
RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Mugardos | Viernes 26 marzo 2021 | 22:25
A Mugardos le sobran lugares por marcar en el mapa, pero quizá es de los municipios que no aparecen en las grandes guías turísticas cuando la lupa se aproxima a Ferrolterra. Es agua en esencia e interior que también se asoma a la ría. Una estrecha lengua de tierra entre Ferrol y la otra gran ría, la de Ares.
De todo su alrededor bebe la cuna del verdadero pulpo, la notaria de un pasado militar y defensivo. De historias sobre cadenas que blindaban ante el acoso de naves enemigas, de otras no menos truculentas en torno a golpistas que ni queriendo dan sombra a una perla del entramado que elevó a toda una comarca a bastión.

A Palma se deja abrazar por el verde y el azul de la ribera, por los senderos que desembocan en el fortín inexpugnable de la bocana de la ría. Junto al castillo, visita imprescindible, la bajada a la baliza contigua nos lleva a un remanso de paz.
La panorámica más amplia de la costa mugardesa y ferrolana, la salpicadura intermitente de pequeñas casas con aroma marinero y juegos de colores mientras los pescadores se afanan en la coqueta torre aledaña a los confines del ayuntamiento. De regreso al núcleo urbano, A Redonda es el balcón tradicional a la orilla.

Viviendas típicas entre callejones y la marea que arrastra hasta la villa de condición real. Las barcas se anudan a su emblemático paseo mientras la arena desnuda los fondos y la estampa de edificios bajos impide cualquier duda: estamos en Mugardos. En línea recta hasta la Casa del Reloj, donde los rincones de la ría se ven con otro enfoque.
Puede que el pueblo más desconocido, como en tantos lugares, irrumpa cuando nos adentramos por las vías más estrechas. Terrazas, ventanales y puertas antiguas que conducen a la iglesia del casco viejo. La simbología religiosa en hermandad con la condición marítima del enclave jalonan las mismas fachadas con motivos de santos y vírgenes.

Vida en discreción en confrontación con el movimiento alrededor de la avenida de Galicia, eje de la casa consistorial o de la parcela del Zárate. El desaparecido cine resiste en la memoria y lucha por emerger de nuevo como faro de la cultura inquieta del lado sur de la franja que el océano ganó al suelo firme en Ferrolterra.
Y hay playa, A Bestarruza salió a la luz del gran público no hace muchos años. Ahora son unos cuantos los que se la apuntan por su tranquilidad a un costado del Mugardos bullicioso y con senda seductora desde el remate de su frente portuario. Con otro toque, yendo ya hacia Fene, es también poso de historia O Seixo.

Una de las pocas Venecias gallegas, de la mano de la irresistible y próxima Redes, donde Felipe Bello Piñeiro, uno de los grandes pintores de la comarca, puso su huella en la Sociedade de Amigos da Paisaxe Galega. La rampa que la precipita al agua corona uno de los pueblos con mayor poder visual de toda Ferrolterra.
Abundan los ejemplos de arquitectura mimada y el río redondea su belleza con un parque que huele a Rosalía de Castro. Ella estuvo aquí, de donde también salió el pionero aviador Piñeiro. La avenida principal de O Seixo, ni más ni menos que una ruta secundaria que aboca al vecino municipio de
Fene, no da tregua con tanta vivienda cuidada.
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Por algo hay tanta demanda para residir en temporada de descanso. La capilla de A Milagrosa, entre dos casas. Esto es Mugardos, descanso mental y agotamiento por tanto brillar.
(Fotos: Mero Barral© – 2021. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.)
