
RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Mugardos | Jueves 25 octubre 2018 | 20:55
Puede que el atardecer sea cada vez más temprano. Desde luego, ya no hace tanto calor (salvo al mediodía, me sigo quejando algunos días). Eso sí, la luz sigue iluminando los rincones más silenciosos como si fuese verano. Una diferencia principal, ya no rodea el bendito ruido de la diversión.
De ese desenfreno consentido que es la estación más brillante. Arañando días al estío que ya se fue, una alameda improvisada acaricia la vista en la fachada litoral de Mugardos. Una tarde cualquiera tras el ajetreo del trabajo, el casco urbano asoma pausado.
Poco tráfico, apenas los oriundos que se atreven a desafiar al sofá. Hay sitio para tomar algo a la sombra. Eso será al regreso. El camino al castillo se hace más corto de lo habitual. A la llegada al fortín de A Palma, la peculiaridad que supone haber sido presidio de golpistas que no merecen recuerdo más que para saber lo que no hay que repetir.

De arquitectura sorprendente, apartada de lo convencional y diferenciada de su vecino. Enfrente coquetea San Felipe y el agua de la ría se riza entre azul y verde incipiente. Sin espuma, en tranquilidad. Un par de visitantes aparentemente despistados y otros tantos vecinos que pasean, quién sabe si desconocedores del privilegio que atrapan con sus manos.
Quizá sí lo sepan. El estrecho vial que circunda el recinto conduce a la panorámica más buscada, la que desnuda el costado del complejo, concebido a modo de terraza de lujo. Como el hotel que nunca ha llegado a abrir allí, podría haber sido el abono que hiciese renacer sus vetustos jardines aledaños.
Víctimas del olvido, se arrumban allí vestigios de su épica trayectoria. Una puerta insólita al mar cierra un terreno insospechadamente abierto a la belleza. Si deshacemos el trayecto, se esconden bajadas, como la de A Redonda, y árboles frondosos, que se abren en canal entre la real villa y el digno castillo.

Pequeñas casas sin pretensiones, elegantes por nacimiento. Espectadoras de excepción de un gran embarcadero, de una línea recta hacia Mugardos que incita a fotografiar y guardianas de un refugio ante el astro rey. Sin que haga frío. El tiempo se escapa al control; en realidad, ni se mira el reloj.
Parece haberse quedado estático, justo cuando vamos a tener que volver a girar porque ya es horario de invierno. Aquí no hay tardes sin café, sin silencios. Eso es este municipio, los discretos brazos de un pulpo que quiere saber mejor que nunca abarcan tierra y costa.
Porque puede ser el gran desconocido de una comarca única, el testigo protegido de la península que se extiende para ser compartida con Ares. De la franja de tierra que luego se dirige a modo salvaje hacia montes y baterías, hacia restos de una historia que ya no se comprende por completo.

Cuánto por recuperar. Cuánto por aprender. Tanto por ver, demasiado por descubrir. Lo que no encontramos en el jaleo cotidiano, aquello que nos hartamos de escrutar en puntos excesivamente alejados del mapa. Aquí está. Habrá que quitar la venda.
(Fotos: Mero Barral© – 2018. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.)