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Una educación para el futuro

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio | Miércoles 29 junio 2016 | 9:25

Hace pocos días que tenemos a nuestros hijos en casa disfrutando de su merecido descanso tras un nuevo curso escolar en el que, como padre y como docente potencial dentro de las estructuras oficiales, tengo que decir que me quedan las mismas dudas con las que arranqué el curso a la par que lo hacía mi niña.

Creo firmamente en que la educación es una construcción compartida entre las familias, las escuelas y la sociedad que nos acoge, por lo tanto, nada de lo que escriba aquí hoy va a ir dirigido hacia nadie en concreto ni hacia ninguna de estas Instituciones sino hacia nuestro modelo educativo en general, y claro está, no deja de ser una opinión argumentada.

Estaremos de acuerdo en que la explosión tecnológica en que vivimos nos exige como sociedad una respuesta acorde, porque de lo contrario se genera una brecha cada vez más grande entre los intereses de las generaciones que han nacido en la actualidad y las personas que ya venimos de otros tiempos.

Sin embargo, año tras año, observo con atención e interés como se van produciendo las adaptaciones de los centros educativos a este nuevo tiempo tan atractivo y cambiante, y debo de decir que todavía no soy capaz de encontrar o de entender, asumo mi falta de capacidad si alguien es capaz de señalarme los cambios, cómo se está realizando.

Mantenemos un modelo que fue creado en otra época, con otros objetivos y dudas. Cuando se empezaba a resolver el derecho a la educación universal, el derecho de todos nosotros a poder tener una educación. Pero es que ese modelo corría al lado de una revolución industrial, económica y social; pero son tiempos más que amortizados, ahora estamos en una época totalmente diferente, con otros retos y con necesidades que hay que afrontar de una manera distinta a cómo se hizo en aquel momento histórico.

Todos nuestros hijos tienen acceso a la tecnología en mayor o menor medida, la restrinjamos más o menos, los guiemos o los dejemos más libres; pero estaremos de acuerdo en que nadie puede ni debe de crecer a espaldas de su tiempo.

Nuestros niños están siendo permanentemente estimulados, quizás más que nunca, y nosotros seguimos exigiéndoles que estén quietos y sentados escuchando mientras alguien les explica cosas que no les llegan a interesar del todo, simplemente porque se las ofrecen casi de igual forma que hace varias generaciones y encorsetadas bajo las mismas fórmulas de siempre.

Muestran una actividad extraordinaria, un interés desmedido por todo, preguntan hasta por el detalle más insignificante desde nuestra perspectiva de “adultos”, ¿esto es negativo para alguien?, entonces ¿qué hacemos para iluminarles el camino del descubriento?. ¿No será que se lo estamos apagando?.

Nunca hemos tenido tanta estimulación y nunca hemos tenido al mismo tiempo tanto niños medicados por síndromes relacionados con el exceso de actividad o la falta de atención. Quizás, en bastantes casos, podamos hacer más por ayudarles a descargar su actividad y para aventurarse dentro de sus inquietudes.

Les negamos el acceso a las ramificaciones de su interés simplemente porque no son el camino trazado, ¿y que hubiera sido de nuestra humanidad si no hubiera habido personas que decidieron salirse de este camino recto?. ¿Cuántos hoy considerados genios fueron rechazados por sus maestros en algún momento de sus vidas?. ¿A cuántos habremos perdido tras un rechazo que no fue tan bien superado?. “¡Ayúdame a relajar a mi hijo!”, escucho con regularidad.

Está bien que tratemos de sosegar a un niño descontrolado, pero no olvidemos que quizás lo que está pidiendo a gritos es desahogar su interés. Vivimos dentro de contradicciones; no parece muy lógico por ejemplo que en centros en los que hay acceso a internet y habiendo multitud de plataformas de uso libre sigamos viendo como nuestros hijos ven dibujos de otras razas humanas, animales, construcciones o tipos de paisaje.

¿No sería más lógico mostrarlos en otros formatos?. Contamos con fotografías y grabaciones de todos los tipos entre las que escoger. Estamos rodeados de aplicaciones para móvil y programas informáticos que nos sirven de soporte para lo que queramos, ¿ninguna podría ayudarnos a atender mejor los intereses de nuestros niños en los colegios?. Son solamente algunos ejemplos de cuestiones que parecen evidentes y que sin embargo siguen inmutables.

Claro que a nuestros hijos les atraen los dibujos animados y que son quizás una forma más dijerible de mostrar la información, pero no puede ser la única. Busquemos más motivos de cambio. Nadie niega ya que existen distintos tipos de inteligencia, y cada uno de nosotros podría tener de manera potencial un camino extraordinario por descubrir si somos capaces de explotarlo tal y como venimos diciendo.

Sin embargo, nuestras estructuras educativas siguen atendiendo casi de manera exclusiva los contenidos de tipo numérico y las letras, ¿qué sucede, entre otros, con las artes y con el movimiento corporal?. Estamos de acuerdo en que la danza, la música o el deporte generan un gran interés en nuestra sociedad y que apoyan cualquier iniciativa enfocada en la salud integral de las personas; pero seguimos viendo que no tienen la mayor repercusión en el curriculum escolar.

Valoramos y se pagan grandes sumas de dinero por ver espectáculos de danza o grandes conciertos pero la música y la danza apenas tienen cabida en los colegios; ¡ya apuntaremos a nuestros hijos en actividades extraescolares!.

Lo mismo cabría decir si hablamos de la educación física por seguir el argumento; apenas cuenta con importancia, y por encima vemos como muchos compañeros de profesión llevan tiempo centrándose en incrementar los contenidos teóricos de los deportes, supongo que para igualarse a las otras asignaturas “importantes”, cuando lo que es realmente valioso es el aprendizaje práctico y técnico, que es lo diferenciador y lo que le va a permitir al alumno expresarse en libertad o explotar ese potencial del que hablamos. ¿No vivimos en un contrasentido en nuestro sistema educativo?.

Incluso cuando tratamos los temas de espiritualidad, y no hablo ni mucho menos de las clases de ninguna religión, sino de un concepto mucho más amplio y profundo, y a la par, del estudio de las emociones o de los afectos, podrían perfectamente aparecer incluidos en los contenidos obligatorios de nuestros colegios.

Porque el objetivo es ayudar a formar ciudadanos que tengan una buena calidad de vida, y solamente con número y letras no lo vamos a conseguir, sin que este argumento desee quitar ni un ápice el valor de ambos. Después pediremos a nuestros niños que sean creativos y que aprendan a pensar por sí mismos, y a nuestros adultos que sean capaces de afrontar los cambios y crisis vitales con optimismo y acierto, que controlen sus emociones y que sean emprendedores.

Repetiremos con insistencia mensajes acerca de la importancia del ejercicio físico, la alimentación equilibrada y los hábitos saludables. ¿Cómo vamos a ser sociedades emprendedoras si se nos restringe el conocimiento?, ¿cómo vamos a emprender si el objetivo de nuestros universitarios sigue siendo conserguir una plaza fija en el Estado?. ¿Cómo vamos a ser sociedades equilibradas si anulamos casi por completo el interés de nuestros niños?.

Si estamos de acuerdo en las teorías de las inteligencias múltiples, ¿no sería más lógico un curriculum educativo que contemplara esta riqueza potencial del alumnado?, ¿realmente u curriculum único atiende a tanta diversidad?.

Llegando al final de este artículo de opinión, debo de decir que mantengo la idea de que seguimos formando a nuestros niños en la mejor manera de superar exámenes, pruebas de acceso para que con suerte puedan avanzar paso a paso dentro de las estructuras académicas y poder con ello alcanzar el conocimiento establecido.

¿Estamos realmente preocupados por aprendizajes significativos o lo que nos preocupa es que superen el próximo exámen?. Tan ocupados porque nuestro hijo no vaya a quedarse relegado en la estructura de avance educativo que ni siquiera nos paramos a evaluar si vamos por el camino correcto en su formación como personas y en beneficio de su calidad de vida, queremos que apruebe y que siga adelante.

Hace unos días escuchaba en la radio una de esas frases de célebres pensadores de nuestro tiempo al que parece que le preguntaron: “Maestro, ¿para qué vivir?”; a lo que éste respondió: “¡para vivir!”. Nuestro mayor objetivo, al que tendremos que ayudar desde todos los puntos de vista, es vivir con plenitud. La familia, la escuela y la sociedad tendrán mucho que decir en ello.

José Barcia Tuccelli es licenciado en Educación Física y en Psicología y tiene una amplia experiencia en el campo del ejercicio físico, la salud y el deporte de rendimiento. Para más información podéis visitar su página de Facebook.