
RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Ortigueira | Jueves 13 julio 2017 | 21:35
Al compás del cielo, Ortigueira ha ido de menos a mucho más con el paso de las horas. De las nubes a claros tímidos, de calma a efervescencia. El Festival do Mundo Celta ha propiciado el lleno esperado en el corazón del Ortegal, preparada para el aluvión que cada verano realza su vitola de capital musical internacional y alegra de forma determinante su economía.
Con un detallado cronograma, el Concello blinda el acceso a puntos neurálgicos de su zona más céntrica, pero no encuentra especiales inconvenientes para acolchar tanto vehículo. Las plazas, claro está, son las que son, pero los visitantes siempre desbordan a la pequeña villa.
Sin atascos en la entrada, la oficina de turismo amplía su horario y atiende a personas de muy diferentes procedencias. Se escucha con bastante facilidad el idioma francés, pero también acentos de otras esquinas de España. Mezcla de indumentarias y peinados con un denominador común: un ambiente pacífico.

Los bares despachan bocadillos y tapas, las más emblemáticas que podamos imaginar en una carta por aquello de optimizar recursos. El Festival de Ortigueira genera empleo y beneficios en un municipio acostumbrado a la tranquilidad y mantiene la decencia, no hay repuntes en los precios que hagan temblar la cartera.
La imagen de cada año se repite: carteles publicitando la venta asequible de hielo y filas en los supermercados agolpados en torno a la carretera general. Mucha bebida y algo de comida, todo hay que decirlo. Protección Civil, con refuerzos andaluces, se planta en esquinas y rotondas neurálgicas.
El cinturón de circunvalación que bordea la zona vieja, la calle principal de la parte alta de Santa Marta o la salida a Morouzos. Se suceden las hileras de folkies, pertrechados, en especial, con carritos para transportar el avituallamiento y mucho equipamiento para pernoctar de cierta cadena deportiva.

A Ortigueira le sonríe la suerte. La huelga de autobuses, vitales en estas fechas, concluía a primera hora de la mañana del jueves. La flota de Arriva se dejaba ver con normalidad durante la jornada, ayudando al desembarco de visitantes y a traslados internos en el núcleo urbano.
Hay quien sostiene que es pintoresco; desde luego, es recomendable: Feve. El tren de la costa trae en sus vagones a un goteo constante de viajeros. Uno de ellos, evidente que ha afrontado un largo trayecto hasta el norte, besa el suelo del apeadero nada más bajar. Y eso que, marca de la casa, el retraso ha sido como de 15 minutos, apostilla gente de la empresa.
La vida no experimenta cambios sustanciales para los orteganos, que van poblando el perímetro de la casa consistorial con el paso del día. Alegra la marea de amantes de lo celta mientras su quehacer cotidiano prosigue su singladura más convencional de aquí para allí.

El Festival de Ortigueira consta de música, pero también se nutre de actividades paralelas. La inauguración oficial, incluyendo izado de banderas de naciones celtas ante el Concello, ha contado con el concierto de presentación a cargo de los gallegos Festa Rachada y Os Carecos, los japoneses Harmonica Creams y el dúo formado por Shun Yonemura y Xacobe Lamas.
A mayores, las bandas: Bagad Krevenn Brest Sant Mark, de Bretaña; The California and District Pipe Band, de Escocia, y, cómo no, la Escola de Gaitas de Ortigueira. Desde las 22:00 horas, se dirime en el Escenario Estrella Galicia la final del Proxecto Runas; en juego, un premio en metálico y un hueco en el cartel del 2018.
Optan Noreia, de Eslovenia; Gabriel G Diges, de Irlanda, y Koji Koji Moheji, de Japón. El fin de fiesta, desde las 01:00, viene de la mano de los escoceses Skerryvore y los gallegos Banda Crebinsky. Para quienes piensen en visitar Ortigueira, hay aparcamiento vigilado de pago en la salida hacia Espasante; será hasta el lunes y por precios de 10 a 45 euros.