Manuel Fernández Blanco, psicoanalista: «El discurso capitalista niega la imposibilidad y nos empuja a una exigencia sin límite»

«Si tuviésemos que identificar la mayor dictadura de las sociedades democráticas, sería esta: la de la opinión pública, basada en lo políticamente correcto»
Manuel Fernández Blanco en su consulta

ALICIA SEOANE | Lunes 17 de julio de 2025 | 11:50

La nueva obra de  Manuel Fernández Blanco*, psicoanalista y psicólogo clínico, ¿Soy lo que digo que soy?, fue presentada el pasado mes de mayo en la Central Librera de la calle Dolores. La iniciativa de invitar al psicoanalista partió del las actividades de extensión de la Biblioteca lacaniana, que forma parte de la Escuela Lacaniana, con sede en A Coruña. Lucía Fernández Álvarez y Cristina Garrido Miguens, ambas psicoanalistas, coordinan estas actividades de extensión en Ferrol.

Como explica Manuel Fernández Blanco en el prólogo de su obra, «Los psicoanalistas sabemos que la civilización, como el sujeto, padece malestares, insatisfacciones y obstáculos en su camino. La civilización enferma de sus verdades reprimidas y de su empuje pulsional. Por eso la civilización, como el sujeto, es interpretable».

En los textos recogidos en el libro podemos encontrarnos temas de actualidad como el feminismo, las adicciones, la relación del ser humano con la pantalla, las relaciones de pareja… analizados desde el punto de vista del psicoanálisis.

Hablamos con Manuel Fernández Blanco en su consulta en A Coruña, un espacio repleto de libros, donde el saber ocupa un lugar. Sus libros nos acogen en una conversación pausada que arroja luz y da mucho que pensar.

ALICIA SEOANE: ¿Qué diferencia el enfoque del psicoanálisis  de otros enfoques que podemos escuchar en la sociedad, como la sociología, la historia, la antropología…?

MANUEL  FERNÁNDEZ BLANCO: La clave está en Freud, especialmente en su ensayo Psicología de las masas y análisis del yo. Él llega a una conclusión fundamental: la psicología colectiva es idéntica a la individual. Esta es, en mi opinión, la gran aportación del psicoanálisis al análisis de lo colectivo, de lo social e incluso de lo político.

Freud descubre que las masas, las sociedades, una civilización, funcionan como un sujeto: tienen un discurso consciente, lleno de estereotipos e interpretaciones comunes. Hoy esto es especialmente relevante porque vivimos en la era de lo políticamente correcto. Nunca se habló tanto desde frases hechas y lugares comunes; podríamos decir que son malos tiempos para la originalidad.

AS._ ¿La opinión pública acabaría convirtiéndose en una especie de dictadura colectiva sobre lo que debemos de pensar?

M.F.B._ Sí, si tuviésemos que identificar la mayor dictadura de las sociedades democráticas, sería esta: la de la opinión pública, basada en lo políticamente correcto. Pocas personas están dispuestas a asumir el coste de ir contra la mayoría, y lo curioso es que esa mayoría atraviesa casi todas las ideologías. Hoy no está claro si la opinión pública garantiza la libertad o actúa como su carcelero.

AS._ ¿Y cómo se manifiesta este paralelismo entre lo individual y lo colectivo?

M.F.B._ Freud observó que cuando un colectivo se unifica en torno a un líder, sus miembros renuncian a su singularidad y adoptan un rasgo del líder como ideal del yo. Esto produce una especie de hipnosis colectiva. Además, igual que los sujetos, las sociedades padecen malestares, síntomas y verdades reprimidas.

Lo reprimido siempre retorna: pensemos en Alemania, donde durante años era de mal gusto preguntar qué hizo tu abuelo, porque esa pregunta podía revelar la participación en el nazismo. La sociedad alemana arrastraba una culpa colectiva por un fenómeno de masas: millones de personas, en la patria de Kant, Hegel o Goethe, se dejaron llevar por la promesa de restaurar el orgullo nacional, justificando la barbarie. Hoy, con el auge de movimientos neonazis, este análisis sigue estando de máxima actualidad.

AS._ ¿Se podría interpretar la sociedad como se interpreta a un sujeto?

M.F.B._ Sí. Si aceptamos que la sociedad funciona como un individuo, también es interpretable psicoanalíticamente. Y eso significa ir más allá de los ideales para tocar la verdad reprimida, algo siempre difícil de tolerar. La corrección política funciona como la censura que ejerce el yo sobre los pensamientos inconfesables del sujeto.

AS._ ¿Cómo se ha transformado la sociedad desde el punto de vista psicoanalítico?

M.F.B._ Durante mucho tiempo, vivimos en una sociedad marcada por la represión: los deseos que chocaban con los ideales eran reprimidos y regresaban como síntomas neuróticos. Hoy hemos pasado a una sociedad de la permisión. No solo se valora no reprimir, sino que existe casi una exigencia de satisfacción.

Antes se decía ‘hemos venido al mundo a sufrir’; ahora se empuja a maximizar la satisfacción en todos los ámbitos: pareja, trabajo, relaciones… Ser feliz ha pasado a ser un deber. Esto explica la epidemia contemporánea de depresión y agotamiento: el sujeto actual es el sujeto de la autoexigencia, un empresario de sí mismo. Contra un empresario externo puedes hacer huelga; contra ti mismo, no. El resultado es la depresión.

AS._  ¿Y qué papel juega el capitalismo en esta dinámica?

M.F.B._ Este imperativo del ‘siempre más’ está vinculado al discurso capitalista, formalizado por Lacan en 1972. Es un sistema sin freno, que no conoce el equilibrio entre producción y conservación. A nivel individual, la falta de freno lleva a la autodestrucción; a nivel global, el riesgo es similar, como vemos en la crisis climática.

Además, el discurso capitalista postula un sujeto sin anclajes: liberado de su historia, su biografía y sus condicionantes, capaz de autoconstruirse a voluntad en todos los ámbitos. Esta idea se articula con ciertas ideologías que sostienen que las identidades son constructos culturales y, por tanto, deconstruibles a voluntad.

Pero el psicoanálisis recuerda que la definición consciente siempre fracasa, porque la verdadera identidad del ser humano no depende de lo que piensa que es, sino de sus deseos inconscientes y de sus fijaciones de goce.

AS._ Entonces, ¿sería más acertado decir ‘soy como gozo’ que ‘soy como pienso que soy’?

M.F.B._ Exacto. Lacan decía que ‘el goce es la página ausente de la filosofía‘. La filosofía trabaja con el pensamiento consciente; el psicoanálisis, con el inconsciente. Todos sabemos que fumar es malo y, sin embargo, muchos lo hacen: el goce puede más que la razón. Esa es la clave que diferencia al psicoanálisis de otras disciplinas.

AS._ ¿Cómo encaja el discurso capitalista con esta deriva pulsional del ‘siempre más’?

M.F.B._ En realidad, son el mismo discurso. El sujeto del capitalismo se pretende capaz de autodefinirse y autoconstruirse sin estar determinado por nada. Es un discurso que niega la castración, es decir, niega que haya algo imposible, una insatisfacción estructural que habita en todo ser humano.

Cada uno lleva consigo algo inadecuado y fuera de su control, pero el capitalismo promueve la omnipotencia del yo, la idea de que todo es posible. Los lemas publicitarios lo resumen bien: ‘Just do it, Nothing is impossible, Yes, you can’.

AS._ ¿Negar los límites puede tener consecuencias?

M.F.B._ Sí, puede derivar en lo que Freud llamó pulsión de muerte. La práctica deportiva, por ejemplo, es saludable, pero cuando alguien se exige completar varias ironman en una semana, esa búsqueda de superación extrema ya no es buena para la salud. La idea de que todo es posible erosiona la noción de límite, y eso conlleva riesgos.

AS._ ¿La pantalla se ha convertido en un instrumento de este discurso sin límite?

M.F.B._ Totalmente. Vivimos hiperconectados, expuestos continuamente al mismo mensaje: ‘puedes hacerlo todo, en todo momento’. El tiempo frente a la pantalla da la ilusión de productividad. Esto tiene un impacto enorme, especialmente en los niños: acceso precoz a videojuegos que alteran la relación con el cuerpo y a pornografía que elimina el misterio de la sexualidad, moldeando sus fantasías desde muy temprano. Además, las pantallas posibilitan aislamiento y conexión simultánea: hoy nada parece existir si no está en una pantalla, lo que alimenta un voyeurismo y exhibicionismo generalizados.

AS._ ¿Y cómo afecta todo esto a la relación con el saber?

M.F.B._ Antes, el conocimiento se obtenía a través de vínculos con figuras de autoridad —padres, maestros, hermanos mayores—. Hoy, todo está a un clic, y la inteligencia artificial ha acelerado este proceso. Esto ha destituido a las figuras del saber.

Incluso hay pacientes que consultan a herramientas como ChatGPT sobre su propio tratamiento psicoterapéutico, fascinados con la aparente empatía de la máquina. Pero ese es un saber despersonalizado: los algoritmos responden desde la complacencia, mientras que el psicoanálisis apunta a la interpretación, aunque resulte incómoda.

AS._ Entonces, ¿podemos esperar que la inteligencia artificial llegue a superarnos?

M.F.B._  No. Como decía un colega, la esperanza para la humanidad y para el psicoanálisis es que la inteligencia artificial nunca superará la estupidez humana. Y esa estupidez es constitutiva: nos hace humanos.

Un animal salvaje no repite lo que le hace daño; un ser humano, sí. Estamos atravesados por pasiones como el amor, el odio y, sobre todo, la ignorancia. Freud demostró que reprimimos nuestra verdad más íntima. Privarnos de nuestra ‘estupidez’ sería privarnos de lo que nos hace humanos.

 

*Es director de la Clínica del Campo Freudiano en A Coruña (destinada a posibilitar un tratamiento psicoanalítico a personas con escasos recursos económicos), y docente del Instituto del Campo Freudiano. Fue presidente de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (2004-2006). Trabajó, durante treinta y cuatro años, como facultativo adjunto del Servicio de Psiquiatría en el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña. Es autor del libro La repetición como concepto fundamental del Psicoanálisis (2010) y de numerosas publicaciones en el ámbito del psicoanálisis y la salud mental. Colabora en la sección de Opinión de La Voz de Galicia bajo el título de «Los síntomas de la civilización».

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