STELLA MARTÍNEZ | Martes 27 de enero de 2026 | 18:52
Sin carteles ni despedidas oficiales, fieles al estilo de una casa que siempre funcionó desde la honestidad, la tradición y la calidad, y con la mejor campaña de marketing posible: el boca a boca. Así cuelga el mandil Montserrat Casal, que se jubila tras medio siglo al frente de la panadería Santa Rita «a pie de cañón», como ella misma resume al echar la vista atrás a aquellos inicios entre hornos, cuando tan solo era una adolescente.
«Mi marido ya era panadero, hijo de panaderos de Neda, yo empecé con él a los 17 años y me gustó, porque aún sigo aquí», cuenta Montse. «A mí también me da pena, pero es ley de vida… te parece que no van a pasar los años nunca y pasan».
Santa Rita abrió sus puertas en 1976, pero su historia viene de mucho más atrás. Antonio, el marido de Montse, era hijo de La Charretera, una de aquellas panaderas que repartían el pan artesanal desde carros de caballos, manteniendo viva una tradición profundamente arraigada en Neda, villa ligada al pan desde el siglo XVI. Medio milenio después, la familia Castro recogía ese testigo sin saber que acabaría marcando a toda una comarca.

De Neda a suplir a todo Ferrolterra
El pan de Santa Rita no se quedó en Neda. Durante décadas, su obrador abasteció a hogares, bares y restaurantes de referencia como El Edén, Caserío Vasco o Barriga Verde, llegando a Ferrol, Narón, Pantín, Valdoviño y hasta Cedeira.
«Ahora siento que tengo que empezar a buscar un pan que me guste», confiesa Montse entre risas. «Viene la gente al despacho preguntándose lo mismo. Nosotros llevamos toda la vida comiendo el pan que queremos», un vacío que -a partir del sábado- será un sentimiento compartido en toda la comarca.
«Falta gente en todas las profesiones»
El cierre de la panadería Santa Rita no responde a una caída de la clientela. Todo lo contrario.
«La panadería estaba funcionando muy bien, pero no hay gente para trabajar», explica con rotundidad, subrayando el sacrificio que conlleva el oficio. «Falta gente en todas las profesiones, pero en la panadería es peor porque hay que trabajar de noche».
Pero aunque Santa Rita baje la persiana, el legado familiar sigue vivo en Ferrol. Sus hijos gestionan varias panaderías y pastelerías en la Avenida de Vigo, calle Pontevedra y calle Paraguay, en Ultramar, locales que funcionan de forma independiente desde hace años. «Eso es cosa suya, nosotros ahí ya no pinchamos ni cortamos», dice Montse con un orgullo discreto.
Ella, por su parte, no dejará del todo los fogones. «Una empanada o una bica puedo hacer algún día. Larpeiradas, sí, eso lo disfruto. El pan no… de eso ya estoy cansada».
No habrá celebraciones ni actos de despedida. «Nunca fuimos de anunciarnos. Abrimos un día, cerramos otro y se acabó».
Y quizá ahí esté la esencia de Santa Rita: en irse como llegó, sin hacer ruido, dejando atrás algo mucho más valioso que un negocio. Un recuerdo compartido, el olor del pan recién hecho de madrugada y la certeza de que durante 50 años alguien se levantó de noche para que desde Neda, Ferrolterra tuvieran pan sobre la mesa.













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