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Navidad rima con ansiedad

COSAS DE NOELIA | Jueves 18 diciembre 2014 | 20:11

Llegó el momento de prepararse para disfrutar de las fiestas o de enfadarse por lo mismo. Sea como sea, hay que tomar aire que vienen curvas. Distribuir con quien pasarás cada una de las celebraciones es un ejercicio de organización que debería convalidarte una ingeniería; pensar en los respectivos menús, el pase directo a la final de MasterChef; y la decoración, un puesto fijo como escaparatista en una multinacional o en un bazar chino, según el caso.

El que es previsor tiene muchas satisfacciones. Los langostinos y las uvas congeladas desde hace meses proporcionan unos ahorros que dilapidar en regalos, en rebajas o en la inscripción de enero al gimnasio. Ves que tus vecinos tienen colgado el Papa Noel de su ventana desde Noviembre y en tu casa ni una flor de Pascua decora la mesita del salón, que ni has aprovechado el puente de la Constitución para poner el árbol.

Y te vas corriendo al supermercado para, al menos, poder ofrecer viandas navideñas a las visitas: mantecadas, hojaldres de esos pringosos, una botella de champán para brindar -del malo, del cabezón, que total, a quién le gusta el champán-, algo de turrón, el de chocolate, claro, y polvorones. Los de canela.

“¿No hay polvorones sólo de canela? ♫¡Navidad! ¡Navidad, dulce Navidad, la alegría de este día hay que celebrar♫ Vaya. Pues no hay. Bueno pues me llevo este surtido. ♫Las muñecas de Famosa se dirigen… ¡Anda mira! Viene un polvorón de coco, ya sabemos quien nos hará compañía hasta junio…”.

Te convences a ti mismo que aún hay tiempo para vivir las fiestas con intensidad, con alegría, con ilusión, teniendo todo preparado con antelación suficiente, para así evitar agobios y disfrutar de las películas temáticas y del sorteo del Gordo con la satisfacción del deber cumplido. Pero qué sería de una Navidad sin agobios ¿verdad?…

Sin agobios, sin atascos, sin ningún sitio para aparcar, sin gritar eso de “¡Observen cómo mueven sus cabezas!”, sin una queja sobre las luces “¡Qué escasas! ¡Ni se ven, no parece Navidad ni nada! En Madrid, en cambio, hay un alumbrado espectacular”, “¡Qué derroche, hija, si lo que gastan en luz se lo diesen a los necesitados… Uy mira… ¡Qué abriguito más cuqui para Trosky!”.

¡Luces! De este año no pasa: este año compras luces de cortina y las pones en la ventana, para dar alegría a tu calle. Blancas, que son más finas. ¿O mejor las de colores? ¿Ya son vintage? Y al final pones las que ya tienes dándote gracias infinitas a ti misma por haberlas enroscado bien a principios de año y no tener que desenredarlas ahora.

“Ni regalo ni me regalan” como máxima. Ante esa afirmación haces un gesto de desaprobación infinita negando con la cabeza. Luego la recuerdas con envidia durante la búsqueda desesperada de ese regalo de última hora que acaba siendo una colonia. En pack, que trae una crema de regalo y “te sale mucho mejor, chuli”.

Y te preguntas cuál era aquel regalo genial y original que habías pensado en octubre y que se te ha ido de la cabeza por ir dejando pasar los días a la par que aumenta esa presión en el centro del pecho. La presión en el centro del pecho. La maldita presión en el centro del pecho.

Si el tiempo pasa rápido, en Navidades supera la velocidad de los renos y del sonido de sus cascabeles al son de “You better watch out. You better not cry. You better not pout. I’m telling you why. Santa Claus is coming to town”. *[Mi apoyo a todos los profesionales que durante días y días, escuchan en su trabajo, cual cruel tortura, el mismo cedé de villancicos una y otra vez]

Los renos. Que en tu vida has visto un reno. Que odias la Navidad, que has mandado el vídeo del Papa Noel sexy y el Papa Noel borracho, que no crees en nada, que nada te hace ilusión, que te ríes de las tradiciones. Pero eso sí, te has tomado diez chupitos brindando y eres el más feliz con la diadema de cuernos de reno y el gorro de Santa Claus con luces.

“Prefiero regalarle al niño por Papa Noel porque así disfruta de los juguetes durante las vacaciones. En Reyes, ropa”. Bueno, ropa y un detallito, un juguete, un libro, un puzzle… ¿Sabes? Porque regalarle a un niño ropa, calcetines o un pijama en Reyes es una infelicidad. “Les regalamos demasiadas cosas y los niños se aturullan, pero es que… ¡Es que es gloria bendita ver la ilusión con la que abren los regalos!”… Regalos a los que dejan de prestar atención en seis minutos y se ponen a jugar con la caja. ¡Regala cajas!

“Ya están aquí las gracias en cadena por Whatsapp”. Que sí, que son un rollo, que te angustias al recibirlas, que ni descargas el vídeo… Pero si no recibes ninguno te mueres de la pena y, eso sí, el día 24 y el 31 en plena excitación de tan señaladas fechas y con el móvil en la mesa como un cubierto más, contestas a todos porque estás embriagado de espíritu. Pero contestas con un mensaje minimalista, pero propio, que copiar y pegar es de miserables.

“Lo único que me gustan de estas Fiestas son los reencuentros”. Vamos, como en verano, pero con bufanda y jersey, diciendo “Feliz Navidad” y brindando por el Nuevo Año cada vez que tienes un vaso en la mano. Porque hay que brindar. Hay que quedar para brindar. Y quedas para brindar. Y te agobias para quedar para brindar con todos. Pero hay que quedar. Que si no quedas no cumples, que si no cumples en Navidad cuándo vas a cumplir.

Hay que quedar. Quedar y brindar. Y brindas brindando por el brindis. Y alguien comenta que tampoco hay que brindar tanto. Y antes de cada sorbo brindas. Y quedas con diecisiete pandillas distintas y brindas. Y brindas con los compañeros de trabajo. Brindas hasta con el café. Brindas con los bolígrafos. Brindas por las mujeres que derrochan simpatía. Brindas (se alzan las voces) por seguir queriéndote toda la vida. Brindas en automático. Brindas por la Navidad hasta el 26-28 de diciembre y por el Nuevo Año hasta el 12 de enero. Así está establecido. Aproximadamente.

“Yo es que no salgo el día 31, prefiero salir el 30 que es menos rollo”. Igual que en la Universidad, cuando empezaste a salir el miércoles porque el jueves había demasiada peña, tío y acabaste saliendo el martes por el mismo motivo. “A mí no me gustan las Navidades, es todo hipocresía”. Porque hay que ser buena persona todo el año. Desde un punto de vista práctico, que exista un período para sacar lo mejor de uno mismo a mí me parece algo genial. “Mejor tener buenos deseos una vez al año que nunca”.

El postureo por excelencia es negar que te gusten las fiestas navideñas: para empezar, si te ves obligado a mostrar un deseo, dices “Felices Fiestas” en lugar de “Feliz Navidad”, no vayan a pensar que vas a la Misa del Gallo y le rezas al Niño Jesús. Postureo que resulta casi más cansino que “Los caramelos en la Cabalgata tiran a dar. A mí una vez me sacaron un ojo y el otro me lo sacó una señora abriendo su paraguas para recogerlos”.

“Las Navidades son puro consumismo”. Esto es muy cierto, como evidencia el hecho de que el resto del año compramos únicamente productos de primera necesidad. Los tópicos son adorables: las discusiones en la mesa, “Porque seas de izquierdas no tienes que ser pobre”, “Sé pelar los langostinos con cuchillo y tenedor”, “A mí me regalan mirra y les monto un pollo, porque, a ver, ¿qué es mirra?”, “Yo sé qué es mirra”, “Tú sabes lo que es mirra porque tienes internet, no vayas de listo”, “A ver ¿pero nadie va a comer un polvorón?”, y sobre todo “Papa Noel era verde pero lo vistió de rojo Coca Cola”… Si alguien no te dice esto algo está pasando, es una frase tan imprescindible como Ramontxu y su capa durante las campanadas. “¡Ay, qué bien, este año las presenta él otra vez!”.

Las campanadas. Qué momento. Ahí se concentra toda la ansiedad hasta explotar. Que en segundos tienes que despedir a un año y recibir a otro, pensando en los deseos. Que son las doce más especiales del año, que no te sientes igual, que te siente renovado, extasiado, totalmente cebado, empachado… ¡Que vas a cambiar de año! ¡Que hay gente que se ríe de cómo otra se atraganta con las uvas!

Ninguna otra tradición está cargada de tanta mezcla de sentimientos: cariño, buen rollo, rabia, nostalgia, alegría, culpabilidad y, sobre todo, tristeza porque falta un ser querido, precisamente por su ingrediente principal, que no es otro que la familia. Por último expreso mi más sincero deseo: por mucho que bebas y comas el día 24 y el día 31, si tienes cena, llega a tiempo, que los anfitriones se han pasado el día cocinando para que todo esté perfecto, vomita sin que te vean, prueba de todos los platos, discute, ríe y, por favor, no pongas el móvil encima de la mesa.

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