Hay historias que no empiezan cuando se escriben, sino cuando alguien decide volver a coger un remo.
Hace cincuenta años, cuatro chicas de Ares hicieron algo que apenas nadie había hecho antes. Pilar, Macamen, Manola y Polda no pretendían hacer historia ni convertirse en pioneras. Solo querían remar. Lo hicieron sin apenas saber cómo, sin referentes, sin instalaciones pensadas para ellas y en una época en la que el deporte femenino todavía despertaba recelos.
Cinco décadas después, otras trece mujeres han vuelto a abrir camino. Esta vez no tuvieron que demostrar que podían remar, pero sí pelear para que Ares tuviera, por fin, una trainera femenina. Algunas llevaban años representando a otros clubes porque el suyo no podía ofrecerles ese barco. Este verano decidieron que había llegado el momento de cambiar esa realidad.
Entre aquellas primeras remeras y las actuales hay mucho más que un relevo generacional. Las une una misma forma de entender el mar, el esfuerzo y el orgullo de pertenecer a un pueblo donde el remo no es solo un deporte, sino una seña de identidad.
Y hay una imagen que resume medio siglo de historia: una mujer que en 1975 fue una de las primeras en remar en el Club de Remo de Ares contemplando cómo su nieta cruza la meta formando parte de la primera trainera femenina del club.
Cuando todo empezó con una pregunta
Era 1975 cuando alguien lanzó una idea que cambiaría para siempre un pequeño rincón de la historia deportiva de Ares.
¿Por qué no hacer una tripulación de mujeres?
No sabían remar. No tenían experiencia. Tampoco existían otras mujeres a las que mirar para aprender, pero aceptaron sin pensarlo.
«No teníamos ni idea. La primera vez fue un desastre», reconoce entre risas Pilar Pereira (Ares, 1951).
El barco se balanceaba, no conseguían coordinar los movimientos y recibían correcciones constantes mientras intentaban descubrir cómo se dominaba un remo.
Pero aprendieron.
Y no solo a remar.

Esperaban a que los hombres terminaran su entrenamiento para poder utilizar la yola. Después la bajaban ellas mismas al agua y, al regresar, la volvían a subir por las escaleras hasta el antiguo club de remo.
«Cogíamos la yola las cuatro, la bajábamos y la volvíamos a subir como si fuéramos hombres», recuerda Macamen Juan (Ares, 1954). Cada una, con una amiga al costado, formaron la primera yola femenina. Pioneras sin saberlo, se hicieron a la mar con un patrón, Tito, el marido de una de ellas, porque «fue lo que siempre vimos, en esta villa siempre hay en casa alguien que rema».
Nunca lo vivieron como una reivindicación. Era simplemente lo que tocaba hacer.
Tampoco tenían equipación.
Cuando llegó el momento de competir en Mugardos, las únicas prendas disponibles eran las del equipo masculino y «nos tuvimos que poner el chándal de ellos porque era lo único que había».
En casa tampoco era fácil explicar que hacía falta comprar ropa para que unas chicas practicaran un deporte que casi nadie imaginaba femenino.
Las dificultades eran muchas más de las que hoy parecen posibles.
Los remos pesaban muchísimo y «las manos las teníamos desangrentadas».
No había vestuarios para mujeres. No había duchas al acabar los entrenamientos. Muchas veces regresaban directamente a casa o aprovechaban el verano para bañarse en el mar antes de volver.
Y, aun así, al día siguiente estaban otra vez en el muelle.
Tampoco faltaron las miradas de quienes consideraban que aquello no era un lugar para ellas. Pero nunca permitieron que eso las frenara.
«No nos importó que no se viera con buenos ojos», sentencian las decanas.
Y la historia volvió a empezar
Curiosamente, el punto de partida se pareció mucho al de 1975.
No nació en un despacho. Ni en una reunión oficial. Ni como consecuencia de un gran proyecto diseñado sobre el papel.
Nació alrededor de una mesa.
Durante una cena, las once remeras que ya entrenaban juntas empezaron a hacer cuentas. Llamaron a las compañeras que faltaban, comprobaron que podían completar la tripulación y entendieron que había llegado el momento de dar el paso.
«Fue una decisión que tomamos entre todas», resume Noelia Varela (Ares, 2006), y así comenzó la primera trainera femenina de la historia del Club de Remo de Ares.

Y fue entonces cuando el pasado y el presente se encontraron.
Una de aquellas jóvenes que en 1975 aprendía a remar sin vestuarios, sin equipación, soportando comentarios que la señalaban por hacer un deporte «de hombres» y con las manos abiertas por el esfuerzo, contemplaba ahora cómo su nieta ocupaba uno de los bancos de esa primera trainera femenina.
Entre ambas escenas han transcurrido cincuenta años.
En una aparecen cuatro adolescentes cargando una yola prestada por las escaleras del club.
En la otra, trece mujeres compitiendo con un barco propio y defendiendo el escudo del Club de Remo de Ares.
Volver a ser pioneras
Cuando la trainera femenina del Club de Remo de Ares tomó la salida por primera vez, los nervios eran inevitables, pero, curiosamente, el resultado era lo que menos importaba. Lo verdaderamente emocionante era comprobar que aquel barco existía por fin.
«Para mí fue más emocionante acabar la regata y sacar el barco del agua que el propio resultado», explica Noelia Varela.
Después de tantos años de espera, aquella trainera representaba mucho más que una nueva embarcación y para las actuales deportistas era casi una deuda pendiente con generaciones de remeras.
Era la posibilidad de que ninguna niña de Ares tuviera que marcharse a otro club para cumplir su sueño.
Era, también, una forma de rendir homenaje a quienes habían abierto el camino medio siglo antes.
«Ellas fueron pioneras en su momento y nosotras, de cierta forma, lo estamos volviendo a ser», reflexionan.
Aída Carro lo resume con la satisfacción de quien ha esperado muchos años para vivir ese momento: «Después de una vida remando, es un orgullo haber pertenecido a esta trainera».
Mucho más que un club
A lo largo de toda la conversación hay una idea que aparece una y otra vez.
El Club de Remo de Ares nunca ha sido únicamente un lugar donde entrenar, sino más bien un espacio donde se forjan amistades, se comparten sacrificios y el sentimiento de pertenencia permanece incluso cuando las regatas terminan. Ese vínculo explica que quienes pasaron por el club sigan sintiéndolo como parte de su vida décadas después.
Macamen Juan encuentra un ejemplo perfecto para explicarlo.
Como voluntaria de la Asociación Española Contra el Cáncer, organizaba la venta de camisetas para una andaina solidaria coincidiendo con una regata, y toda la tripulación decidió comprarlas. Cuando ya estaban en mitad de la ría, se las colocaron encima de la equipación del club para mostrar públicamente su apoyo a la iniciativa.
«Estábamos vendiendo las camisetas para una andaina solidaria un día de competición. Todos se la compraron y cuando estaban en el medio del mar se la pusieron encima de la suya. Ver a toda la tripulación vestida en pleno mar… bueno, fue muy emocionante para mí».
Un legado que sigue escribiéndose
En 1975 eran cuatro jóvenes intentando aprender a remar.
En 2026 son trece mujeres devolviendo la trainera femenina al lugar donde siempre debió estar.
Entre unas y otras han cambiado los barcos, las instalaciones y la manera en la que la sociedad entiende el deporte femenino. Hoy hay vestuarios propios, embarcaciones asignadas y niñas que crecen sabiendo que también pueden ocupar cualquier banco de una trainera.
Cinco décadas de cambios que caben en una sola imagen: una abuela observando desde tierra cómo su nieta compite con la primera trainera femenina de la historia del Club de Remo de Ares.
Es la prueba de que algunas victorias no se miden por una bandera ni por un cronómetro, sino por el camino que dejan abierto para quienes vienen detrás.
Porque, al final, cuando se les pregunta por qué ha merecido la pena todo este esfuerzo, ninguna habla de medallas, clasificaciones o trofeos.
La respuesta vuelve siempre al mismo lugar.
Al mar.
