ardua tarea de cuidar de sus retoños, te equivocas.

No porque no sea así, ojo, que lo es; sino porque además, las ocho protagonistas de esta historia no renuncian a aprender aunque hayan sobrepasado la simbólica frontera de los 60 años. Una línea que lejos de catapultarlas al sofá y el televisor, a los fogones familiares, a la máquina de coser para subir los bajos del pantalón o al peligroso mundo de las nostalgias, les ha brindado la oportunidad de tener más tiempo para ellas y retomar los sueños que se habían quedado por el camino.

Tita, Encarna, Loli, Mely, Tita, Elia, Carmen y Julia son ocho ferrolanas con una vitalidad que ya nos gustaría a los veinteañeros y unas agendas repletas de compromisos: informática, pilates, yoga, teatro, lembrando en galego, arte, universidad senior, voluntariado, risoterapia, natación o memoria, son sólo algunas de las actividades que marcan el ritmo diario de estas mujeres. ¿Cómo lo hacen? Queriendo hacerlo, teniendo ganas.

Durante las más de dos horas de charla procuro poner los cinco sentidos y absorber todo lo que ellas me cuentan, porque como decía Tita, la mayor del grupo con 83 años, «esta chica tiene que pagarnos porque le estamos enseñando la vida».

Me doy cuenta de que son mujeres totalmente distintas. La mayoría habían tenido trabajos fuera del hogar, aunque algunas se habían dedicado a trabajar en casa. Las hay más modernas como Encarna, que es motera, y más tradicionales. La otra Tita, la de menor edad, tiene una discapacidad visual que no le ha impedido estar completando el graduado escolar después de años de inseguridades.

El pilates mejora la movilidad y se hace en grupos muy reducidos (cedida)
El pilates mejora la movilidad y se hace en grupos muy reducidos (cedida)

Loli tiene poliomelitis y fibromialgia, pero todas las semanas ejerce de voluntaria en la Asociación Española de Lucha Contra el Cáncer. Muchas han cuidado o están cuidando a sus padres dependientes. La mayoría ayudan a sus hijos y a sus nietos, no sólo a nivel logístico, también económicamente. Pero todas estaban allí, contándome lo felices que eran desde que decidieron volver a aprender.

Ellas se han conocido gracias al centro multidisciplinar Espacio Vivo, donde asisten a la mayor parte de sus clases. Antes habían estado en las actividades que Igualdade propone a través de la Casa da Muller. Me cuentan que, para ellas, no sólo es importante la actividad en sí sino la persona que imparte la clase: «No sólo es el pilates o el yoga, es la persona que te da, porque si no engancha contigo… es tontería».

«Me encanta la gente que trabaja aquí, su forma de tratarnos. Es el dinero mejor gastado» me dice Mely, añadiendo que «son profesionales, fomentan la unión entre nosotras y son muy cariñosos». Todas asienten con la cabeza, se les ve cómodas en el centro y agradecen estar rodeadas de profesores jóvenes: «A veces pienso, ¿cómo se puede juntar tanta gente buena aquí? Porque podía haber algún retorcido» observa Encarna.

¿Por qué decidisteis volver a aprender?

«Estás acostumbrada toda la vida a pensar en los demás y ahora no puedes dejar de pensar en los demás, pero también tienes que pensar en ti» dice Loli. Ella trabajó como peluquera hasta que se jubiló a los 68 años y necesitaba mantenerse activa para no aburrirse.

«Yo pensé en mí cuando murió mi padre» cuenta Mely, «mi madre quiso irse a una residencia y fue mi momento. Así que pensé que tenía la mente preparada para aprender y para salir un poco y mantenerme bien». A ella la apuntó su hija a clases de informática: «Le doy las gracias todos los días».

Pero no es la única del grupo a la que animaron sus hijos, es muy común que sean ellos los que motiven a sus padres a la hora de probar cosas nuevas y mantenerse ocupados fuera de casa: «Crees que con esta edad ya no puedes aprender más, lo asumes, pero a la vez piensas que no te puedes perder todo esto» afirma Tita, que aprendió sola a leer y escribir para regentar su imprenta.

Además de la satisfacción personal y el subidón de autoestima que supone para estas mujeres aprender cosas nuevas, otra de las oportunidades que les brinda el aprendizaje es conocer gente nueva y convivir con personas distintas: «Hicimos una cena en la que éramos 150 y pico señoras» apunta Mely.

«Yo vengo encantada. Por ejemplo, en teatro, puedo llegar un día un poco de bajón -porque me tuve que adaptar a una nueva situación en la que dije: me hundo o resurjo, y nada, hubo que volver a empezar-; y te dan apoyo y calor, esto es vida. Me siento muy a gusto. Sé mis limitaciones pero me ayudan a aceptarlas» añade Tita, que se ha dado cuenta que su discapacidad visual no supone una barrera si se tiene el coraje de saltarla.

De no saber qué es un ratón a comunicarse por email

Con 83 años, Tita llega a la reunión algo tarde porque no había mirado el correo electrónico hasta esa mañana. Me cuenta que antes de asistir a alfabetización digital «no sabía ni que era un ratón» y que su hijo le regaló un ordenador antiguo con la condición de que no preguntase a nadie de la familia.

Espacio Vivo está situado en la calle del Sol esquina con calle de la Tierra (cedida)
Espacio Vivo está situado en la calle del Sol esquina con calle de la Tierra (cedida)
De izquierda a derecha: Loli, Mely, Tita, Tita, Elia, Julia, Carmen y Encarna (foto: M.C.)
De izquierda a derecha: Loli, Mely, Tita, Tita, Elia, Julia, Carmen y Encarna (foto: M.C.)

Así que buscó dónde aprender y ahora encuentra hasta los balnearios o los hoteles para sus viajes a través de la Red.

Encarna reconoce que compra por internet, pide la cita del médico y usa el correo electrónico: «Es como un logro, no soy tan tonta» reconoce. «Yo prefiero el ordenador a la tele, aunque no soy muy amiga de estar horas como están mis hijos» dice Mely.

Ven vídeos con sus nietos y ejercitan la memoria con juegos, buscan mucho en Google, pero no les gusta, sin embargo, estar demasiado tiempo en Facebook: «Si no, la chaqueta, ¿quién la hace?» dice Tita divertida.

¿Qué os dicen vuestras amigas?

Reconocen que muchas de sus amigas las ven como bichos raros y les preguntan qué hacen yendo a clases, pero a ellas nadie les hace dudar de su iniciativa: «Mis amigas están todo el día: “Pobrecita yo”, jugando la partida o sentadas en el sofá viendo la televisión y a mí ya me llega con mi vida para andar cotilleando la de los demás».

«Al no saber nada de la vida de Belén Esteban a veces te acomplejas» dice Tita, que con más de 80 años admite no parar mucho en casa porque se aburre: «Yo acabé este año la Universidad Senior y ya estoy pensando en matricularme en Historia del Arte y Psicología».

«A veces, cuando vienen amigas a casa y estoy cosiendo o leyendo, guardo lo que esté haciendo para no escucharlas, porque siempre me dicen: “¿Cómo tienes ganas de ponerte con eso?”» admite Loli.

No me sorprende que todas afirmen que las mujeres de su edad que no hacen actividades fuera de casa se encuentren peor de salud que ellas. A pesar de algunos achaques, la mayoría dicen que a ellas no les duele nada. La mayor del grupo, con artrosis y los meniscos rotos, aún comenta entre risas: «Qué Dios me deje como estoy, que de lo que me alegro es de que estén todas peor que yo».

«Yo me siento igual que cuando tenía 30 años» admite Mely, mientras Encarna afirma que «la vejez es el precio de no morirte».

La enseñanza se adapta al nivel de cada alumno en las clases de informática (cedida)
La enseñanza se adapta al nivel de cada alumno en las clases de informática (cedida)

Bichos raros

Encarna, quizás la más transgresora de las ocho, comenta que ella no puede actuar «como quiere la gente» y que se niega a ser «una acomodada a la sociedad». Para esta peluquera que trabajó de autónoma durante más de 40 años, llegar a la vejez tendría que suponer una tranquilidad, una calidad de vida que, muchas veces no tiene: «Que la gente mayor no se deje manejar. Deben ser independientes. Yo no le debo nada a nadie. Si estoy buena para trabajar todo el día en casa, estoy buena para ir al balneario o hacer lo que me apetezca» concluye.

Las ocho concuerdan en que «si te sales de las normas, eres un bicho raro». Una máxima llevada al extremo en un lugar pequeño como Ferrol: «Este pueblo es muy conservador, hay más gente de un lado que del otro» apunta Encarna.

El clasismo, a su entender, sigue latente en la sociedad ferrolana: «Hay algunos jóvenes incluso más retrógrados que sus padres. Si eres la hija de un obrero te pueden decir lo que sea, si eres de lo otro, no. Los valores están así».

Mely anuncia que tiene que irse, «me vienen a comer mi hija y mi nieto» confiesa, al tiempo que la veterana Tita exclama sonriente: «Son buenas estas charlas». «Sólo nos faltaban el café y las pastas» se escucha entre risas, «pobre chica, debe de llevar la cabeza caliente».

Nos despedimos, no sin antes, someterme a la entrañable ficha de las señoras ferrolanas. Esa que se hace desde el cariño y la curiosidad, para alimentar la lercha que toda ferrolana lleva oculta -o no-, en su interior y no la mítica radiografía desde la envidia y la crítica que suele estar más extendida últimamente: «Y tú, ¿de quién vienes siendo?», «ay, no me digas», «es que nos conocemos todos».

Salgo de Espacio Vivo con la sensación de haberme topado de frente con la vida misma, que no es más que una ruta llena de bifurcaciones que la libertad te obliga a surcar. Habrá quien nunca se arriesgue, quienes prefieran seguir recto a pesar de la desidia. Pero siempre habrá valientes que se atrevan a atravesar el bosque y dormir bajo la sombra de un árbol aunque sea el último cruce antes de llegar a Ítaca.

Esperemos, como en el poema de Kavafis, que nuestro camino sea largo, como el de estas ocho mujeres. Que esté lleno de aventuras, repleto de experiencias, que se alargue por años, y «que seas viejo para cuando amarres en la isla, enriquecido con todo lo que ganaste en el camino, sin esperar riquezas de Ítaca. Ítaca es quien te dio ese viaje maravilloso, sin ella nunca hubieras partido, y ahora ya no tiene nada para darte. Y si ahora la encuentras pobre, no es que te haya engañado: con la sabiduría y experiencia que ganaste, ya entenderás de sobra qué significan todas estas Ítacas».