La historia de Longavida handmade comenzó cuando Antía Orjales y Helga Filgueiras se encontraron en medio de la pandemia con toda la ropa que habían ido recolectando para vender en un mercadillo de la plaza Vella. Al verse en casa con todo el material y con mucho tiempo por delante, la pasión que sentían por la costura se puso manos a la obra.
La reutilización textil es para ellas una forma de crear, de trabajar y, con el tiempo, también una manera diferente de entender qué significa ganarse la vida. Ellas hablan de reducir, reciclar y reutilizar pero sobre todo de dar una nueva vida a aquello que ya existe.
« Al principio hicimos una bolsa», recuerdan mientras explican cómo aquella primera pieza, confeccionada a partir de una camisa, terminó convirtiéndose en el principio de algo que no habían previsto. Poco a poco, aquellas prendas transformadas en bolsos y riñoneras empezaron a tener una respuesta que no esperaban. Veían que sus creaciones gustaban. Y, sobre todo, disfrutaban haciéndolas.
Lo que había empezado casi como un entretenimiento durante una pandemia terminó convirtiéndose en un proyecto profesional que fue creciendo durante cinco años. Llegaron las ferias, los encargos, una identidad propia y unas riñoneras fácilmente reconocibles. También llegaron más ventas, más trabajo y más horas. Y aquí es donde decidieron tomar cierta distancia volver a pensar en cómo gestionar un proyecto que había nacido del deseo, pero se estaba transformando en otra cosa.

Un parón para respirar
Durante cinco años fueron aumentando el ritmo para responder a todo lo que llegaba. Más ferias, más encargos, más producción, más mensajes, más horas delante de la máquina. Hasta que llegó un momento en el que se dieron cuenta de que estaban corriendo demasiado. «Creo que necesitábamos parar», explican.
No fue una decisión empresarial calculada ni una estrategia de reposicionamiento. Fue algo mucho más sencillo y mucho más difícil: necesitaban respirar. Ser autónoma significa gestionar el trabajo, pero también el descanso, las vacaciones, las bajas y todos esos tiempos que en un empleo convencional vienen, al menos sobre el papel, más delimitados.
«No tienes tiempo para parar, descansar. Los derechos laborales de un autónomo los gestionas tú», reflexionan. Y entonces apareció una circunstancia personal que les obligó a mirar de frente, su perra un miembro más de la familia, tenía una enfermedad neurológica degenerativa. Cada vez necesitaba más atención.
Y un día, sentadas con ella en el parque apareció una pregunta. ¿Por qué estaban corriendo tanto?, «A esta velocidad no era lo que queríamos». La vida, dicen, a veces pone frenos.

Perú y el regreso a la artesanía
Vendieron todo y cerraron el proyecto. No dejaron una puerta entreabierta pensando en volver dentro de unos meses. Necesitaban cortar también mentalmente. Y ese año pudieron viajar a Perú, trabajar en otras cosas, y sobre todo, reencontrarse con su gusto por la costura, por la propia artesanía, por el oficio…. Allí encontraron una tradición textil profundamente ligada al territorio. Vieron a mujeres trabajando con la lana, elaborando hilo y manteniendo técnicas que forman parte de su cultura.
Volvieron a echar de menos la máquina de coser. «Te conecta con ese deseo de coser otra vez, algo que a ti te gusta, que se te da bien. Y dices: ¿por qué lo vamos a parar? ¿Por qué no vamos a intentar hacer esto de una manera que sea compatible con vivir?».
Porque esa fue probablemente la conclusión más importante de aquel año. No habían dejado de querer trabajar. Habían dejado de querer trabajar de aquella manera.
Longa Vida y larga vida
Cuando regresaron, no querían repetir exactamente el mismo modelo. Habían aprendido. Ahora saben qué propuestas les aportan y cuáles les roban energía. Qué ferias tienen sentido y cuáles no. Qué encargos quieren aceptar y cuáles prefieren rechazar.
Y, sobre todo, han aprendido que el tiempo también es un recurso. Durante años estuvieron muy centradas en proteger la identidad de su marca y en producir sus propios bolsos y riñoneras. Ahora están más abiertas a colaboraciones, encargos concretos o pequeñas colecciones.
Por ejemplo, si un restaurante les propone diseñar delantales, antes probablemente habrían dicho que no porque suponía apartarse de su producción habitual. Ahora se preguntan otra cosa: ¿y si precisamente ahí hay una oportunidad interesante?. Quizá hagan menos ferias y más proyectos especiales.

El residuo como materia prima
En su espacio de trabajo se acumulan telas, vaqueros, camisas y todo tipo de prendas que para otros ya han dejado de tener utilidad. Pero convertir ese residuo en una pieza nueva no consiste simplemente en sentarse delante de una máquina de coser.Primero hay que buscar el material. En ocasiones se desplazan para recoger residuos textiles de empresas. Después toca transportarlos, clasificarlos, seleccionar las piezas aprovechables, lavarlas y almacenarlas.
«Para nosotras sería más fácil comprar tela», explican. Comprar una tela nueva y empezar a cortar es mucho más sencillo que construir una materia prima a partir de residuos. Por eso insisten en algo que muchas veces se olvida cuando se habla de artesanía sostenible: reutilizar no significa trabajar menos.
En realidad, puede significar trabajar mucho más. «Todo esto es un currazo de ir a buscar a las fábricas textiles que no dan residuos, ropa…». Después comienza la parte creativa.
Un trozo de vaquero puede combinar con otro. Una camisa puede convertirse en una parte del bolso. Cada tejido tiene una textura, un color y unas posibilidades. Y ninguna pieza es exactamente igual a la anterior.
El objetivo ya no es producir infinitamente lo mismo, sino dejar espacio para la creatividad sin convertirla en otra obligación.
Los bolsos y riñoneras seguirán
Hay algo que sí tienen claro. Los bolsos y las riñoneras forman parte de su identidad y quieren mantener esos básicos que la gente ya reconoce. Pero junto a ellos quieren dejar espacio para experimentar.
Colecciones cápsula, piezas únicas, encargos especiales o simplemente prendas que aparezcan en su camino y les hagan pensar: «Con esto podríamos hacer…». «Nunca se sabe», dicen. Y probablemente esa sea ahora la gracia. No saber exactamente qué pieza aparecerá mañana.

Una vida más sostenible también para quien crea
Al final, su historia habla de ropa, de residuos y de costura. Pero también habla de algo mucho más amplio: qué significa construir una vida sostenible. No solo reutilizar un vaquero. No solo evitar que una tela termine en la basura.
También conseguir que quien transforma ese residuo pueda hacerlo sin quedarse sin tiempo, sin energía y sin vida. Después de cinco años creciendo, parar y empezar de nuevo les ha permitido descubrir que quizá no necesitaban trabajar más.
Necesitaban trabajar de otra manera. Ahora vuelven a sentarse delante de sus máquinas con menos certezas, pero con algo mucho más valioso: la experiencia de saber dónde no quieren volver.
Y con una idea que parece sencilla, pero que no siempre resulta fácil aplicar: coser, crear, trabajar y vivir pueden formar parte de la misma vida si se encuentra el ritmo adecuado. Porque al final, como repiten una y otra vez durante la conversación, todo esto va de una cosa que parece cada vez más escasa: tiempo. Y, sobre todo, tiempo para vivir.
