
RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Cabanas | Viernes 5 marzo 2021 | 21:50
Cabanas alumbra con luz desconocida. Habituados a que su templo para el turismo sea el entorno de A Madalena, esa misma franja ribereña y el interior más rural del municipio exhiben rincones por los que se pelearía cualquiera de esas guías. Ya saben, que no es necesario coger un avión para elegir entre playa o montaña.
Ahora bien, es imposible obviar que su principal playa y el pinar aledaño son visita recomendable para quienes busquen un día con los suyos con todo al alcance en apenas un puñado de metros. Siempre de moda, es polo de atracción para foráneos y oriundos que pretenden aguas relajadas.

Arena que evoque a lugares exóticos y árboles que rememoren con su caída a cualquier isla desierta. La vegetación baja y los restos de la corriente salpican la larga lengua de terreno en pleno estuario del Eume. Es la versión complementaria que Pontedeume ofrece al otro lado del río, eminentemente concebida para el descanso.
Una prolongada línea de segundas viviendas se asoma a los confines de la ría entre paseos privilegiados. No todo el mundo puede bajar de su casa y manchar el calzado porque apetezca aproximarse a la orilla. Casas con historia, de nuevo diseño o chiringuitos son parte del paisaje.

Señales marítimas, como si esto fuese el bravo océano, y la tierra que desciende sin ser pisada en los laterales de la playa. Al salir de su poblado pinar, bastan unos pasos para que la carretera nacional nos coloque de repente en el epicentro urbano cabanés. De la clásica churrería Las Vegas al callejero marcado con placas que recogen el legado de la tradición local.
De ese mismo entorno parte prácticamente el Roteiro da Costa, arreglado en fechas recientes y que permite caminar sin obstáculos de A Madalena a Río Castro previo paso por Chamoso. Casi 2 kilómetros que se pueden completar en media hora con una panorámica litoral y un atardecer en Chamoso que es gratis porque no habría forma de pagarlo.

El sendero, además, brinda un regalo a mayores: poder caminar hasta los confines de Redes, ya en el vecino Ares, y saltar de acantilados a la apartada Chamoso. Esta última playa incluye los vestigios de un antiguo molino de mareas. Cabanas es mucho más que la luz de la costa, también es la paleta de colores más templados de su interior.
La convivencia natural con su cauce fluvial y el bosque se plasma en el puente colgante de Cal Grande, el primero de este tipo del parque de As Fragas do Eume. El gran pulmón verde del norte gallego es un filón por explotar y ofrece entrada y menú alternativo al suculento plato que entregan ayuntamientos limítrofes.

Desde el puente existe la alternativa de abrochar una ruta desde la iglesia de Irís acariciando al río o hacerlo desde Pontedeume, pero eludiendo el fragor de la batalla del ruido. Aquí hay espontaneidad, aquí hay lujo a lo lejos sin tirar de prismáticos. Es más, el monte trasero a la casa consistorial, el Pico Castro, es una de esas atalayas. Y hay más todavía.
La aldea de Xabariz, en Soaserra, sorprende con su estampa, fijada por el camino que parte de la iglesia y que desemboca en el núcleo tras un puente y un sendero. Un hórreo con reloj de sol confirma que no es un lugar cualquiera. La propia iglesia sirve de inicio de uno de los accesos a Caaveiro, corazón de As Fragas.

Cabanas improvisa, pero parte de una base sólida: le sobran esquinas por catar. Desde ahí, al gusto del consumidor. Por cierto, todas y cada una de esas rutas se vuelcan en la web del Concello.
El mismo monasterio de Caaveiro a lo lejos desde sus Terras Altas y el Pico Castro, el viejo camposanto de Regoela dotado de conchas o el periplo por los molinos que jalonan el río Ventín. El que fue restaurante Muíño do Trigo o los restos de un molino de mareas, al alcance con solo aparcar en la iglesia de San Martiño.

El sonido de las campanas como única interrupción, la reminiscencia modernista en sus edificios más señoriales. Las amplias praderas que resbalan hacia el padre de los ríos de nuestro mapa. Ruge su líquido componente, abre manantiales. El guiño a la suerte del Marco do Salto, la piedra redonda que divide Salto, Laraxe e Irís.
Hay que ir y regresar de ese punto antes de la medianoche, en silencio y con algo de aquel a quien queremos ayudar. Caballos y ovejas después de que hayamos despejado con nuestras propias manos el frondoso manto que cuaja en el firme. Discretas residencias que no escuchan los ecos del tiempo difícil de frenar, evadirse entre cultivos.
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Creer que la fila de árboles de A Madalena es una isla, con o sin tentaciones. Entre el verde y el azul, de aguas abiertas a monte recóndito. Por si creías que ya conocías todo en tu misma comarca.
(Fotos: Mero Barral© – 2021. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.)