M. CORRAL | Ferrol | Jueves 10 septiembre 2020 | 11:45
Ayer fue un día triste porque se murió Rogelio Bermúdez. El puto cáncer lo expulsó de la cancha casi dos meses después de haberse despedido de su mujer, de su querida Marisa. Se fue un hombre bueno, profesional, trabajador, generoso, caralladas. Un estandarte del baloncesto en Ferrol que pasó por la vida, como acostumbran los grandes, en un segundo plano. Invisible, sin buscar protagonismos.
Las manos de Rogelio aprendieron de las del Brujo y cuidaron de cientos de jugadores que encontraron en él, además de un preparador físico, un gran amigo. Los suyos lo recordaban en el pasillo del tanatorio a donde habían ido a darles cariño a Ángel y María, sus hijos. Algunos habían podido despedirse de él estos días en el hospital, de un Rogelio que no había perdido ni una pizca de su legendario sentido del humor.
Roger, Gelo, Flete. Varios nombres para una misma persona que todos recordarán, recordaremos, con cariño. A mí me llamaba Martuca. Nadie nunca me lo llamó aparte de él. A los que fuimos niños en la Malata siempre nos gustó Rogelio. Mientras el resto de adultos estaban demasiado ocupados para contestar a nuestras preguntas o dejarnos un balón en el trasiego de la competición, él siempre tenía ojos, bromas y sonrisas para nosotros.
El padre José Lamelas, del Tirso de Molina, recordó su fortaleza en la cancha en su época de jugador. El arranque, la perseverancia, la bravura. Dijo de él que cuando tenía el balón hasta sus compañeros se convertían en enemigos y, al acabar el partido, sus contrarios se convertían en amigos. Contaba Manolo Aller que cuando aterrizó en Ferrol se puso, literalmente, en sus manos y hasta la fecha. En un baloncesto que ahora es impensable, el vínculo del equipo trascendía lo deportivo para convertirse en familia.
Había una preocupación constante por el bienestar de esos jugadores, muchos de ellos todavía muy niños y lejos de sus casas. Y ahí estaba Rogelio, para abrirles las puertas de la suya, para cuidarlos más allá de la camilla. Miguel Loureiro, que sigue y seguirá ejerciendo de capitán, ha cogido la pluma en nombre de todos para deslizar un tributo común a «este espíritu lírico, noble, generoso, libre y único».
«Trabajador incansable del naval, del deporte y de la salud; dinamizador, preparador físico y recuperador de lesiones en diferentes equipos deportivos; fácil de encontrar y siempre cerca de la gente», escribe Loureiro, destacando el amor que sentía por su mujer y sus hijos, recordando que «su nieta Martina ocupaba gran parte de su bravo corazón».
Son pocas las veces que las despedidas traen cosas buenas. Esta, desde luego, no es una de ellas. Sin embargo, a pesar del abatimiento, con la risa de Rogelio llegando como un eco, sus amigos solamente lamentaban una cosa. Un encargo que, a lo mejor, nunca se llegó a verbalizar por su parte, pero que flotaba en el aire en este adiós: «la pena es que no podamos poner algo de picar, una copa de vino y echar unas cantadas».