La librería Pessoa es uno de esos espacios atemporales, situado en el interior de un bajo acristalado de Rodolfo Ucha, en su interior conviven miles de libros -amontonados hasta rozar el techo del local- con vinilos, platos antiguos, botellas de refrescos de los 70, preciosas cajas de latón- donde las abuelas guardaban los botones-, y tantas otros objetos cargados de historias, como fotografías antiguas y viejas cámaras de fotos.
Cuando entré en la librería por primera vez, hace ya quince años, Felipe Romero acababa de comenzar con la venta de libros de segunda mano en un local con patio trasero situado en la calle de la Iglesia. En aquella época yo andaba sumergida en el mundo literario de Cortázar. Recién llegada de Argentina, tuve la suerte de encontrar una edición preciosa de Rayuela, editada en Buenos Aires. En ese momento descubrí que Pessoa era uno de los pocos espacios de la ciudad donde el azar jugaba un papel muy importante.

Mientras yo me escurría por las estanterías de la librería, Felipe observaba y leía. Después, cuando me acercaba a hacerle alguna pregunta, hablábamos de los libros que se traía entre manos. Felipe existe a través de los libros, y su propia personalidad es como una coctelera de todos esos personajes de sus novelas favoritas. Podríamos nombrar a Pessoa como uno de sus referentes, con quien además —al menos yo— le encuentro cierto parecido. Su tono es pausado y observador y, entre sus ocurrencias, siempre desliza comentarios inteligentes.
«Para leer hay que estar en silencio, y eso es algo que cada vez es más complicado de conseguir». Si Felipe no se hubiese enganchado a los libros desde que tiene conciencia de sí mismo, «probablemente hubiese sido un mendigo», aclara con ironía. «Me dedicaría a pedir algo de dinero para comer y poder dedicar mi vida a leer, y seguro que mucha gente no lo vería tan mal y me ayudaría con ello. A mí no me interesa dedicarme a hacer algo productivo en sí mismo. Me gusta leer, aprender».

Hoy en día con las redes sociales inundadas de recomendaciones de libros y de críticas literarias, además de novedades cuyos títulos caducan antes de llegar al mes, es complejo comprender a una persona cuyo deseo es recopilar saber sin más finalidad que el propio deseo de transformarse, el puro placer. «Me molesta mucho esa figura del intelectual o experto que opina de todo. No entiendo que el saber implique tener que compartir conocimiento o mostrar lo que uno sabe o no sabe. No me interesa esa idea del intelectual».
Su librería respira ese universo de silencio en extinción: una mezcla de rarezas, buen gusto y filosofía, con un toque de universo literario de los años sesenta. «Mantengo la librería como espacio físico porque es la forma de que la gente me encuentre. Hoy en día vendo más libros por internet, pero a la tienda muchas personas se acercan para venderme colecciones, y eso es importante en este tipo de librerías: tener un espacio donde yo pueda comprar más material».

Mientras hablamos sentados en un sofá de piel, un hombre entra en la librería preguntando por una enciclopedia de artistas gallegos. «En esta librería la gente no solo entra preguntando por un libro concreto. Normalmente es gente a la que le gusta venir a mirar y suelen llevarse algún libro que les atrae o les resulta llamativo. Aquí los libros escogen a sus lectores», se ríe.
El público que acude a Pessoa es de lo más variopinto: desde adolescentes en busca de Meditaciones, de Marco Aurelio, o algún libro de filósofos estoicos, hasta gente que busca libros y ensayos clásicos, o libros técnicos. «Este oficio requiere saber hacer un filtro, y el librero sigue unos criterios, además de ir desarrollando cierto olfato. Nunca compro libros del Círculo de Lectores ni de ediciones que se compraban con periódicos».

Entre los criterios destacan ‘las rarezas’, ediciones de temas muy específicos, o de temas concretos como la ingeniería, pero también influye el tipo de ejemplar o el año de publicación de ciertas ediciones, «los libreros tasamos los libros, y seguimos ciertos criterios, aunque a veces compramos libros que sabemos que van a ser difíciles de vender. Además, hay libros que sabes que siempre despiertan curiosidad, por ejemplo la figura de Hitler, no sucede lo mismo con Franco», sonríe.
Pessoa tiene predilección por los libros de historia de Galicia y de autores gallegos, viejas ediciones que no son fáciles de encontrar. Pero también tiene vinilos, que atraen a otros públicos, y colecciones de arte, arquitectura y, por supuesto, ensayos y libros de filosofía, además de literatura clásica y contemporánea. «Los buenos libros nunca pasan de moda, siempre son interesantes, y ese tipo de material es el que descansa en estas estanterías, esperando a esa persona escogida».














