ALICIA SEOANE | Lunes 23 de febrero de 2026 | 20:30
Ignacio Castro Rey decidió escaparse del mundanal ruido a los 31 años de edad, en un momento convulso de su existencia donde él mismo confiesa haberse sentido en «volandas». Su obra ‘Roxe de Sebes. Mil días na montaña’ ha sido reeditada en gallego por la editorial Noudelo e Ribón. Este miércoles será presentada a las 20.00horas en el Centro Cívico de Canido.
Castro Rey nos atiende por video llamada, nos falta algo que creo que para ambos hubiese sido preferible: el cuerpo, pero tenemos la palabra. Él la domina a la ‘casi’ perfección, (el fallo nos hace más humanos). «Yo era uno de esos hombres que había pasado los últimos diez años de mi vida con una actividad muy intensa, creía mucho en la revolución, en el marxismo, eran tiempos en los que ansiábamos la democracia, veníamos de una dictadura. Pronto vimos en que se convertía todo, en ese momento yo no supe cómo afrontar todos mis ideales, porque se vinieron abajo. Y decidí huir».
«Como tantos pasaxes de Joyce, a imaxe da cabana en Roxe de Sebes era o sinal de que Deus e o mundo, dalgún xeito, tiñan que ser o mesmo».

Una cabaña en el Courel: su refugio
En una de esas crisis personales donde lo que uno creía, deja de funcionar, y tiene que volver a comenzar. ‘Roxe de Sebes’ es la cabaña en la que Igancio Castro vivió casi 3 años, buscando realizar «su gran obra»: Días, una obra que no llegó a cristalizar, pero cuya búsqueda marcó el arranque de un enorme trabajo poético, filosófico y crítico que impregna toda la trayectoria posterior del autor.
La cabaña fue su refugio, donde recuperó algo de ese niño que estaba camuflado bajo un hombre epicúreo, hecho a sí mismo, «hubo algo importante en esta experiencia recuerda, que es el niño como oposición al león, dos figuras claves en la obra de Nietzsche. Para mí, ese niño fue como recuperar algo que tiene que ver con la filosofía oriental, ese hombre que se permite su propia vulnerabilidad, la capacidad del juego, que no necesita estar constantemente en la lucha, poder hacerse invisible», explica.
«Coa cabana alí arriba, eu tiña que comprobar aínda que non hai fuxida deste mundo banal. Noutras palabras que é a propia intemperie a que ,ao cabo, nos ten que abrigar».
«La montaña fue una cura de humildad. Una superación de la arrogancia juvenil para volver a la fortaleza de la infancia». Aunque no renuncia a la épica de la juventud, descubre otra energía: la del juego, la flexibilidad, la vulnerabilidad. Una forma de fuerza menos masculina en el sentido tradicional.
Aislarse le permitió lejos de quedarse encerrado en sí mismo, aprender a salir al mundo, «incluso a mentir en un sentido figurativo, no tener que ser siempre auténtico. Permitirme estar en lugares pese a no sentirme identificado, poder hacer semblante sin que mi identidad se vea en juego», y añade «mi obra ha sido una reflexión entre ambos aspectos del hombre: la verdad y la banalidad».
La banalidad y la verdad
Hay una frase de Lacan -autor en el que Castro Rey es especialista- que menciona en el libro, «Solo un buen chiste, resume una vida. La vida más banal», y entre ambas dualidades el autor va conformando toda la obra, que mezcla poemas, y versos al modo de un haiku, donde el tiempo, las rutinas y los ciclos de la vida son los protagonistas. Otra parte es de correspondencia entre el autor y su familia en este periodo de tiempo. A mayores en la obra se incluyen dos ensayos, donde el autor puede extenderse en su reflexión tras la experiencia, y su mirada sobre el territorio.
En su relato aparece constantemente una palabra: lo real. No como sinónimo de realidad cotidiana, sino como aquello que desborda cualquier sistema ideológico o simbólico. «Mi encuentro con la montaña fue ante la sombra de lo real encarnada en un paisaje. Allí aprendí algo decisivo: que no se puede vivir permanentemente en contacto con lo real sin volverse loco, pero tampoco se puede vivir sin él. Es necesario la parte superficial de lo humano, lo más tonto, lo más cotidiano».
«En resumo o mundo e o deus, tempo e ser. Apariencia o verdade- grazas á vida absoluta da morte, unha escuridade que escintila ‘rertornando eternamente’ coma cerna do real».
Espiritualidad terrenal
Su obra respira olores de Walt Whitman, de Clarice Linspector, y de otros muchos autores, pero su espiritualidad es terrenal, anclada al olfato, al tiempo, al gusto, al cuerpo, a donde sucede la vida, «mis influencias académicas, funcionan como resonancias de una experiencia directa: el contacto con la banalidad cotidiana como salvación. Cocinar, pescar, madrugar, limpiar nieve. La rutina como sabiduría».
«Baixando dende o día gris da montaña, abril estala de súpeto nos ameneiros do río».
En las 234 páginas de su obra, nos encontramos también con un pequeño conjunto de fotografías, que nos muestran la belleza indecible de un paisaje brutal, pero también del paso del tiempo, de la luz… Una obra que como las grandes obras sólo nos muestra la materia de la que estamos hechos. Los mil días en la montaña fueron una vuelta a casa, no solo para el autor, sino también para quien se zambulle entre sus páginas, porque en palabras de Ignacio «la verdadera revolución se hace en el interior de nuestra propia cárcel».

Todas las imágenes fueron tomadas por Ignacio Castro Rey, y aparecen junto a otras imágenes en su libro ‘Roxe de Sebes. Mil días na montaña’.

