
RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Ferrol | Sábado 13 mayo 2017 | 21:50
Doble foco para un duelo vital, el que alternaba entre la relevancia estrictamente deportiva de la contienda y su incidencia más allá de las paredes del pabellón. El afán puede que hasta reivindicativo que encerraba un partido por algo más que un ascenso, por un golpe en la mesa para decir que hay quien merece mucho por su tarea.
Con Jacobo y Zala en el listado final, se encomendó al efecto de A Malata el conjunto de Diego Ríos. Más de 3.000 personas recibieron a O Parrulo para abrir la fase del desenlace al ritmo de un sueño, sí, pero una ilusión muy terrenal. Sostenida en tesón.
Los silbidos presagiaban algo conocido, que la grada era uno más. Que se le necesitaba. Rugió y empujó. Empezó más enchufado el cuadro local y algo más a la expectativa el Elche, que pronto destiló seriedad. Sin problemas se solventarían los apuros de inicio atrás.

Eran intentos para ver por dónde respiraba el muro anfitrión, que replicaría con Chicha para empezar a asentar las bases. Tibios, comprobando el panorama. Los ilicitanos, se comprobaría desde el pitido de apertura, no habían venido a especular. Por momentos, hasta parecía que su obsesión era distraer y esperar a que cayesen los frutos.
Óscar Ruiz estrenó por bando alicantino y el arbitraje ya comenzó a desesperar a la parte ferrolana. Se precipitaron los primeros relevos y entró Jacobo, arma arrojadiza casi a cada instante. Sucesivas ocasiones, nitidez para sorprender. Enfrente, sin exceso de credenciales.
Zala amagó con una jugada que dibujaba una tijera y después se seguiría incentivando de tacón. El rival pedía que se templase la maquinaria, que ya habría tiempo para perforar con claridad por la banda. Ante ese esquema, polivalencia en O Parrulo y un balón empeñado en pasearse.

Interminables, pasaron cinco minutos y el propio Jacobo logró el primero en el electrónico. La marea, ante meta local; como tabla de salvación, una respuesta seria. Rubi a la carrera, Illi tirando de reflejos y un bloque capaz de detener la pólvora del Elche.
Pese a la ofensiva con velocidad de un revitalizado Miguel, la enemistad con el larguero del contrincante acabó con el balón generando el empate tras una buena combinación. Su autor, Óscar Ruiz. Transcurría el 12. La ausencia de un antídoto efectivo puso el resto y un despiste permitió que aflorase la desventaja naval en el 16.
Con O Parrulo por detrás en el marcador tras el tanto de Juanito, podrían haber aparecido las prisas; esta vez, la mente se iba a negro por segundos pese a que se mantuviese la calma. Se resistía a base de actuaciones casi testimoniales.

Imprescindible el descanso, renació el plantel de Diego Ríos. Oxigenó el banquillo y reservó a sus puntales. Conectado a la exigencia de remontar, convirtió la cita en pasarela de idas y venidas ante un Elche con más músculo. Faltaba un último toque, una bota extra que llevase el esférico al fondo para culminar buenos diseños previos.
Vértigo al compás de la parroquia mientras Isma forzaba el cerrojo. Aguantaba, creaba y agitaba. Inyectando veneno también los menos habituales para devolver a su bolsillo una ventaja consolidada por saber hacer y valía. Manotazos en la mesa. Sin perder la fe, apretaba el currante y acorralaba al que suspiraba por la élite.
El empate de Diego Núñez encendió al pabellón en el ecuador hacia la conclusión. La fatalidad a balón parado propinó la bofetada en el 15. En segundos, otra. No desfallecieron los ferrolanos, hasta con Jacobo de portero y en pista. El Elche volcó su armamento; con un 2-4, su primer pasaporte al sueño. En Ferrol sigue intacto.