Raquel Ferrández: «la inmortalidad digital intenta reemplazar lo irreemplazable»

La filósofa ferrolana plantea cuestiones en su ensayo 'Inmortalidad Digital' sobre cómo la tecnología está cambiando nuestra forma de entender la relación con la vida y la muerte
Raquel Ferrández, Inmortalidad Digital 1

ALICIA SEOANE | Viernes 29 de agosto de 2025 | 14:44

La filósofa ferrolana Raquel Ferrández acaba de publicar su último ensayo Inmortalidad digital. Una reflexión profunda sobre cómo la tecnología está transformando nuestra forma de concebir la vida, la muerte y el propio sentido de lo humano.

Tomamos un café aprovechando su estancia en Ferrol y hablamos sobre el futuro que dibujan corrientes transhumanistas, cada vez menos ficticias y más reales. Si miramos atrás, desde que comenzó la primera temporada de Black Mirror, hace catorce años, lo que nos parecía un futuro ficticio y lejano se ha vuelto cotidiano en poco más de una década. No son pocos los filósofos, maestros o psicólogos (entre otros profesionales) quienes alertan de los riesgos que conlleva aceptar el desarrollo tecnológico sin una visión crítica.

El próximo 9 de octubre en la Central Librera de la calle Dolores, estaremos con Raquel Ferrández conversando sobre su ensayo, en un coloquio abierto a participar a quienes estén interesados en estas cuestiones. Será a partir de las siete de la tarde.  Antes vamos entrando en materia.

ALICIA SEOANE._ Acabas de publicar el libro Inmortalidad digital. ¿De qué trata esta obra y por qué decidiste escribirla?

RAQUEL FERRÁNDEZ:_ En primer lugar, sentí la necesidad de plantear otra forma de relacionarnos con la tecnología y con la muerte. Estas dos cuestiones se cruzan en el concepto de inmortalidad digital, que engloba tecnologías que buscan suprimir el duelo, reemplazar la pérdida y la ausencia a través de chats de inteligencia artificial, avatares o proyectos de transhumanismo que persiguen volcar la mente humana en soportes digitales.

A.S._ Hablas de la inmortalidad digital como un fenómeno vinculado a la omnivinculación. ¿Qué significa este concepto que acuñas en tu ensayo?

C.F._ La omnivinculación es el deseo humano de estar conectado con todo y con todos, vivos o muertos. Hoy podemos chatear con difuntos, vincularnos a objetos mediante el internet de las cosas, practicar yoga con una aplicación o tener sexo con un avatar. Es una hiperconexión que normalizamos porque nos facilita la vida, pero que al mismo tiempo nos lleva a creer que incluso la muerte puede ser evitada.

A.S._  ¿No crees que este fenómeno de la omnivinculación conduce a una especie de psicosis colectiva, donde el ser humano deja de tener límites?

C.F._ Exacto. El riesgo está en pensar que podemos eliminar la muerte de la experiencia humana. La tecnología actual intenta reinterpretar lo que siempre se consideró natural: nacer, crecer y morir. Corrientes como el transhumanismo o el bioliberalismo defienden modificar la «naturaleza humana» para prolongar la vida o incluso erradicar la muerte. Pero negar la muerte es negar también una parte esencial de lo que nos hace humanos.

A.S._  ¿Está entonces la inmortalidad digital impulsada más por el miedo a la muerte que por el deseo de vivir?

C.F._  Sí, sin duda. Detrás está el horror a la desaparición. Aunque sabemos que hoy la tecnología no puede prolongar indefinidamente la vida, muchos buscan permanecer al menos como un avatar digital en ocasiones creado a partir de un «cuerpo informacional» compuesto por correos, redes sociales o blogs.

Pero eso no es lo que hemos perdido: lo irremplazable es el vínculo simbólico con el otro. Y lo que se intenta con la inmortalidad digital es reemplazar lo irreemplazable.

A.S._ ¿Cuál es el riesgo para la humanidad si el ser humano llega a creerse inmortal?

C.F._ El riesgo es que nos desconectemos del cuerpo, de sus límites y de su temporalidad. El cuerpo nos recuerda que somos finitos. Si creemos que podemos vivir para siempre, nos situamos en un plano de negación radical de la muerte que puede llevarnos a olvidar qué significa lo humano. El duelo es aceptar lo irremplazable, y una sociedad que lo niega es una sociedad infantilizada.

A.S._  ¿Qué papel tendría una cultura de la muerte menos negada frente a esta desaparición tecnológica?

C.F._ Si normalizáramos la presencia de la muerte en nuestra vida cotidiana —como sucedía en otras épocas, cuando se velaba a los muertos en casa o existían rituales comunitarios— la tecnología no ocuparía un lugar de suplantación.

Sería una herramienta complementaria, no un intento de reemplazo. Se trata de generar una nueva forma cultural de relacionarnos con la muerte, sin la nostalgia medieval de pensar que el pasado fue mejor,  pero sin negar que la muerte es inevitable.

A.S._  ¿Propones alternativas a esta visión transhumanista en tu ensayo?

C.F._ Defiendo una sociedad de baja tecnología, donde revisemos críticamente para qué usamos cada avance. No se trata de rechazar la tecnología, sino de regularla y contextualizarla: en la educación, en la cultura, en lo público.

El fetichismo de la innovación nos hace aceptar como positivo todo lo nuevo, cuando en realidad muchas innovaciones —como el capitalismo de vigilancia o el colonialismo de los datos— son profundamente dañinas.

A.S._ Para terminar, ¿eres optimista? ¿Ves esperanza en este escenario de hiperconexión y miedo a la muerte?

C.F._ Sí, totalmente. Frente a los excesos de Silicon Valley y del transhumanismo, surgen resistencias: movimientos por la regulación de la tecnología, propuestas de sociedades de baja tecnología y nuevas formas de relación con la naturaleza.

Creo que la esperanza está en reflexionar colectivamente sobre estos temas y en generar un cambio cultural. No podemos evitar la muerte, pero sí podemos transformar cómo nos relacionamos con ella y con la tecnología.