MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 29 diciembre 2022 | 14:07
Ellos todavía no lo saben, pero esto que están haciendo ―casi como un juego, un divertimento en todo caso― se quedará grabado en la retina de miles de desconocidos para el resto de sus vidas. Scarleth, June, Hugo, Yerai, Pablo, Dani y Juan Pablo son las manos que mueven las tanzas de la infancia de Ferrol en el mítico belén de la Orden Tercera. Ana y Alfredo Martín capitanean este equipo de pajes y mueve-figuras junto a Lorenzo Rendueles, el tercer adulto que tiene el privilegio de conocer los entresijos que hoy enseñan también a Ferrol360.
La trastienda de un belén que tiene más de ocho décadas de historia y que empezó siendo muy pequeño, con figuras hechas de cartón pero igualmente móviles, ideadas por su padre, el añorado Alfredo Martín, cuando apenas era un niño de 11 años. «De pequeño ya era muy artista», anticipa su hija, relatando que «entró por enfermedad en el Hospital de Caridad junto a su padre y más familiares, pero solo salió él vivo. Nació en 1929 y se quedó con su madre y hermana, que limpiaban casas y mi tía acabó empleándose en la fábrica de lápices».
En aquellos años tan duros, de hambre y pobreza, Alfredo tomó contacto con los franciscanos, «que le daban un dinerito por hacer de monaguillo» y conoció a doña Concha Leste, «su segunda madre; mujer de militar que volvió de Filipinas, muy caritativa y que ayudó a muchos jóvenes que habían servido en la colonia pidiéndole a su marido que acreditase el servicio para que pudiesen cobrar su pensión», cuenta Ana Martín, sin poder desdoblarse de tu profesión de historiadora y periodista al relatarlo.
El chico de los recados que acabó siendo belenista
Fue doña Concha la que motivó a Alfredo para hacer un belén siguiendo los pasos de San Francisco de Asís, el primer belenista de la historia que en 1223 representó el nacimiento de Jesús en una cueva en Italia. Sin saberlo, aquel niño que recortaba figuras de cartón para que después movieran un brazo o la cabeza, estaba poniendo la semilla del que se convertiría en el símbolo de la Navidad ferrolana: «Hacía funciones y ponían una bandejita para recoger los donativos que les daban, pero mi padre los repartía con el resto».
A medida que fue creciendo, Alfredo Martín se volvió un chaval todavía más mañoso «y lo llamaban de casas de los vecinos para hacer las instalaciones eléctricas porque había estado de chico de los recados en la Viuda de Pedro Fernández, en la calle Magdalena». En aquellos tiempos de aprendiz instaló un sistema que es el que se sigue empleando para hacer la noche en el belén: un reostato de agua. «Pasa por aquí y lo ves», me invita Ana a introducirme por el lateral de la instalación para llegar al lugar donde surge la magia.
«Yeray es quien hace la noche, girando esta manivela, ¿ves? Así se va apagando poco a poco la luz del día mientras surgen las estrellas. También nos facilita proyectar el ángel», dice Ana, interrumpida por un chasquido que avisa de que al agua «le falta un poco de sal, hay que corregirlo». Para que funcione el belén se necesitan unas seis o siete personas como mínimo y por ahora hay relevo. Los hermanos Martín han sabido recoger de su padre no solo el legado artístico de un nacimiento que requiere mimo y cuidado, además de saberes, sino también otro más importante: el del trato a los chavales.
La importancia de cada niño, de cada joven
Más allá de obras como este belén o como la Passio, Alfredo Martín logró en sus años de vida, dedicados al trabajo abnegado que su condición de franciscano no hizo más que tallar aun más hondo en su espíritu, que generaciones enteras de niños y jóvenes tuviesen una alternativa vital, algo por lo que sentirse útiles e importantes. Lo hizo en los años en los que la droga arrebató la juventud a Ferrol Vello, a través de la banda de Granaderos o de sus cabalgatas de Reyes Magos, pero lo siguió haciendo hasta que su salud se lo permitió.
«Él buscaba un cometido para todos y le daba a cada uno su importancia, y eso es lo que hacemos nosotros», confirma Ana, que al hablar de su padre subida al belén no puede evitar las lágrimas. Scarleth y June son dos hermanas, hijas de la «guerrera» Soledad Lucero (Movilidad Humana), y ellas se encargan de narrar la historia desde su posición de pajes, colocando también a la gente al entrar para que todo el mundo vea. Y sí, también son las responsables de que la gente salga de allí repitiendo «reaaaaaaalmeeente» a cada instante.
Fueron las primeras chicas en hacer de paje del belén y empezaron hace unos seis años: «Una de ellas ya tiene 20 años, pero no quiere irse». June, con 17, confirma que disfruta haciéndolo y nos enseña los caramelos de menta que tiene escondidos para que aguante la voz durante las ocho funciones diarias. Yeray y su hermano Hugo son también veteranos y, a su vez, se dedican a captar a otros como Dani, que con 13 años es su primera vez y ya ha demostrado un talento innato para mover las figuras más complicadas.
Donativos reinvertidos en la capilla
Es el segundo año de Pablo, que tiene 14 años y está lleno de recursos para solucionar problemas del directo, sobre todo cuando se resiste la punta a ser clavada. «En verano ya anda pensando en el belén en mitad de la playa, le encanta, y es un bonachón», dice Ana, presentando también a Juan Pablo, el benjamín del equipo que ejerce con 11 años de personal de apoyo: «Mis padres son franciscanos y pensaron que podría ayudar», reconoce encantado.
«Empezamos a trabajar a finales de noviembre para montar todo y la verdad es que tenemos unos chavales buenísimos. Vienen, colaboran y se llevan una propina porque no podemos pagarles, pero sí es una forma de que ayuden a sus familias y tengan para sus gastos», explica Ana. Los donativos que se cobran por entrada (2 euros por niño y 2,5 euros por adulto) se invierten en la conservación de la capilla de la Orden Tercera y sus imágenes, de modo que es el sustento principal de un templo que no pertenece a la Diócesis y es responsabilidad de los franciscanos.
Me enseñan cómo mueven las figuras, cómo prueban las tanzas de uno y otro modo para darle un movimiento más natural y preciso. Me cuentan cómo tienen que reponer el grano después de cada función, y las uvas, y los papeles en donde pintan los pintores… Desvelan algún truco, como el de la campana doble, y confiesan que alguna vez, por un tirón demasiado fuerte, alguna figura ha salido mal parada. Enumeran despistes. Se ríen de todo ello, con la camaradería de los que trabajan codo con codo con la misma misión: llevar el timón del viaje en el tiempo que espera toda esa gente que está en la cola a la altura del Parador.
Los ojos de la infancia
Las funciones empiezan a las 17:00 y la última a las 20:30 horas, aproximadamente, albergando unas 45 o 50 personas en cada turno, demostrando así una gran destreza para multiplicar las localidades en un lugar diminuto. Le pregunto a la paje, a June, que es la que ve las reacciones de los visitantes, si le impresionan más las de los niños o las de los adultos y lo tiene claro: «Los mayores que han venido de pequeños, porque les trae recuerdos y se emocionan. Vienen familias enteras, cantan villancicos».
«Los ojos de la infancia son unos, pero la composición y valorar todo es de ojos adultos, que además suman recuerdos», valora Ana, rememorando que «yo me ponía con mi padre en esa esquina, los dos de pie y, cuando se hacía noche, nos gustaba fijarnos cómo la gente que no se conoce de nada, al escuchar los villancicos, se movía al compás. Es la magia de la luz negra en la que todo brilla». Considera además que «el público es muy respetuoso y cariñoso».
Mientras June sueña el futuro con villancicos reguetoneros y Pablo se imagina un belén robótico, a Ana le cuesta no mirar de nuevo al pasado: «Mi padre vino hasta que enfermó. El año que murió [agosto 2018] casi no venía porque le costaba trabajo. Pero yo todavía tenía que preguntarle muchas cosas, tanto de aquí como del taller, que las siguió haciendo. Mi pena fue que no supo, después de 80 años haciendo este nacimiento, que recibimos nuestra primera subvención de la Xunta de Galicia». Y escuchándola, todos allí sabíamos que don Alfredo, de una forma u otra, se enteró de aquello.
Donativo a AFAL
Cada 28 de diciembre, desde que el maestro murió, el belén dedica la recaudación de ese día a una entidad social de Ferrol y este año fue destinada a AFAL, que trabaja con personas con demencias y sus familiares. Se recaudaron 655 euros de un público «supergeneroso», apunta Ana, agradeciendo que el belén de la Cofradía de la Merced aportase también sus donativos de 50 euros para hacer un total de 705 euros. Este jueves han podido ir a entregárselo en persona y, una vez más, seguro que Alfredo les estaba viendo por ese hueco, tras la cortina, orgulloso de sus chavales. Y, por supuesto, de sus hijos.
