
RAÚL SALGADO | Ferrol | Martes 18 abril 2017 | 17:30
Cuánta gente. Qué gusto. Bueno, para qué negarlo, es agradable que sea únicamente por unos días. Puede convertirse en una odisea no encontrar un hueco en el que aparcar, que en bares o restaurantes haya colas hasta la puerta y que recurras a los codazos para avanzar por la calle Real. Ay, la calle Real. Esa en la que encontrarse a toda la ferrolanía en la diáspora.
Como siempre, dos bandos: quienes vuelven con ganas y los que lo hacen con la boca pequeña. Porque siempre habrá quien se escude en que viene a ver a su familia y que cómo está todo aquí, pero la cuestión es que regresa y se deja ver. Quién sabe si el postureo se inventó por estos lares.
Buena parte de los ferrolanos más brillantes de mi generación y de otras aledañas cogieron la maleta. En realidad, es una lacra histórica, pero puede que la crisis (esa sí que la ideamos por aquí) generalizada abocase a soluciones menos deseadas en especial en estos últimos años. Ingenieros, diseñadores, periodistas.

Siempre hemos nutrido rincones en los que hace falta gente trabajadora. Seamos sinceros, no se nos conoce (a los gallegos en general) por ser vagos.
Entre los focos que convierten a la milla de oro de A Magdalena en pasarela de moda, aunque inicialmente se coloquen para iluminar las procesiones y su transmisión televisiva, desfilan quienes consolidan el deporte local por antonomasia. Hablo de fingir que no se ve a alguien a quien se conoce de toda la vida.
Casi lo prefiero, también es verdad, a las sonrisas de compasión. A los consuelos, como si estar en donde quieres estar sea de fracasados. En una era en que aparentar ha pasado de ser algo distintivo de Ferrol a paradoja mundial, el caso es dar a entender que todo va de maravilla. Y que los demás están equivocados.

Por suerte, esta máxima en la que siempre he creído, al menos eso noto, gana adeptos a mi alrededor. En esta ciudad no somos más raros que un perro verde, como tampoco en las demás están exentos de peculiaridades aunque aumenten su burbuja. Pecamos de pesimismo mientras otros se pasan con tanto alarde y con creerse el ombligo del mundo.
El lleno ha sido antológico, es evidente. La Semana Santa arrastra, se sabe más allá de As Pías que es un momento del año en que da especial satisfacción estar aquí. Pero, no lo dejemos a un lado, la bonanza meteorológica ha sido determinante. Tal riada me llevó (anécdota) a entrar en un céntrico bar por primera vez en mi vida.
Los momentos bonitos son fugaces. Como en Navidad, ojalá una semana así nos hiciese ver las cosas de otra manera. Remar juntos. Bueno, y que los que vuelven (a casa vuelven) por Semana Santa saluden. Somos los de siempre.