MARTA CORRAL | Ferrol | Martes 12 abril 2022 | 13:30
Han pasado 1.092 días desde el último Martes de Esperanza, el de 2019, y la espera más larga de la historia está a punto de llegar a su fin para decenas de cofrades y portadoras de la Virgen de la Esperanza que esta noche se han acostado nerviosas. Que han desayunado ya rezando, buscando la foto y las palabras para que su devoción sea mañana también un recuerdo en sus redes sociales.
Corazones verdes se suceden en el muro de las que fueron compañeras y, de algún modo, siguen siéndolo. De las amigas, de las nuevas y las viejas, con las que se comparten y se compartieron risas, cañas y pitillos apurados. Después de publicar su oración, su imagen de la virgen, la fotografía de sus hijos vestidos de verde, vuelven a abrir un par de aplicaciones: «A mí me pone que para a las 20:30». «A mí, precisamente, que empieza a las 21:00».
Parece mentira que esté entrando de lleno el sol en la habitación ahora que escribo estas líneas y que estemos con el corazón encogido por si, a lo peor, hay que sumarle 357 días más a una cuenta que ya es demasiado larga. Pero si hay alguien experto en esperar son ellas, sois vosotras. Esperaron a que el tercio de la Esperanza se formarse en 1984 para ser la punta de lanza de la integración de la mujer en la Semana Santa ferrolana.
Esperaron también con vaqueros y camisa a finales de los ochenta, a las puertas del corralón, a ver si había algún trono que necesitase de sus hombros porque no había hombres suficientes. Esperaron hasta conseguir formar una dotación propia. Esperaron para lograr portar a su imagen titular, la Virgen de la Esperanza. Esperaron que ninguno de aquellos machistas que hacían apuestas sobre si iban a poder con el trono no ganasen nunca.
Esperaron hasta poder llevar capuces que mantuviesen su penitencia en el anonimato. Esperaron a poder dejar la falda y enfundarse los hábitos penitenciales. Esperaron hasta no ser cuestionadas, hasta no ser tratadas como mulas de carga. Esperaron hasta que nadie ya les puede arrebatar todo lo que han conseguido con su trabajo y su valentía. Así que, compañeras, si tenéis que esperar, se espera. Porque con vosotras espera Ferrol, agolpado a las puertas del corralón.
Unas puertas que hoy, pase lo que pase, llueva o no llueva, se van a abrir, primero, para vosotras. Y llegaréis delante de ella, y os levantareis el capuz pasando el escudo hacia atrás. Y buscaréis sus ojos, los mismos que miran tantas y tantas personas en las calles. Y fuera sonará la bulla, pero nunca el silencio se percibirá más rotundo en vuestro encuentro con Ella. Y le contarás cómo te ha ido durante este tiempo de ausencias y encierros.
Le mandarás recado para los que están en el cielo. Pedirás por tu gente enferma, por la que está pasando dificultades, por ti misma. Y entablarás un diálogo con Ella desde entonces hasta que la traigas de nuevo a casa. Buscarás con la mirada también a las tuyas, afloran lágrimas, se precipitan abrazos emocionados porque es Martes Santo y donde tú estás quieren estar todos.
Y en ese peso que te dobla, con la madera que se clava en la clavícula y los pies acariciando el adoquín, va todo el amor del mundo. El incondicional, el amor de las madres que nos lo perdonan todo. Y cuando gires de Real a Méndez Núñez y llegue el rumor de los aplausos que enderezan el trono y estiran las rodillas, querrías detener el tiempo para repetir tu oración como una letanía.
Pero es Martes Santo y aunque es vuestro es también de Ferrol. Y cuando las niñas llegan, la banda Ferrol empieza a regalar los acordes que llevábamos tres años esperando y todo el mundo canta, protegidos bajo el mismo manto verde. Y mirarán también ellos esos ojos con los que hablaste dos horas antes: «El regalo más hermoso que a sus hijos dio el Señor es su madre y el milagro de su amor».
Y las madres que están en el cielo, como la mía, también vuelven para veros en primera fila, sonriendo: «Lo estáis haciendo muy bien, ya estáis en casa». Cuántas veces sus manos plancharon ese hábito que llevas. Cuánto tiempo esperaron por nosotras con la comida caliente en la mesa. Cómo no vamos a esperar, a seguir esperando si hace falta, si como nos enseñaron ellas, la Esperanza es lo último que se pierde.