Suso Basterrechea toma la calle con su nueva serie: «Ego?, sí. Pero tamén humor e honestidade»

Obra de Suso Basterrechea

ALICIA SEOANE | Miércoles 18 de marzo de 2026 | 10:45

La última serie de Suso Basterrechea, ocupa el espacio publico de las calles de la ciudad, desde un lugar donde él mismo es el material de su propio trabajo.  Su nueva serie nace de un regreso. Octubre. Ferrol. Motivos personales. Y un reencuentro, no solo físico, sino también ideológico.

Allí vuelve a aparecer una influencia que nunca lo abandonó: el pensamiento del movimiento Fluxus, esa corriente de los años 60 y 70 que entendía que el arte no debía limitarse a crear objetos bellos o de mercado, sino interactuar con la vida, con la sociedad, con lo cotidiano.

Ese concepto lo atraviesa todo. Porque si Marcel Duchamp llevó un urinario a una sala de exposiciones para convertirlo en obra de arte, Fluxus dio el paso inverso: sacar el arte del museo y llevarlo a la vida. Y ahí es donde Basterrechea se mueve con naturalidad, humor e ironía, poniendo su propio ego al servicio de su obra.

El arte como forma de vivir (y de sobrevivir)

Sus piezas, impresas con fotos y pegadas sobre muros de la ciudad, «son esceas da miña vida, de situacións reais, y algunha vez algunha inventada, unha licencia poética», explica Basterrechea.

Pero lo que parece una colección de momentos personales es, en realidad, una construcción mucho más compleja: una mirada irónica sobre el presente, sobre la política, sobre el propio ego y sobre la imposibilidad —o la necesidad— de cambiar el mundo. Porque en su obra aparece él. Siempre él, como materia prima sobre la que trabajar lo cotidiano. No siempre el tema está tan lejos de uno mismo. A veces el tema está dentro.

En esas imágenes el artista dialoga con su propia faceta de político, en imágenes en las que aparece con el actual alcalde de Ferrol. Otras con figuras políticas con las que ha compartido espacio, como Yolanda Díaz. Y en ocasiones, también, con personajes con los que nunca estuvo, como Donald Trump, «Unha mezcla de ficción e realidade do que foi a miña propia vida política».

Realidad y ficción se mezclan sin pedir permiso. «Hai xente que pensa que me están atacando ou que alguén me está facendo unha caricatura», reconoce. Pero no. Es él quien se pone en jaque a sí mismo, quien se ríe de sí mismo, en una actitud «de ego, pero tamén de humor e de honestidade». Y ahí está la clave.

Ironía frente a la utopía

Basterrechea no es ajeno a la política. De hecho, su forma de entenderla nace directamente de esa visión artística heredada de Fluxus: la creatividad como motor de transformación social. Pero el tiempo pasa. Y las utopías también envejecen.

Aquellos movimientos que creían en una revolución posible se encontraron con un mundo «despiadado», como él mismo sugiere. Y medio siglo después, la respuesta ya no puede ser la misma.Por eso el tono cambia. Por eso aparece la ironía. «Agora téñoo que abordar dunha maneira máis irónica», admite.

No como renuncia, sino como adaptación. Como herramienta. Como defensa. En su obra hay política. Hay crítica. Hay ego. Pero, sobre todo, hay humor.

Un humor incómodo, a veces malinterpretado, que juega con la imagen pública del propio artista. Que lo expone. Que lo exagera. Que lo desmonta. «O sentido do humor é rir de un mesmo», resume. Y esa frase, aparentemente sencilla, es casi una declaración de intenciones.

Porque en un contexto social complejo —a nivel local, nacional e internacional—, donde el desencanto convive con la tensión, la propuesta de Basterrechea no es evasiva. Es frontal. Hablar de política, de amor, de poesía… pero desde la calle.

Un formato que sale del espacio expositivo

La serie no se queda en las salas. Tiene vocación de calle. De contacto directo. De diálogo con quien pasa, con quien mira sin buscar arte. Y eso, de nuevo, conecta con esa raíz conceptual: el arte no como objeto, sino como experiencia. Una experiencia que, en este caso, parte de lo personal para llegar a lo colectivo.

Que utiliza la imagen del propio artista como espejo. Y que, en el fondo, lanza una pregunta incómoda, ¿y si la única forma de entender el mundo fuera empezar por reírnos de nosotros mismos?

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