¿Qué responsabilidad tiene una universidad con la sociedad que la rodea? La pregunta puede parecer sencilla, pero la respuesta obliga a mirar más allá de las aulas, de los títulos y de los resultados académicos.
Para el Campus Industrial de Ferrol, esa responsabilidad pasa también por poner el conocimiento al servicio de la ciudadanía. La Oficina de Cooperación e Voluntariado (OCV), dependiente de la Vicerreitoría do Campus de Ferrol, Igualdade e Responsabilidade Social, canaliza buena parte de ese compromiso. Su actividad abarca desde el voluntariado y la cooperación internacional hasta el aprendizaje-servicio, los programas de acogida y refugio y la colaboración con entidades sociales. La propia UDC sitúa entre sus objetivos acercar la universidad a la transformación social y promover una cooperación basada en el conocimiento compartido.
«Como institución pública, debémonos á sociedade. Temos que formar profesionais para cubrir as necesidades da industria e da contorna, pero tamén temos que atender as necesidades da sociedade», explica Ana Ares, vicerreitora do Campus de Ferrol, Igualdade e Responsabilidade Social.
La idea de fondo es clara: la universidad no solo tiene que preparar a sus estudiantes para incorporarse al mercado laboral. También debe ofrecerles herramientas para entender la realidad que los rodea y actuar sobre ella.
Del aula a la sociedad
Uno de los ejemplos más claros es el Aprendizaxe e Servizo (ApS), una metodología que busca que el alumnado aprenda mientras responde a necesidades reales de la sociedad. No se trata de añadir una actividad solidaria al margen de los estudios, sino de integrar esa dimensión social en el propio proceso de aprendizaje.
En 2025 participaron 2.062 estudiantes y 140 docentes y se desarrollaron 71 proyectos de ApS en la UDC. La universidad lleva más de una década trabajando con esta metodología, que en 2025 cumplió diez años de recorrido en la institución.
La OCV trabaja con más de 140 entidades, de ámbitos muy diversos, para desarrollar este tipo de iniciativas. Salud mental, personas mayores, discapacidad, inclusión social, medio ambiente o acción comunitaria son algunos de los ámbitos que permiten al alumnado enfrentarse a situaciones que difícilmente aparecen en un manual.

«Se ti, dentro da materia, por exemplo Física, vas facer talleres para nenos e nenas en risco de exclusión social, estás relacionando a materia que están estudando cun compromiso social», explica Acacia Naves García-Rendueles, directora da Oficina de Cooperación e Voluntariado da UDC.
El resultado no se mide únicamente en conocimientos. Los proyectos permiten comprobar también cómo cambian determinadas percepciones del alumnado después de entrar en contacto con realidades que hasta entonces podían resultarles lejanas.
«Unha das cousas grandes que teñen estas ApS é que permiten ao alumnado coñecer novas realidades e cuestionar moitos dos seus propios prexuízos», señala Naves.
Cuando el conocimiento sirve para algo
La responsabilidad social universitaria también implica utilizar las capacidades de cada disciplina para responder a problemas concretos.
Uno de los ejemplos relatados durante la entrevista es el de un proyecto de Deseño Industrial desarrollado en colegios públicos de Ferrol. El alumnado trabajó sobre tipografías y sistemas de lectura adaptados a niños y niñas que podían tener dificultades para aprender a leer y escribir debido a diferentes circunstancias.
Para desarrollar el proyecto tuvieron que salir de la universidad, visitar los centros y conocer directamente las dificultades existentes.
«Fomos dar unha lección de Física e volvemos cunha lección de vida», recuerda Ares sobre una de las reflexiones surgidas de este tipo de experiencias.
La misma filosofía aparece en proyectos relacionados con la discapacidad. Desde el ámbito del diseño industrial se han desarrollado, mediante impresión 3D y fabricación aditiva, elementos adaptados a las necesidades concretas de personas con discapacidad: desde utensilios para maquillarse o cortar con una sola mano hasta dispositivos para facilitar el uso de una silla de ruedas o ponerse los calcetines.
En estos casos, el alumnado no recibe únicamente un problema académico que resolver. Tiene delante a una persona concreta, con unas necesidades concretas.
«Temos que pensar e deseñar para todas as persoas», resume una de las ideas que aparecen de forma recurrente en el trabajo de la OCV.
La responsabilidad social no consiste únicamente en ayudar a quien está en una situación de vulnerabilidad. También implica cambiar la manera en la que las personas que serán futuras profesionales entienden su propio trabajo.
El voluntariado como parte de la formación
La OCV trabaja también para que la participación social forme parte del recorrido universitario y no quede reducida a una actividad puntual.
La universidad certifica las horas de voluntariado realizadas tanto en sus propios proyectos como en iniciativas desarrolladas junto a otras entidades. El objetivo es que, junto al currículo académico, el estudiante pueda construir también un currículo social, que refleje su participación en actividades culturales, sociales o de voluntariado.
«Queremos que o alumnado teña no seu currículo a súa certificación académica, pero que tamén teña o seu currículo social: as cousas nas que participou, tanto culturais como sociais», explica Ares.

Esta dimensión adquiere especial relevancia en un mercado laboral que, además de conocimientos técnicos, valora competencias como la capacidad de trabajar en equipo, relacionarse con personas diferentes o desenvolverse en contextos diversos.
Pero desde la OCV insisten en que el valor del voluntariado va mucho más allá de mejorar un currículo.
«Non queremos que o voluntariado sexa unha formación máis, senón unha formación máis integral do alumnado, que de aquí, ademais de saír grandes profesionais, saian persoas comprometidas co seu entorno e coa sociedade», apunta la vicerrectora.
Una universidad conectada con su entorno
La relación tampoco funciona en una sola dirección. Las entidades sociales encuentran en la universidad un espacio para captar voluntariado, pero también para acceder a conocimiento, recursos, investigación y nuevas redes de colaboración.
La OCV actúa muchas veces como punto de encuentro entre las necesidades de las entidades y las capacidades de estudiantes, docentes y personal investigador.
Una asociación puede necesitar personas que realicen voluntariado, pero también puede plantear un problema que termine convirtiéndose en un proyecto académico, una investigación o una innovación tecnológica.
Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando las necesidades detectadas por una entidad llegan a estudiantes de ingeniería o diseño y terminan transformándose en soluciones concretas.
«A partir de pequenos proxectos de voluntariado ou de ApS, xorde ese traballo en rede», apuntan las profesionales.
La colaboración puede extenderse incluso al ámbito de la investigación. La OCV busca facilitar que el conocimiento generado dentro de la universidad pueda responder también a necesidades sociales que, de otro modo, podrían quedar fuera de los circuitos habituales de investigación.
«Os nosos papeis son promover esa relación, fomentar e axudarlles a presentarse ás convocatorias», señalan.
Del campus al mundo
La responsabilidad social de la UDC tampoco termina en Ferrol o A Coruña. La cooperación internacional forma parte de la actividad y permite que estudiantes y docentes participen en proyectos fuera de España.
Los programas de Coñecemento da Realidade permiten realizar estadías en países del Sur Global para trabajar en proyectos de cooperación internacional. Este año participaron tres profesores y tres alumnas.
La experiencia, explican, tiene además un efecto que va más allá de las personas que participan directamente. Quienes realizan estas estancias regresan a la universidad con una visión más amplia de las realidades que han conocido y contribuyen a trasladarla a su entorno académico y social.
«Como non podemos levar todo o alumnado ao Sur Global, a idea é que quen participe poida compartir esta experiencia e contribuír a sensibilizar ao resto da comunidade tanto universitaria como fóra das aulas», apunta Naves.
En los últimos meses, el alumnado ha participado en experiencias en Honduras, Guatemala o Mozambique, vinculadas a cuestiones como migración, género, educación o inteligencia artificial.
El objetivo es que la cooperación internacional no sea una experiencia aislada, sino una forma de ampliar la mirada sobre el mundo y sobre el propio papel profesional.
Abrir la universidad a quienes tienen más dificultades para acceder
Ese compromiso social tiene otra vertiente: facilitar que personas en situaciones de vulnerabilidad puedan acceder a la educación superior.
El Programa Abriga ofrece apoyo a estudiantes procedentes de zonas de conflicto o en situaciones de especial vulnerabilidad. En 2025 fueron 23 las personas procedentes de nueve países diferentes apoyadas a través del programa.
Las ayudas pueden cubrir la matrícula y, en determinados casos, incluir alojamiento o apoyo económico para los gastos de mantenimiento.
«Se estes colectivos vulnerables en situación de refuxio non acceden á educación superior, o seu proceso de inclusión na sociedade resulta moito máis complicado», explica Naves.
La universidad trabaja ahora en la creación de un corredor entre más de una decena de universidades españolas para facilitar el acceso de alumnado en situación de refugio a los estudios superiores y establecer unas condiciones comunes de entrada.
Formar profesionales que entiendan la sociedad
La cooperación, el voluntariado y el aprendizaje-servicio se convierten así en distintas herramientas para una misma finalidad: conectar el conocimiento universitario con la realidad.
Para Naves, una de las principales aportaciones de estos programas es que permiten al alumnado descubrir realidades con las que difícilmente entraría en contacto dentro de un aula y comprender mejor las necesidades de la sociedad a la que se dirigirá como profesional.
«O máis importante é que o estudantado poda coñecer outras realidades, cuestionar prexuízos e entender que o coñecemento tamén pode ser unha ferramenta para mellorar a vida das persoas», explica.
Todos estos programas parten de una misma concepción de la universidad: una institución que no puede permanecer al margen de los desafíos sociales de su tiempo.
Para Ares, la formación universitaria debe combinar la excelencia académica con el compromiso social, ofreciendo al estudiantado oportunidades para comprender la realidad que lo rodea y contribuir activamente a mejorarla.
«Como institución pública, temos a responsabilidade de formar profesionais altamente cualificados, pero tamén persoas comprometidas coa contorna e cos retos da sociedade. O coñecemento só alcanza todo o seu valor cando é capaz de xerar un impacto positivo na vida das persoas», señala.
Porque salir de las aulas también significa aprender a mirar de otra manera.
Y en esa idea se encuentra quizá una de las claves de la responsabilidad social universitaria: no se trata únicamente de que la universidad enseñe a sus estudiantes cómo ejercer una profesión, sino también de que les ayude a comprender para quién y para qué puede servir aquello que aprenden.
