Nemesio Arquitectura: 90 años de experiencia, tres generaciones y un salto a Alemania

Nemesio Arquitectura. Foto: Alicia Seoane

Pocas empresas pueden presumir de cumplir nueve décadas manteniendo intacta la esencia con la que nacieron. Menos aún cuando se trata de una profesión tan ligada a los cambios sociales, tecnológicos y económicos como la arquitectura. Sin embargo, el estudio Nemesio Arquitectura llega a sus 90 años de historia conservando un mismo principio, la voluntad de construir pensando en las personas y en el futuro.

La actual arquitecta Magdalena López Martínez, nos atiende en el mismo estudio que abrió su abuelo, Nemesio López Rodríguez, en el año 1936, sus sillas, algunas mesas, y muchos utensilios de dibujo, respiran todavía el valor de un trabajo por el que el tiempo no ha dejado su huella. Mesas que sobreviven el paso de los años, sillas que llegan hasta la tercera generación, imágenes de los primeros renders que dibujaba su abuelo con carboncillo y a mano.

Corría el año 1934, cuando Nemesio López, natural de una aldea de Sarria, terminó sus estudios de Arquitectura en Madrid. Años más tarde, en una España marcada por la incertidumbre y el inicio de la guerra, decidió apostar por una ciudad que apenas conocía: Ferrol. «Mi abuelo, vio que Ferrol era una ciudad con potencial, con un arsenal y con una actividad que podía crecer. Apostó por venir aquí y yo creo que acertó», explica su nieta.

En aquellos años apenas había arquitectos en la ciudad. Nemesio coincidió con el entonces arquitecto municipal, Rodolfo Ucha, en una época en la que la profesión se ejercía prácticamente de forma pionera, ambos intercambiaban ideas sobre arquitectura, «mi abuelo era amigo de Ucha, y ambos tenían un concepto de la arquitectura, que es muy diferente a lo que vemos hoy».

Una herencia que pasó de generación en generación

La pasión por la arquitectura no tardó en convertirse en una tradición familiar.

Primero fue Nemesio López Rodríguez. Después tomó el relevo su hijo, Nemesio López Alvargonzález, y más tarde llegó la tercera generación, representada por Magdalena y por su hermano Nemesio, también arquitecto.

«Yo no me enamoré de la arquitectura, me enamoré de la felicidad con la que veía trabajar a mi padre. Veía que llegaba a casa encantado con lo que hacía, contando historias de las obras, y me preguntaba qué tendría esa profesión para hacerlo tan feliz», recuerda. Aquella fascinación infantil acabó convirtiéndose en vocación. Los veranos acompañando a su padre a las obras terminaron sembrando una semilla que hoy sigue creciendo.

Construir para las personas

Si algo define la filosofía del estudio es la ausencia de una arquitectura de autor entendida como una firma reconocible. «Yo no tengo una arquitectura propia. Tengo la arquitectura de mis clientes», explica Magdalena. Su manera de entender la profesión parte de una idea sencilla: escuchar.

«Un médico intenta que las personas estén sanas. Yo quiero que vivan en un entorno agradable, con buenas condiciones y confortable pero sobre todo que el espacio diseñado para cada cliente lo identifique».

Por eso sus proyectos pueden ser radicalmente diferentes entre sí: casas contemporáneas, rehabilitaciones de piedra, construcciones en madera o viviendas tradicionales conviven bajo una misma premisa, responder a las necesidades de quienes las habitan.

Sin embargo, todos sus proyectos respiran del mismo deseo, la pasión por una arquitectura perdurable, que vaya más allá de la tendencia, que sea respetuosa, y a poder ser que sea construída con los mejores materiales, dejando el menor impacto paisajístico posible.

Alemania cambió la forma de entender la arquitectura

Uno de los momentos decisivos de la trayectoria de Magdalena llegó de manera inesperada. Mientras estudiaba Arquitectura, suspendió alemán en la Escuela Oficial de Idiomas. La arquitecta siempre había sentido un interés por globalizar su trabajo, y poder acceder al mercado a nivel internacional. Magdalena ya hablaba varios idiomas, francés, italiano, e inglés, además de español y gallego, antes de comenzar con el alemán. Lejos de rendirse, decidió pasar un verano de prácticas en Alemania para mejorar el idioma. Allí descubrió algo que cambiaría para siempre su visión profesional.

«Empecé a ver edificios con espesores de aislamiento enormes, cosas que aquí prácticamente no existían. Y fue cuando conocí el estándar Passivhaus. Trabajé durante una temporada en Alemania, para conocer de primera mano, cómo se construía allí, antes de volver a Ferrol». Aquella experiencia la convirtió en una de las principales impulsoras de este modelo de construcción en la comarca.

Las casas pasivas o Passivhaus

Las llamadas casas pasivas buscan minimizar el consumo energético y maximizar el confort interior gracias al aislamiento, la hermeticidad y la ventilación controlada. «La gente piensa en el ahorro energético, pero lo que más sorprende a los clientes es el confort. No hay corrientes de aire, no hay humedades, el aire está siempre renovado y además el silencio es espectacular».

Aunque todavía resultan desconocidas para buena parte de la población, Magdalena está convencida de que las viviendas pasivas representan el futuro de la construcción. «Hay clientes que nos piden una casa sin calefacción. Y se puede hacer».

La arquitecta explica que estas viviendas están diseñadas para mantener temperaturas estables durante todo el año con consumos mínimos, reduciendo además problemas habituales en Galicia como las humedades y las condensaciones.

«En Galicia tenemos el clima perfecto para este tipo de construcción. Eliminamos muchos problemas históricos de las viviendas y conseguimos un confort muy superior».

                                                       

De Ferrol a Alemania… y vuelta a casa 

La especialización en arquitectura pasiva ha abierto además una nueva puerta para el estudio: la internacionalización.

En los últimos años han detectado un incremento de clientes extranjeros interesados en adquirir o rehabilitar viviendas en Galicia. Entre ellos destacan especialmente los alemanes. «Para ellos el estándar Passivhaus es algo conocido. Si vienen a construir aquí saben exactamente el nivel de calidad que van a obtener».

Esta realidad llevó al estudio a desarrollar un plan de internacionalización y participar recientemente en la Conferencia especializada en Essen, Alemania. Allí comprobaron que Galicia despierta cada vez más interés entre quienes buscan naturaleza, tranquilidad y patrimonio.

«Muchos ya conocían Galicia. Algunos habían venido por el Camino de Santiago, otros por el surf. Y valoran mucho lo que tenemos aquí».

Este año Nemesio Arquitectura ha desplazado a la feria un stand propio, «es curioso, porque éramos los únicos españoles, y además llevamos nuestro propio estudio, en lugar de otro tipo de stands más comunes como los de materiales de construcción». Además,  participar en esta conferencia les ha permitido no sólo, conocer los últimos avances en el sector, sino aprender de los errores y aciertos de otros arquitectos que llevan una larga trayectoria experimentando con este tipo de construcción de casas pasivas.

La visión de futuro que viene de familia

La capacidad para anticiparse a los tiempos parece haber acompañado siempre a la saga familiar. El abuelo Nemesio, estaba obsesionado con instalar ascensores cuando todavía eran considerados un lujo innecesario. En muchos edificios dejó previsto el espacio para colocarlos en el futuro.

Entre los edificios mas reconocidos del Estudio Nemesio, en su primera época, destacan el Ayuntamiento de Ferrol el Cementerio Municipal, los dos edificios emblemáticos de la Plaza España, el Plan del Ensanche, el Cine Avenida o el parque Reina Sofía además de 5.000 proyectos más que tuvo su abuelo entre planos.

Décadas después fue su hijo quien terminó instalando muchos de aquellos ascensores. Ahora Magdalena cree que le corresponde afrontar otro reto. «A mí me gustaría hacer la rehabilitación energética de los edificios de mi abuelo y de mi padre», se ríe.

Nemesio Arquitectura ha ido cambiando con los tiempos, donde antes eran siete personas haciendo planos atendiendo al que llamaba a la puerta, ahora es un estudio digitalizado e internacionalizado atendiendo a clientes de seis países en su idioma y con una red de colaboradores externos interconectados y trabajando en tiempo real.

Este año, se cierra un círculo iniciado hace 90 años por aquel joven arquitecto llegado desde Sarria que vio en Ferrol una ciudad llena de posibilidades. Nueve décadas después, el estudio continúa en el mismo lugar donde nació, pero con la mirada puesta en el futuro. Un futuro que ya no pasa únicamente por construir edificios, sino por hacerlos más eficientes, más sostenibles y más humanos.

Porque si algo ha permanecido inalterable a lo largo de tres generaciones es la idea de que la arquitectura no consiste solo en levantar muros, sino en mejorar la vida de quienes habitan entre ellos.