M. CORRAL | Ferrol | Miércoles 1 junio 2022 | 22:15
En Ferrol no sabíamos que necesitábamos una ventana con vistas a la desembocadura del Tejo hasta que llegaron ellos y desplegaron un mosaico de piedra en el suelo, ofreciendo natas y vinho verde, consiguiendo que vuelen las tazas de café y que las andorinhas se queden suspendidas en el aire, al fondo, donde siempre hay sitio y la luz es más intensa e indiscreta.
El ferrolano Antón Salgado y la lisboeta Sofía Rosa abrieron hace seis años, el 1 de junio de 2016, el Lusitânia Café en el 137 de la calle Real, donde había estado abierta tantos años la Suiza. Se trajeron un pedazo de Portugal que cuidaron con mimo: apostando por el buen café, repostería variada, helados artesanos y la mágica posibilidad de poder desayunar en cualquier momento del día. Benditos sean.
Esto lo han aderezado con una sonrisa que nunca falta a pesar de las horas de trajín a uno y otro lado de la barra y la ausencia de vacaciones, compaginando su amabilidad con la de todo su equipo: gente feliz. Aunque los años se van acumulando, en Lusitânia una no deja de sorprenderse porque son personas creativas, inquietas, con ganas de avanzar y de contribuir a mejorar Ferrol, pero también porque un día pueden atenderte las Tanxugueiras y al siguiente Amy Winehouse.
Mención especial para la pizarra que nos saluda desde la entrada, que lo mismo anuncia que es 25 de abril y que al fascismo no lo queremos «nunca máis», que da la bienvenida en varios idiomas al pasaje de un crucero que acaba de atracar en el puerto o nos ofrece unos gofrades en plena Semana Santa. Después, otro día aplaude el estreno de Rapa y al día siguiente se solidariza con Ucrania. Los mensajes, una maravillosa miscelánea, pueden leerse en su Instagram.
La clientela del Lusi acude como si éste fuese una prolongación del salón de su casa: lleva a amigos o va sola, con un libro para ojear durante el rato del café. También se convocan reuniones que tienen siempre un final feliz. «Ola, Martiña, bom dia, que vai ser». Cómo no quererlos. Cruzar ese umbral puede llevarte a saludar a la videógrafa Catu Martínez o a la fotógrafa Alicia Seoane, pero una tampoco tiene que socializar si no quiere.
Para eso, estratégicamente situadas a ambos lados de la entrada, están sendas mesas pequeñas, para dos personas, que se han convertido en una suerte de contrapeceras haciendo la competencia a las que se cobijan bajo los frescos de Bello Piñeiro en el Casino Ferrolano. Para ver sin ser vista. Y la que firma, que desayuna feliz en una de ellas, se turna anárquicamente con Cristina Moreira y Xende López en un pacto de no agresión que algún día sellaremos en las stories de Instagram.
A Antón le debo un reportaje sobre La Bolera, el local que tuvo su padre también en la calle Real, pero tendrá que conformarse por ahora con estos párrafos de felicitación y de agradecimiento. Porque, sobre todo, pretendo eso: agradecerle a él y a Sofía que hayan apostado por Ferrol abriendo un café donde hay taburetes desde donde los sueños se ven más de cerca. Larga vida al Lusitânia.
