
RAÚL SALGADO | Ferrol | Lunes 10 abril 2017 | 19:55
Hayan vivido o no el día a día del Somozas, quizá leyesen en numerosas ocasiones palabras elogiosas hacia el club verdiblanco. Humilde, trabajador, diferente. Las que puedan imaginar. Pero, como creo que tengo bastante conocimiento del asunto, diré que es para quedarse corto.
Parto de la base de que la objetividad y la imparcialidad son especies en vías de extinción. Y que una persona suficientemente relevante de mi familia, alguien que me dio una parte gigante de lo que ahora soy, procede de ese lugar. Lo he tenido presente cada vez que me he desplazado a vivir un partido en el Candocia.
Cada vez que la media hora larga de viaje desde Ferrol se convierte en un rato de alegría. De desintoxicación, de entrar en una zona de tranquilidad frente al ruido diario. Parece que estuviésemos despidiendo a un muerto cuando lo que ha ocurrido es el fin de una etapa.

No quiero ponerme dramático, como tampoco voy a recurrir al tópico de que en el antiguo Pardiñas se obraba el milagro. Lo que se hizo estas tres temporadas fue dar ejemplo de honestidad. Ante la atmósfera que rodea a otros equipos de Segunda B, cargados de historia y pesadas mochilas, aquel ascenso fue el de un debutante.
Básicamente, con todo lo bueno que eso conlleva. Sin vicios adquiridos, abrió la puerta al más modesto entre el fútbol profesional de ámbito estatal. Maquilló sus instalaciones para adaptarse a las exigencias al tiempo que conservó familiaridad.
El café con complemento de su barra, los saludos de público y directivos como si fuésemos sus parientes que vienen cada ciertos días. Las mesas al aire libre en su última fila para seguir cada encuentro, la bollería surtida durante y después de los mismos para animarnos la sesión.

Quizá resultase incómodo el Somozas en este mundo de egos, la plataforma que representó para un nutrido grupo de futbolistas amantes del balón, no de los focos. El lugar en el que la prensa siempre ha sido recibida como un invitado más, nunca como un factor del que se querría prescindir.
Todo ello, en la localidad más pequeña ya no solo de la comarca, sino de toda la categoría de bronce. En mi modesta opinión, un lujo. Puede que no hayamos sido conscientes de qué significa que en una misma zona tuviésemos desde 2014 dos representantes en Segunda B. De la frescura de los dos duelos de rivalidad que cada campaña nos han regalado.
De sana rivalidad entre vecinos. Del tránsito de un Míchel Alonso para la historia a un Stili dotado de una personalidad que le hace único. Que ha lidiado con las inclemencias económicas, que ha hecho de arquitecto para definir onces con garantías pese a lesiones, sanciones y contratiempos de toda clase.

Convertido en psicólogo y maestro en estos últimos tiempos, buscando siempre la mejor versión de jugadores con dotes en exceso, pero necesitados de una evolución pautada. No me parece casual que casi ninguno de los exfutbolistas del Somozas haya hablado mal de su antigua casa.
Matizo, que casi ninguno haya bajado del sobresaliente cuando ha otorgado puntuación a su experiencia. Tampoco que a los que se creen estrellas de Hollywood les molestase tener que venir a la que creían última esquina del planeta, como si sus galones no entendiesen que militaban en la misma división. El rural, el gran repudiado pese a su riqueza y sabiduría.
Me quedo con mil anécdotas, al frío invernal y a veces bajo un sol amable. He ganado, que es difícil en este deporte, más de un amigo. De los verdaderos, no de los que te dicen que ya te llamarán. Cuando reinan el egoísmo y la mediocridad, hay quien deseaba que el descenso matemático confirmado este sábado hubiese llegado antes. Sobraban.

El tiempo pone a todos en su sitio. Ojalá que al Somozas, en este año que son fútbol sala masculino o baloncesto femenino en vez del fútbol quienes obsequian con la cara más feliz, lo devuelva pronto al hueco que ha ocupado. Con matrícula de honor. La gente honrada acaba asomando la cabeza tras el temporal.