SANDRA REGO | Cádiz | Lunes 21 diciembre 2015 | 22:12
Es diciembre. Y como tantos otros emigrados que se reparten por toda la geografía nacional e internacional, hemos comenzado a llenar nuestros Facebooks e Instragrams con fotos y frases morriñentas del estilo: «@reichdalama: Me acuerdo cuando decía que Ferrol apestaba, me equivocaba. Pero creo, que hace falta irse para poder echarlo de menos y volver a cogerle el gusto».
Y como esta frase, muchas más que reflejan ese sentimiento masoquista que nos nace desde dentro. Porque hay que ser ferrolano para saber bien lo que es una relación amor-odio con nuestra ciudad. Somos los primeros en «rajar» sobre donde hemos nacido, pero también los primeros en emocionarnos con los primeros acordes de Los Limones y de defender a ultranza nuestro Ferroliño si algún foráneo se mete con él.
Este año a mí me ha tocado cambiar el Norte por el Sur, pero sigo viendo astilleros al lado del mar y la palabra Navantia al cruzar un puente. Aquí también hay almirantes y Estrella Galicia, así que a veces me autoengaño pensando que estoy en casa, pero nada más lejos de la verdad. Me encuentro a, exactamente, 1.097 kilómetros de distancia, a 11 horas en coche o 17 en autobús. Y sí, he de admitir que por mucho sol que tengamos aquí y por mucho que «necesitemos un poco de sur para no perder el norte», me quedan 2 días, 10 horas y 43 segundos (o quizás un poco menos depende cuando lo estés leyendo), para volver a Ferrol.
Aunque en Cádiz haya el mismo Atlántico que en Galicia, el encanto es distinto. No hay nada más mágico que recorrer alguno de los arenales favoritos en Navidad con tu familia, pasear el «chuchiño» por Doniños o tomarte un café bien calentito en Valdoviño mientras oyes el rugir de las olas y el modo poético e inspirador te pilla descansando.
Además, no puede faltar ponerse al día de los cotilleos ferrolanos. Acercarte a la plaza de Armas para ver si sigue en pie y comenzar a calentar la sonrisa para el circuito de #postureoferrolano que comienza en la calle Real bajo las luces navideñas y termina en el Blabla/Cafelito dependiendo de la generación en la que hayas nacido.
Ganas de volver a Tasca da Vella, de quejarme de nuevo de la lluvia, de escuchar el acento riquiño por doquier, de beber Alvariño (¡un buen vino para el frío!), «encherme» a pulpo, marisco y empanada, recorrer la calle Magdalena haciendo la misma ruta de siempre, observar las tiendas que han cerrado pero también las que han abierto nuevas, e ir a saludar a mis amigos Capunchocito, Canalejas y Marqués en paseos interminables.
Aquí no tendremos Zambombas como en Jerez, pero el coro Diapasón ameniza las calles del centro a base de panxoliñas y podemos pasar las tardes acompañando a los más peques a visitar el clásico Belén de la Orden Tercera o discutiendo en grupos interminables de whatsapps dónde vamos a terminar este Fin de Año. Aunque también hay una parada obligatoria menos hedonista para muchos estudiantes expatriados: el Aulario. Lugar al que acuden hasta aquellos que no tienen que estudiar para poder ver a algunos de sus angustiados amigos que, víctimas del Plan Bolonia, tienen exámenes a la vuelta de la Navidad.
Quizás una de las cosas que más echo de menos es saludar a algún rostro conocido cada dos minutos un sábado de noche. Después de meses de pasar desapercibidos en nuestras respectivas ciudades de acogida, es hora de retomar el saludo con amigos y conocidos que nos cuenten por enésima vez el gusto que da ver el centro abarrotado de gente.
En una palabra, estas navidades toca Ferrolanear con mayúsculas. Ferrolanear tanto que volvamos con las pilas cargaditas a nuestros múltiples destinos para aguantarnos la morriña hasta las próximas vacaciones y llenarnos la boca al decir uno de nuestros topicazos favoritos, y es que, no tan en el fondo, «Ferrol Mola».