MARTA CORRAL | Ferrol | Miércoles 9 agosto 2017 | 18:35
Los bocinazos de los remolcadores despertaron a los más perezosos cuando empezaron a inundar este miércoles las calles de los barrios históricos de Ferrol a las diez de la mañana. Sirenas menos comunes de las habituales, más constantes, que nos traspasaban, que nos hacían apurar el paso a todos los que queríamos despedirnos e inquietarse a los que no sabían muy bien qué estaba pasando.
El Alice One largó amarre de proa al Príncipe de Asturias una vez que los otros cuatro remolcadores -el Bizkor y el F. Sulla por la proa, y el Eliseo Vázquez y el Hocho por popa-, habían despegado el buque de su posición en los muelles de Navantia. Un primer viraje no exento de complicación que en una hora situó al portaaviones enfilando la boca de la ría.
Desde los jardines de Herrera, La Cortina y el Baluarte de San Juan asomaban los primeros curiosos. «¿Qué hace toda esa gente ahí?», decía un transeúnte despistado en Curuxeiras. «Van llevando al Príncipe», le contestaba su acompañante, mejor informado. «Ah, que ya se va», respondía el primero. Y sí, se iba. Se fue, con 20 días de travesía por delante hasta llegar al puerto turco de Aliaga, donde se convertirá en chatarra.
El chaparrón de las diez y media cayó como una señal, al tiempo que Ferrol360 accedía a las instalaciones portuarias. La amabilidad de los Prácticos de Puerto de Ferrol nos brindaba la oportunidad de acompañar al Príncipe de Asturias a bordo de su lancha en la última salida del portaaviones por la boca de la ría. Un auténtico privilegio.

Pasado el Vispón, dejando atrás el abrigo de la ensenada, volvía a ser arduo el trabajo de los remolcadores, sobre todo, los de popa, encargados de mantener el rumbo para garantizar la navegación por las zonas de mayor calado, tirando contracorriente para lograr enderezarlo. El buque, que resultaba menos majestuoso mirado de tú a tú, desde el mar, permanecía impasible. Solamente asomaban por sus escasas escotillas abiertas un puñado de buzos rojos, los del personal de Amarradores.
A cinco nudos constantes, la pasada entre castillos nos permitió corroborar la cantidad de gente que buscaba la mejor fotografía del Príncipe. En San Felipe, sí, pero también en la otra banda, en lo alto de las baterías aresanas de A Bailadora -quizás la vista panorámica más bella de cuantas tenemos de la ría de Ferrol-, se distinguían decenas de personas. En la carretera que va a San Cristóbal los coches agolpados devolvían el reflejo del sol, que ya hacía tiempo que nos acompañaba.
El Segaño esperó al buque por babor como para darle la última palmadita en la espalda, ese consejo final al oído antes de dejarlo ir más allá de Caneliñas y el Prioriño Chico, donde las olas son más altas y las aguas más profundas. Comenzó allí el desamarre, seguido del desembarco de los amarradores encargados de la tarea sorteando el oleaje por la escala.
Por la radio instalada en la lancha de Prácticos podíamos escuchar que el balance de la maniobra había sido positivo. «Buen trabajo», decían los dos prácticos que permanecían a bordo a los capitanes de los remolcadores, que volvían ya a puerto para dejar todo en manos del Alice One, que iría dando cabo al portaaviones y tomando distancia. Las olas cada vez eran más altas, pero el personal nos advertía que «esto no es nada, hay veces que llegamos a los seis metros».
Con los dos prácticos descendiendo del buque a nuestra cubierta pusimos rumbo a casa, dejando al Príncipe perderse por el horizonte para hacerse cada vez más pequeño. Recordaba un amigo en Instagram que con el portaaviones «se va una pequeña parte de nosotros, de nuestro paisaje y de nuestros recuerdos». Quizás por eso este miércoles, desde que sonaron las bocinas, como un acto reflejo, Ferrol miró al mar.
